Dialogue Dialogue

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Thavius Beck Thavius BeckDialogue

7.6 / 10

Thavius Beck  Dialogue BIG DADA

Criado entre el vapor y el estruendo metálico de la fragua underground de Los Ángeles, Thavius Beck descubrió el secreto del acero en su particular Cimmeria rapera: lo suyo fueron combates a muerte en oscuros fosos de su ciudad contra MCs psicópatas, carreras contra perros rabiosos de espesos espumarajos bucales, cicatrices, sufrimiento y mucho sacrificio. Desde los días de hidromiel y rimas de la ya olvidada multiformación Global Phlowtations, pasando por los años de curtimiento bajo el nombre de Adlib o sus experimentos electrónicos en el proyecto Lab Waste, este bárbaro sin ley encontró el camino de Crom mostrándose como Thavius en la corte de Mush Records, donde firmó dos gestas heroicas todavía recordadas por los aldeanos y juglares más decrépitos –sensacionales “Decomposition” (2004) y “Thru” (2006)–. Bajo esta encarnación, viejos dioses, titanes dormidos y serpientes gigantes han temido su espada y su micro. Sobre todo su micro, noble arma sobre la que su padre díjole antaño: “debes comprender su valía, aprender su disciplina. Porque en nadie, en nadie de este mundo puedes confiar. Ni en un hombre, ni en una mujer, ni en un animal. En el micro sí puedes confiar”.

El resultado de tanta aplicación y entrenamiento es un trabajo mayúsculo, un relato de rima y brujería cargado de una épica digital que sólo Aragorn y Pacman serían capaces de conseguir. El primer fogonazo de Thavius en Big Dada es una mascletá de hip hop mutante no apta para oídos alimentados con molleja e higadillos street. La cofradía del bombo y caja necesitará librarse de muchos prejuicios para entrar en este universo. “Dialogue” suena a computadora enloquecida, a flatulencia robótica, como si escucháramos las entrañas del Nostromo con un estetoscopio después de una digestión pesada. Beck alinea así sus pulsaciones a ese hip hop de transistor alienígena de los Antipop Consortium de “Fluorescent Black”, pero con un deje más de serie Z y una pasión irrefrenable por las atmósferas barrocas y abrumadoras en la primera parte del álbum.

Sacad los escudos, porque la batalla comienza como una mezcla aturdidora de grime, horrorcore y rap sintético. La sección inicial, sin lugar a dudas mi favorita, nos depara una intro con sample de coros a medio camino entre los Queen de “Flash Gordon” y “Carmina Burana” –brutal “Cracking The Shell”-; sigue con “Away” y más capas de sonido (trompetas rabiosas, coros) sobre un entramado rítmico que culebrea en un caldo de palmas y percusión acelerada, y nos termina de hundir la encía con la épica emo de “Go!”, puro horrorcore/grime con voces de fondo para generar drama y un sintetizador psicodélico que abre nuevas vías en el cancionero. A partir de ahí, el álbum es una sucesión de raps sepultados en ritmos incómodos, redobles de batería marciales y una abundancia de pellizcos digitales, pinchazos kraftwerktianos, mordiscos de electrónica lo-fi y collejas de scratch tartaja para pieles muy curtidas o adictos al dolor. “Violence” ejemplifica muy bien la cara más cyborg de Thavius: parece The Pharcyde sobre una base de Autechre. También encontramos rocas de distorsión como “And The Beat Goes On”, donde la música Nintendo alcanza su grado máximo de acidez, abrazando las rimas de nuestro hombre en una espesísima sinfonía gameboyeresca de bits, graves sudorosos, guitarras heavies y guiños sonoros a “Donkey Kong”, “Space Invaders” y la señora madre que parió al videojuego ochentero. Pero seguramente, al Thavius Beck más enloquecido y computerizado hay que buscarlo en “Painful”, un pastiche de electrónica sinfónica con más sintetizadores que un disco de Camela y voz en falsete. Como si Ladytron quisieran ser Hawkwind y ficharan a un castrado como cantante, vamos.

Estamos ante un disco nervioso (el beat electrificado de “Transimission”), épico ( “Pressure”), alucinado ( “4 Part 2”), con un esqueleto artificial que se agita cual pescadilla recién capturada en el Cantábrico, una obra de orfebrería rap sembrada de chispazos electrónicos que se clavan en el lóbulo frontal del oyente como la mejor publicidad subliminal. El chip es embriagador, extraño y está muy, muy bien acabado. Primero Antipop y ahora esto: Dada más Big que nunca.

Óscar Broc

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