Dettmann Dettmann

Álbumes

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6.8 / 10

Dettmann  Dettmann OSTGUT TON

La importancia de Marcel Dettmann en la historia inmediata del techno es indiscutible: cuando la flaccidez del sonido minimal empezaba a ser peligrosa y tener la textura de una piel arrugada, necesitada de células jóvenes, él tonificó el músculo del sonido con una inyección de dureza y rigidez que siempre ha ido asociada con ideal de “techno serio”: donde había plops y fíus, él ponía bums contundentes y bleeps extraplanetarios, directos a la encía. Esa importancia del berlinés –dependiente en la tienda Hardwax, DJ residente en el club Berghain; el tipo de actividades paralelas que ayudan a vestir muy bien un currículum– en la resurrección de un sonido que parecía a punto de perderse en una reiteración de plug-ins y esquemas predecibles es compartida, por supuesto: Ben Klock estaba a su lado, sellos como Sandwell District y Seldom Felt también consideraban que la mejor manera de resolver el atasco ketaminero era intensificando la energía y reforzando la oscuridad –bombos secos, atmósferas rasposas–. Había una saludable sensación de revuelta en el underground europeo, canalizada por la vía del regreso al white label y el distanciamiento de plataformas de autopromoción vanidosa como Myspace.

Dettmann no es, pues, un renovador del léxico del techno, sino uno de los principales instigadores de un regreso al sonido oscuro de principios de los 90, admirador de los renegados de UR – Robert Hood y Jeff Mills, padrinos del minimalismo y el hard techno– y de ese puente aéreo tendido entre Detroit y Berlín por el sello Tresor hace ya más de quince años. No hay revolución en el enfoque de Dettmann –tampoco lo hay en el de sus almas gemelas–, sino una reactualización de la nostalgia por la vía purista. Una vuelta a los orígenes del prestigio. Parecía que el futuro del techno como lenguaje preocupado por lo desconocido tenía que estar en sus manos, pero “Dettmann” –el álbum de debut tras maxis, remixes y discos de sesión de alto nivel– es un pequeño paso en falso: reactiva el culto, pero no engendra un nuevo linaje; alude sistemáticamente a los clásicos sin aportar un giro significativo en la dialéctica del género. Parece quererlo hacer en “Argon”, prácticamente dubstep con la pegada monocorde del último Scuba, pero es un paso de apertura –tras la introducción burbujeante de “Quasi”– en falso.

Se puede ser retro sin parecer un cadáver embalsamado, e incluso diríamos que no se puede ser creativo sin tener un amplio conocimiento del pasado –y que me aspen si Marcel Dettmann no tiene una cultura electrónica capaz de hacerle ganar en cualquier partida de Trivial Pursuit del ramo entre Cornualles y los Cárpatos–, pero aquí hay un problema de fondo del que el disco no parece despegarse en ningún momento: hay demasiada reverencia por lo antiguo, Dettmann clava continuamente la rodilla ante unos maestros a los que acaba imitando de una manera esforzada e hiperrealista, clavando el sonido de un viejo vinilo del sello Axis – “Screen” suena al zumbido de un mosquito, “Motive” al arranque de un motor de hélice, siempre con el libro de estilo de Jeff Mills en la mano– o el de una referencia de M-Plant – “Captivate” parece una rama desgajada del árbol genealógico de Robert Hood–. Sólo hay que fijarse en que uno de los temas se titula “Silex” –la piedra en la que se tallaban las primeras lanzas en la prehistoria; cómo no, suena a Basic Channel, como antes lo hace “Reticle”, con esa desviación hacia el swing de “Phylyps Tracks”–, y que otro, tan retro como complacido de serlo, lleva por título “Home”.

Se le puede disculpar la falta de progresión de los tracks, el estatismo en que se mueven: quizá no sea un álbum con intención deslumbrante, sino una colección de piezas para pinchar, sonido en bruto para construir una arquitectura de sesión en el club y que sólo tiene pleno sentido en la mezcla. Pero aun así hay un flanco que permanece descubierto, hay un punto débil. Se puede ser arqueológico, como decíamos antes, pero hay varias maneras de mirar atrás, y la de Dettmann es distinta a la de Redshape, otro nostálgico que se desvive tanto por un vinilo original de Planet E o Frictional como nuestro Marcel lo hace por las primeras ediciones de Purpose Maker. Pero mientras Redshape sabe cómo forzar las costuras de la tradición e insuflar novedad al techno clásico –lo hace dándole la vuelta a los ritmos, persiguiendo atmósferas inéditas u olvidadas–, Dettmann sigue el libro de instrucciones de una estética demasiado asociada con unos artistas y un momento en el que se identificaba techno con lucha y meditación filosófica. Por otra parte, es lógico en él: había empezado su carrera con los dientes apretados y perfilando sus primeros maxis con un sonido vigoroso, con un temblor experimental cercano a Sleeparchive pero con más bíceps, pero en “Dettmann” parece no querer seguir su línea más atrevida y atascarse en la conservadora. El berlinés tenía la posibilidad de abrir una puerta hacia el futuro en vez de iniciarnos en una ruta turística por el “Jurassic Park” del techno. Bonito viaje, sí; fantásticos son el tiranosaurio y pterodáctilo, recreados genéticamente con una fidelidad pasmosa, pero la otra dirección, la que aquí se ve tan poco, es la correcta.

Javier Blánquez

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