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Álbumes

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6.3 / 10

Discodeine  Discodeine PSCHENT

Discodeine es un proyecto moderadamente nuevo, aunque sus raíces son tan profundas como las de los árboles milenarios y nunca se acaba de encontrar el origen del todo: en el caso de Cedric Marszewski, a quien la peña suele conocer como Pilooski, y su socio Benjamin Morando – Pentile para los muy puestos en las segundas y terceras olas del french touch–, no basta con quedarse en que estaban en la órbita del congelado D*I*R*T*Y Sound System y del sello parisino Diamond Trax, ni en que son los dignos herederos de una florida tradición de discos music francesa que nos llevaría hasta principios de los setenta (por lo menos). La voracidad consumista de la pareja que ahora, tras cientos de avatares y aventuras, ha cuajado en Discodeine, es la que ha propiciado que haya cuajado un estatus de culto como autores de edits de música oscura de finales de los cincuenta en adelante, una batalla en la que siguen enfangados, aunque ahora con otros argumentos. El principal es que ahora, ya quizá para siempre, Pilooski y Pentile se centran en hacer su propia música que en vez de saquear la ajena.

En los cenáculos de las logias de fans del disco y la música dance retro seguro que se sostendrá la idea de que Marszewski molaba más cuando le metía ecos, recortes y nuevos arreglos a temas de Elvis Presley, The The, Pointer Sisters, Can, Chris Isaak o The Alan Parsons Project en las legendarias recopilaciones “Dirty Edits”, de las que se editaron dos volúmenes. Pilooski no era el responsable de todos los arreglos –también estaban Krikor o Joakim–, pero sí supervisava junto con D*I*R*T*Y Soundsystem al más puro estilo canalla francés. Nadie le negará cultura y capacidad de saqueo: el tipo era un punk con agallas. Es en comparación con ese pasado por lo que un LP como “Discodeine”, dentro de su buen hacer, suena fofo: está el kitsch de samplear arpas y cosas de esas, están los subidones y los arpegios, está el fervor disco y el barroquismo, hay funk apuntalado en basslines ácidas – “Ring Mutilation” se arrodilla ante los altares de Chicago en el año 1988–. Pero le falta algo. ¿El qué? Posiblemente el creérselo aún más, el ser plenamente conscientes de que el álbum es un homenaje a tiempos pasados y no intentar vestirlo de una actualidad que no la han sabido comunicar. Suena totalmente retro sin querer ser retro del todo, algo en lo que sí triunfó el primer chicharro de Hercules & Love Affair.

Hay que citar ese disco como comparativa lógica porque Discodeine también utilizan el recurso –como hizo Andrew Butler con el ondulado Antony– de situar una voz del pop en un contexto disco que no le corresponde. Aquí es Jarvis Cocker el que aporta su trino a “Synchronize” (el maxi apareció en DFA el año pasado), y se nota que no está en su salsa: “Singular”, en la que pone la voz y la cadera con mucho más arte Matías Aguayo, es el auténtico momento destacado del álbum. Todo lo demás es de una corrección apabullante, pero sin mucho hervor: “Falkenberg” toma prestados sonidos africanos para quedarse en una anécdota, como la slow jam “D-A” con Baxter Dury susurrando, o el ambient concluyente de “Figures In A Soundscape”; luego están los instantes de bombo más sobresaltado como el schaffel de “Homo-Compatible”, el funk añejo de “Invert” y el buen momento disco “Antiphonie”, que es donde suena el arpa de antes. Se echa en falta nervio, a menos que “Discodeine” no sea un disco pensado para que lo utilicen los DJs o para bailar mientras pasas la fregona, sino para ponerle fondo musical a orgías para 30 personas en el gran salón de un palacio al estilo romano y con vituallas de uvas, perdiz y vino etrusco Si al final resulta que es para eso, entonces considérense libres de subir la nota unas cuantas décimas o incluso un punto.

Javier Blánquez

Discodeine estará actuando en la próxima edición de Sónar Barcelona. Puedes conseguir tus entradas aquí.

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