Dobra Dobra

Álbumes

Luap LuapDobra

7 / 10

Luap Dobra spa.RK

Antes de que existiera el dubstep, escuchábamos dub. Sin más, aunque no exactamente ese dub jamaicano que huele a hierba quemada, sino a lo que en abstracto se entiende por dub, el concepto: un eco que no lo iguala ni una ventosidad en medio del Cañón del Colorado y una sensación de espacio no especialmente indicada para agorafóbicos. Un latido más constante que el del bombeo del corazón al trote en los primeros kilómetros de una maratón. Un tinte neblinoso de ciudad cuando el sol viene o se va. Y toda esta imaginería, que actualmente se identifica con ciertas corrientes estéticas de la música underground inglesa –Burial, etc., qué más les voy a decir, si ya se lo saben–, antes estuvo en otros lugares. Recordemos, por ejemplo, los tres primeros discos de Pole. Algún maxi de Deadbeat. Los álbumes de los daneses System (antes Future 3). Incluso ahora hay un repunte de aquella ola de dub electrónico urbano y centroeuropeo en el refundado sello de Opiate, Hobby Industries. Y es un dub que no es dubstep, sino dub a pelo: como elegir entre el whisky sin hielo o el escocés on the rocks. El sonido –el sabor, o sea– es parecido, pero no es exactamente la misma cosa.

En aquellos años, entre 1997 y 2000, antes de que aparecieran Horsepower Productions y se pusiera de moda la indietrónica, la quintaesencia de la electrónica espaciosa, amable y adecuada para pasear entre bloques de cemento era la de sellos como ~scape o April. Era un dub que empezaba en el techno berlinés de Moritz Von Oswald y Mark Ernestus, pero al que se le había quitado cualquier rastro de bombo a negras. Entonces era cuando se abrían los espacios, cuando las líneas se hacían más rectas. Ese tipo de dub, pese a los intentos de productores en activo como Fenin, parece haberse deshecho como una pompa de jabón –no exactamente; en Barcelona tenemos todavía el ejemplo del sello Disboot, que aunque de vez en cuando gira hacia el dubstep sabe que la lección primera de este curso la impartió Stefan “Pole” Betke–, y por eso la figura de Luap resulta más intrigante. Tal como explican los responsables de spa.RK, él es un hombre que vive aislado en las montañas, o cerca de los picos nevados de la Cornisa. Cántabro y tranquilo, Paul Herrera produce música a la lumbre del fuego y fuera del mundo. Le encanta el dub jamaicano y lo hace a su manera, envolviendo el eco en crepitares digitales que son como las chispas que levanta el carbón al consumirse. Hace un tiempo entregó unos temas a Vicent Fibla y él decidió publicar uno en un 10” compartido con el sello Expanding. Era 2007. Desde entonces, Luap no ha dado nada a nadie –con la única excepción de un corte para el release digital “Opium Volume One”–, y este primer álbum parecía una leyenda urbana, un disco maldito o una mentira sostenida en el tiempo. Pero al final no ha sido nada de eso. Acaba de ver la luz del sol en doble formato –digital para los que no quieren sobar objetos; en vinilo para quienes el tacto es un sentido más importante que el olfato– y se confirma que aguardar con paciencia había sido una buena idea.

“Dobra”, que es el nombre de una montaña, es un disco de dub que parece urbano por el tipo de sonido, pero que es campestre en la ejecución. Es el disco que sale cuando se ha escuchado un poco de dub del que antes hablábamos –el original de King Tubby, pero también el de Kit Clayton–, se recuerdan detalles de memoria, enciendes una L bien cargada y te pierdes en la nube del estudio de grabación durante horas. Es el disco que sale cuando los ojos se entrecierran y el sueño pesa, pero algo te obliga a seguir. Son 12 cortes y poco menos de 40 minutos que entran suave. Tras ponerlo a prueba en dos contextos –en el autobús, al anochecer, con la ciudad girando alrededor, y también de noche, en esas horas en las que el cansancio ya hace mella–, “Dobra” pasa el examen con nota. No es un disco original, pero sí lo es en la medida en que se intuye que Paul Herrera lo ha ido haciendo poco a poco porque así se lo pedía el biorritmo, y que no ha tomado ningún modelo preciso –si lo hubiera hecho, le habría salido más rápido, imaginamos–. No es un disco original, pero, cáspita, entra bien, como ese té caliente justo antes de irse uno a reunir con Morfeo. Y lo mejor de todo: suena fino, ensoñador, sin apenas rastro de costra. Se agradece.

Javier Blánquez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar