Dirty Beaches Drifters / Love Is The Devil Dirty Beaches Drifters / Love Is The Devil Top

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Dirty Beaches Dirty BeachesDirty Beaches Drifters / Love Is The Devil

8.2 / 10

Es evidente que a Alex Zhang Hungtai le encanta el cine. Su primer álbum llevaba por título “Badlands”, que en su caso podía parecer una referencia al disco homónimo de The Jesus & Mary Chain, pero también una cita nada disimulada a la película con la que se dio a conocer Terrence Malick, y en el segundo, aunque los títulos no parecen alusiones tan directas (quizá sí en “Love Is The Devil”: así se llamaba una película biográfica de John Maybury sobre el pintor Francis Bacon a la que puso música, curiosamente, Ryuichi Sakamoto; con “Drifters” me la juego y quiero pensar que va por la película japonesa de yakuzas “Tokyo Drifter”), las alusiones cinéfilas vuelven a filtrarse por todas partes, más allá de la autosuficiencia y el misterio lynchiano que se destila en cada barra de sus pentagramas. Y lo hace no tanto en menciones propias de un lector de Cahiers, sino en sensaciones: toda la música parece componer imágenes evanescentes y flotar en el aire, sobre todo el segundo CD de esta experiencia doble, en la que Dirty Beaches ha condensado todo su material instrumental, quien sabe si originalmente pensado para que algún día cayera en manos de un director de cine que tuviera a bien insertar sus acordes de guitarra (muy Neil Young circa “Dead Man” en “Alone At The Danube River”, por ejemplo) en una cinta de esas que compiten en Sundance.

Pero todavía es más evidente que a Hungtai le gusta la baja fidelidad. Aquel “Badlands” del que hablábamos antes fue un disco singular, grabado en una caja de zapatos, con un eco sucio y una resolución de voz completamente amateur, rasgado con furia y envuelto en eco, hasta el punto de que sonaba a la versión guitarra + percusión electrónica de los primeros Suicide, mezclados con las primeras bandas de noise-rock y C-86 británicas. Por momentos, Dirty Beaches se pone agresivo, pero casi siempre deambula por territorios ensoñadores, dejando que las notas eléctricas de sus cuerdas circulen como chispas por un cable mal cortado. “Drifters / Love Is The Devil” tiene un título compuesto porque en realidad son dos discos: el primero es la evolución natural de “Badlands”, con guitarra, voz y beatbox, mientras que el segundo completa la experiencia y amplia el marco estético de su propuesta musical con apuntes paisajísticos que a veces parecen enfocar una realidad bucólica y otras veces un espacio sucio, contaminado y urbano; si seguimos los títulos, no es difícil ver que es una secuencia de temas con argumento, básicamente la historia de un hombre que toma un bus nocturno hacia otra ciudad ( “Greyhound At Night”, “This Is Not My City”) al encuentro de una mujer ( “Woman”), pero la historia de amor sale mal; solo, confundido, desorientado en una ciudad que no es suya, regresa abatido a su origen ( “Berlin”).

Según ha explicado Dirty Beaches, todo este trabajo nace de una sensación de hastío, de estar de gira –lejos de casa, en lugares desconocidos, en locales pequeños y ante públicos todavía ignorantes de su potencial y sus inquietudes– y sentirse desplazado de la realidad, aún más solitario y vacío. Y por eso suena con un punto de rabia: en el primer CD, “Night Walk” puede sonar a canción con groove –la caja de ritmos es muy ochentas–, pero en realidad es la música de alguien que se interna en una cueva, cada vez más a lo profundo, más a lo oscuro, sin intenciones de volver. A medida que pasan los temas, “Drifters” se vuelve más fiero: “I Dream In Neon” se sujeta sobre acordes de blues y su voz suena como salida del vientre de una ballena y “Casino Lisboa” es puro Suicide, una cacofonía grabada con medios precarios que, sin embargo, transmite la vitalidad del músico que tiene ideas y, sobre todo, sabe que una buena producción se las puede arruinar. En la primera parte del disco, que es la involución total del rock’n’roll a las puertas del infierno, se cuelan los primeros momentos instrumentales ( “Belgrade”), y culmina en el éxtasis industrial de “Mirage Hall” y “Landscapes In The Mist”, clímax de la primera parte y preámbulo del material verdaderamente novedoso –pero no mejor; las dos secciones se equilibran mutuamente y le otorgan estatura al disco– que es la suite instrumental de “Love Is The Devil”.

Sus recursos, ciertamente, a veces remiten a clichés de las bandas sonoras incidentales para películas indies sobre relaciones tensas, personajes desubicados o encuadres de naturaleza invernal, pero hay una sensación de enfermedad y corrupción en sus piezas que le beneficia: nunca quieren ser perfectas, ni preciosas, sino como una pepita de oro entre la basura. Cuando menos se espera, cuando uno está intoxicado por el eco, o por la textura desgastada de su guitarra, aparece un segundo de belleza que se amplifica, que se multiplica, y que hasta la llegada de “Berlin” –siete minutos del tipo de ambient que haría David Bowie si quisiera–, invade misteriosamente un disco al que hay que aproximarse con luz frontal, escalpelo y falta de prejuicios.

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