Dispossesion Dispossesion

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Mike Wexler Mike WexlerDispossesion

7.3 / 10

A pesar de haber surgido del circuito underground de Brooklyn y facturar folk de aires enrarecidos, la música de Mike Wexler tiene poco que ver con el revival weird-folk que eclosionó hace unos años. Ya desde su disco de debut, “Sun Wheel”, editado en 2007, constató que lo suyo estaba mucho más enfocado al british folk y a la era dorada del rock progresivo. Ese disco pasó más bien desapercibido, pero con su desembarco en Mexican Summer de la mano del mucho más madurado “Dispossesion” esa falta de exposición debería remediarse.

Y es que, si en ese primer ejercicio Wexler sonaba como una suerte de Dan Bejar (Destroyer) recreando el sonido de la escena de Canterbury, su nuevo trabajo presenta un significativo paso adelante en la construcción de su sonido. Las referencias siguen siendo las mismas, agrupando pinceladas de todo el espectro que va de Kevin Ayers a Syd Barrett y de Robert Wyatt a Roy Harper, y el hecho de haber sido grabado en su mayoría en directo sigue dotando al disco de un cierto aire pretérito, pero tanto por lo inspirado de sus composiciones como por el detallismo en la ejecución estamos ante un disco con una entidad totalmente propia y definida.

Gran parte del encanto de la música de Wexler reside en su sosegado registro de voz a medio camino entre el tono nasal del mencionado Bejar y la fragilidad de Nick Drake. Vocales de poder magnético respaldadas por una lujosa instrumentación en la que se combinan con maestría instrumentos acústicos con una variedad de órganos, sintetizadores, cuerdas y vientos para dar con un elaborado tapiz de alto poder atmosférico. Porque más que requerir tu atención con filigranas o giros repentinos, “Dispossesion” es un disco que te subyuga lentamente con su pulsión ritualística y sus aires chamánicos. Un embrujo que se ve potenciado por los aires fantasmales que sobrevuelan sus siete canciones y que, unidos al factor críptico de las letras, nos trasladan a una suerte de suprarrealidad bañada en psicodelia que se convierte en la otra gran baza del álbum.

El hecho de apostar por este flujo constante juega a favor del continuum espiritual del disco pero, a su vez, también implica una cierta homogeneidad en todas sus pistas. Así pues, los tres primeros cortes parecen re-interpretaciones de un mismo lienzo que buscan captar todos los matices un mismo tipo de luz casi tenebrosa con detallistas variaciones en los procedimientos utilizados. En “Pariah”, el corte que abre el álbum, Wexler delimita las coordenadas espaciales que dominarán a lo largo de todo el minutaje a través de la contraposición de lánguidas guitarras y órganos ceremoniosos. “Spectrum”, por su parte, suena como el reverso lúgubre de ciertos pasajes del “Eureka” de Jim O'Rourke, mientras que en “Lens” introduce matices jazz a través de la percusión y delicados fraseos de piano. La segunda parte del disco se muestra algo más diversa. Con “The Trace”, por ejemplo, se acerca a los postulados de Linda Perhacs, en una nueva muestra del gusto del de Brooklyn por el folk de vocación mística. Una manera de cantar invocando a los espíritus que en “Prime” se ve reforzada por el barroquismo de unos arreglos que vuelven a poner de manifiesto la capacidad de Wexler para envolver sus canciones con evoluciones fantasiosas de aire embrujado. Esta cierta pomposidad contrasta con la desnudez y sobria introspección de “Glyph”, en la que el piano y un cello ondulante son los únicos acompañantes de su guitarra acústica. El disco se cierra por todo lo alto con la ingravidez de una “Liminal” que empieza contemplativa para dar paso a un torrente de órganos poseídos por fuerzas oscuras que ponen el majestuoso punto y final a una ceremonia de verdadera evocación espiritual.

Pariah

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