Dirty Bomb Dirty Bomb

Álbumes

Filastine FilastineDirty Bomb

7.8 / 10

SOOT/ JARRING EFFECTS

El norteamericano errante Grey Filastine, en los últimos tiempos afincado en Barcelona, parece entender su vida como un continuo tránsito transfronterizo, como un enorme cruce de caminos, como un proceso de aprendizaje e incubación constante abierto a todo tipo de contagios, tanto en el plano vital como en el plano sonoro. La suya es una música aglutinante, de intención internacionalista y dimensión global, que explora en el acervo cultural del Oriente Próximo, de Sudamerica, el Caribe, las Indias o la Europa más mestiza para articular mensajes encendidos -sonidos que son manifiestos- contra la globalización y la exportación (pura imposición) transnacional del imperialismo cultural yanqui. Puede que a ojos de quien sólo haya escuchado su música más reciente estas afirmaciones parezcan pura elucubración de raíz libertaria, pero no hay más que pasearse por la biografía "accionista" de Grey para entender que su interés por las sonoridades altermundistas va mucho más allá de la intención canibalista de trendsetters del ritmo exótico como Diplo.

Grey, también percusionista ocasional de N e ttle, el proyecto que DJ/Rupture comparte con Abdel Hak, Jen Jones y Khalid Bennaji, comenzó a usar su apellido como alias en 2004, aunque sus primeras experiencias musicales se remontan al ecuador de la década de los noventa, primero como integrante de ¡TchKunG!, un impetuoso ensemble dedicado a experimentar en directo con las posibilidades subversivas de la “deprogramación de masas” -así lo contaban ellos- que llegó a editar tres discos (en Post World Industries y Tim/Kerr), y luego como miembro fundador de la Infernal Noise Brigade, un colectivo de sopladores de metal y percusionistas -una especie de marching band militante y lefty- enfocado a la acción a pie de calle con el que Filastine ha estado incordiando a las fuerzas del orden (y por ende a las élites políticas y financieras del Primer Mundo) en manifestaciones y festivales antiglobalización celebrados en varias ciudades del mundo, llegando a registrar (denle las gracias a la beca Jack Straw Audio Foundation Grant que se les concedió) un álbum de estudio - Insurgent Selection for Battery & Voice” (PWI, 2001)- y varios otros discos que no son sino documentaciones, soundscapes grabados en directo durante algunas de sus acciones.

A Grey, la alternativa como Filastine se la dio su amigo DJ/Rupture. Soot Records fue el sello encargado de poner en circulación un sugerente primer álbum - Burn It (2006)- grabado entre Brasil, La Habana y Marrakesh en el que las percusiones reales y los beats programados se mezclaban con músicos de piel y hueso, MCs y cantantes de latitudes lejanas, o grabaciones de campo registradas por el propio Filastine -estudio portátil en la mochila, siempre- durante sus viajes por el globo. Aquel disco nos mostraba un sabroso mejunje de sonidos pretendidamente desjerarquizados que parecían aludir a toda una serie de minorías disidentes, habitantes en los márgenes (o en el subsuelo, el underground, si lo prefieres) del sistema globalizante. A lo largo y ancho de "Burn It" se podían oír locuciones o cantos en inglés no americano, en francés de los suburbios, en español latino o hasta en árabe, todo bien dispuesto sobre una columna vertebral de beats fumados de ascendiente hip hop y amen breaks (a medio camino entre el drum'n'bass y el breakcore menos atropellado) que servían de red a skits televisivos y field recordings de revueltas, a voces femeninas con acento a mercado turco, a gaitas y percusiones del Magreb, a ecos del dub más denso y humoso, a rap con sabor a ron cubano o violines llamando a la agitación de las pasiones desde el Oriente Próximo.

Este “Dirty Bomb” que nos ocupa, segundo largo nómada de Filastine tras una ristra de maxis para Shockout (el subsello “raggacore” de Tigerbeat6) o ROMZ (sello que también se encarga de editar este álbum en Japón) vuelve a transitar por esas mismas coordenadas mestizas e integradoras, aunque el perfil general del álbum sea mucho menos explosivo, menos incendiario, sustituyendo los accesos de agresión sónica y las soflamas que habitaban los rincones más airosos y arrebatados de su cadencioso primer álbum por unas formas líricas y sonoras más sutiles e indirectas, por unas programaciones más depuradas, más torcidas, herméticas y dramáticas que nos deparan menos momentos de exaltación por la vía de la consigna o la velocidad en beneficio de una experiencia sonora más profunda, más absorbente, que eleva las cotas de hipnosis tanto como favorece los momentos para la evocación de una extraña y dulzona saudade global.

Fruto de tres años de trabajo y producción itinerante, a salto de mata entre varias decenas de ciudades de una docena países distintos, “Dirt Bomb” vuelve a ser reflejo del sound clash multicultural de un mundo en quiebra, un collage sonoro deslocalizado en el que hay espacio para el dub y el flamenco, para la electrónica ensortijada y el rap arabesco, para el dubstep que zumba, el virus del electro booty, las melodías del Oriente Medio, el dancehall más herrumbroso o los ecos desteñidos de un Bollywood de cartón piedra que escupe sus fantasías de falso esplendor coreografiado sobre millones de slumdogs sin nada que llevarse a la boca.

Las cuerdas que abren "Singularities" empiezan trayendo a la memoria el trabajo de Clint Mansell en "Requien For A Dream", también al Raz Mesinai de "Enterance", pero pronto llegan ritmo y melodía a base de fader agil (aquí entregado al serreteo transformer) a llevarse el tema a unos terrenos más quebrados en los que una suerte de R&B digital de evocación árabe hunde sus pantorillas en las aguas radioactivas de lo wonky. En "Fitnah", la reincidente voz de Jessika Skeletalia Kenney viste de acentos pop del Oriente Medio una rejilla de palmas y beats empeñados en hacerte perder el paso, golpes decorados a base de misterios de theremin y de unos bajos sintéticos enormes, bulbosos, cercanos al wobble. "Hungry Ghost" es crunk contorsionista y electrocutado sobre el que pasean sus rimas el australiano Wire MC y el japonés EDC antes y después de que el tema le guiñe un ojo a la favela y se ponga a rebotar sin recato obre una cama elástica de bajos booty. En "Bitrate Sneers" vuelve el beat making averiado, con mucho sabor a esa polución sonora que uno esperaría encontrarse en un salón de juegos recreativos nipón (un espacio borracho de bips y luces parpadeantes), antes de que "Desordenador" sume gaitas magrebíes a un armazón dubstep de bajos tiesos y pulsantes atravesados de ráfagas de percusiones anatolias.

Entre los gestos más atrevidos del disco, "The Sinking Ship" cose a base de cenefas de guitarra flamenca un telón de dubstep oscuro y dramático que podría venir firmado por Various Productions. Y mientras "To The Motherfucking East" juega a vestir de samplers simpáticos y melodías con color un ritmillo (funky) house la mar de resultón, "Blung" apunta al "motherfuking east" como lo haría Mutamassik remezclada por el primer Badawi, el más tirado al dub en " Bedouin Sound Clash".

La rapera Malena firma uno de los momentos más dudosos del álbum (buena parte del interés que desprende la base queda diluido por el exceso de verbosidad en clave de "rap de okupa" de la argentina) poco antes de que el norteafricano Rabbah exhiba don de lenguas (rimas en francés, inglés, bereber, árabe, y español en el espacio de tres minutos) en "B'talla". Tras una extrañamente infecciosa orgía de ritmos, ecos y ruidos como "Marxa", el doliente sentir gitano de La Perla cantando desde el interior de una cueva ocupada en Granada impregna cada poro de esa oda a la vida marginal que es "Como Fugitivos".

Como en nuestras sociedades, los componentes étnicos, muchos, que nutrían la música de Filastine en el pasado, en ocasiones no eran capaces más que de generar sus propios espacios de supervivencia en la periferia de lo temas, quedando como ejercicios de mestizaje cultural bien intencionado. En este segundo álbum, más trabajado a nivel de programaciones y mezclas, mejor sedimentado, aquella debilidad aparece ampliamente enmendada, lográndose una convivencia más pacífica y fluida entre los elementos de origen remoto en un disco vagabundo que logra borrar lindes entre géneros y clases atreviéndose a introducir en el flujo sanguíneo de la escena electrónica occidental el virus del quejío gitano o la capacidad para el rapto y el trance de las músicas orientales. En sus mejores momentos, los mejor batidos, “Dirty Bomb” parece un cajón de sastre viajero en el que cupieran todos los mundos, el primero, el segundo y el tercero. La idea de la moderna “world music” que la industria del disco lleva años vendiéndonos debería sonar a esto. Música de espíritu nómada contra la monocultura del Primer Mundo. Luis M. Rguez

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