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Jessie Ware Jessie WareDevotion

8 / 10

Hasta que empezaron a aparecer los primeros adelantos de “Devotion” en forma de streamings, el perfil de Jessie Ware se correspondía con esa categoría, algo imprecisa, de compañera vocal para productores de club con inclinación hacia el house y el garage, algo así como el siguiente episodio en un linaje que, previamente, había tenido a Ms. Dynamite y Katy B como primeras damas. El currículum de Ware acumula featurings de alto nivel en álbumes como el de Joker –cantó en “The Vision (Let Me Breathe)”– y en la joya downtempo de SBTRKT del año pasado, además de dos singles compartidos con, otra vez, SBTRKT en Numbers ( “Nervous”) y Sampha ( “Valentine”), sin olvidar que su primer single a solas, “Strangest Feeling”, fue posible en PMR Records gracias a la gestión de Julio Bashmore. Pero a medida que iban apareciendo avances del álbum de debut quedaba claro que esto sería otra cosa, y que la presunción de diva post-garage se alteraría a favor de un rol más clásico y menos coyuntural. Como explicaba Ware a The Guardian hace un par de días, su aspiración era la de ser “una estrella del pop privada, como Annie Lennox o Sade”.

Eso significa que el marco sonoro para “Devotion” –que es un álbum asombrosamente coherente y compactado– es el del pop-soul característico de los ochentas, con un pie en el privé de un club elitista y otro en la torch song para enamorados; música altamente elegante, cadenciosa y pensada para reforzar el protagonismo vocal de Jessie Ware, que salvando los susurros en segundo plano de Dave Okumu, 33% de The Invisible –y el rapeado en primerísimo que se marca en “No To Love”–, se hace con el completo dominio del micro en once joyas de pop que hay que escuchar como si te las estuviera suspirando al oído en un espacio muy íntimo. Eso significa, también, que cualquier conato de baile ha quedado abortado en el álbum –salvando “110%”, con producción de Julio Bashmore y un beat ligeramente uptempo que toma rasgos del footwork y el jungle– para conferirle ese aura atemporal, que tanto puede ser retro –la faceta Sade y sus tormentas tranquilas de pasión y satén– como actual, como si su apuesta fuera la de responder desde UK al reciente “4” de Beyoncé.

La gran virtud de “Devotion” es que, como dice la letra del tema que le da título, “everything happens so easily”, precisamente porque la idea de partida es concisa y su desarrollo no se ve alterado por ningún capricho modernista ni ninguna intromisión ajena al núcleo duro del álbum, compuesto por los citados Bashmore y Okumu, a los que se suman Lexxx –previamente en producciones de Björk– y Kid Harpoon, que han aplicado toda su sabiduría para firmar, una tras otra, estas slow jamz envueltas en texturas diamantinas y que, cuando lo precisan, no dudan en vestir con batería, guitarra y envoltorio AOR como en “Running”, una canción que a veces puede sobrepasar la línea de la ultraelegancia y entrar en territorio más propio de Lisa Stansfield que de Sade. Pero no hay excesos apenas, y todas las referencias se alinean con una lógica aplastante: “Still Love Me” parece una canción escrita por Peter Gabriel –época “Don’t Give Up”–, y el bloque final reivindica con firmeza la influencia de “Love Deluxe”, en especial “Sweet Talk”, “Night Light” y “Something Inside”, un final precioso que evapora de un plumazo la imagen perfilada de Leona Lewis que se dibuja en la “Taking In Water” precedente. Y por encima de todas, la balada perfecta, la torch song electrónica ideal de “Wildest Moments”, una canción que de haber caído en manos de Annie Lennox ahora sería el hit de su reaparición gloriosa –salvando el momento barco en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres, claro es–.

“Devotion” no sirve para el club y su escucha debe ser únicamente privada, íntima –no necesariamente solitaria– y, a poder ser, al calor de unas velas y una copa de vino. Quizá el escenario que implica se presuma demasiado complaciente y con un punto de cursilería, pero las canciones no cruzan nunca la barrera de lo excesivamente azucarado ni buscan el efecto fácil. Todo en “Devotion” suena contenido y respetuoso con un mecanismo de canción pop, el del white soul de los 80s, con el que es muy fácil cometer errores. Jessie Ware nunca pisa en territorio incierto ni peligroso, el LP está convenientemente limado de suciedad e impureza, y a cada escucha va creciendo más y más, a medida que se va introduciendo dentro de la piel y el organismo, como un suero o un veneno. Quizá le falte algo de riesgo, un punto de contemporaneidad que disimule la nostalgia ‘de época’, aunque sólo hay que imaginarse dónde estarán dentro de cinco años “Devotion” y, por ejemplo, el debut de Katy B –o incluso los de Emeli Sandé o Lianne La Havas– para comprender que no hace falta y que es así como tiene que ser.

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