Dependent And Happy Dependent And Happy

Álbumes

Ricardo Villalobos Ricardo VillalobosDependent And Happy

7.9 / 10

Comparado con su periodo más fértil y frenético, el que va de 2003 –año de edición de “Alcachofa” en Playhouse– hasta 2008, cuando funda su propio sello Sei Es Drum, los últimos cuatro años de Ricardo Villalobos han sido tranquilos, de perfil bajo y sin apenas apariciones sonadas en el mercado del house (también ha sido padre, que se supone que influye). Ha seguido pinchando, pero menos; ha seguido trasnochando, pero sin tanta ambición crápula como en sus mejores días, y ha seguido produciendo sus habituales beats de fluctuaciones líquidas y bombos acolchados que le han hecho único en el circuito de la música de baile, pero con una cadencia editorial que casi parece comatosa: desde “Vasco” (2008), último álbum ‘oficial’ de Villalobos, sus novedades se han limitado a algún tema suelto ocasional, algún remix y su esfuerzo conjunto con Max Loderbauer en “Re: ECM”, un disco entre el jazz y el ambient que redibujaba los contornos del mítico catálogo alemán fundado por Manfred Eicher. Así, el regreso definitivo de Villalobos podía ser de dos maneras: o no ser, directamente –esto es, languideciendo en un silencio prolongado, hasta que le devorara el olvido–, o un regreso hambriento y desbordante, que es lo que al final quiere ser “Dependent And Happy”, un álbum atípico que se edita en tres partes en vinilo –cinco discos en total; en dos semanas se reunirán en un CD mezclado, y por tanto incompleto con respecto al wax– que marcan un nuevo tour de force en la carrera del chileno naturalizado berlinés.

Lo cierto es que en la carrera de Villalobos faltaba algo así: el álbum interminable, de una duración cercana a las dos horas sumando todos los tracks, después de haberse inventado en 2006 el tema de extensión imposible en forma de aquel “Fizheuer Zieheuer” que, en su versión en vinilo, se iba hasta los 72 minutos –y todavía podría haber seguido si el formato físico lo hubiera permitido–. “Dependent And Happy” vuelve a jugar con la percepción del paso del tiempo en el oyente al ofrecer material generoso y en apariencia uniforme, aunque la experiencia de escucha, siendo tres partes en vinilo, no sería una continuada y pasiva, sino una continuada y activa frente a dos tocadiscos: parece como si Villalobos retara al consumidor, transformado en DJ de andar por casa, a armar con estas 14 partes un rompecabezas diferente en cada experiencia, de la duración deseada por cada uno –horas y horas de desconexión de la realidad si uno lo prefiere así, si tuviera el tiempo–. Se trata de una experiencia costosa, pues la compra de todos los discos sale por cerca de 50 euros, pero al menos no unidireccional como en el 100% de los álbumes restantes que se amontonan en las tiendas.

Si no, siempre queda enchufarse a los tracks por separado, y en ellos Villalobos sigue fiel a sus preceptos estéticos: la mayoría de ellos son largos –la extraña jam latina de “Tu Actitud”, que se inicia con una voz mal afinada y desacompasada del beat, hasta que todo encuentra orden y swing, se va a los 12 minutos, igual que “Put Your Lips” en la segunda parte; la toma más extensa es la de “Zuipox”, de 14 minutos–, y sobre todo, la mayoría de los cortes –por no decir la totalidad– son ondulaciones de house disociador de la realidad, ketamínico, los beats suenan mareantes y furtivos, entran y salen a su antojo, aumentan el volumen del sonido a voluntad –o lo reducen hasta la casi desaparición–, mientras por encima suceden las cosas habituales en el laboratorio de Ricardo: bajos huecos, efectos y crujidos, alguna melodía mareante. A estas alturas su discurso ya no sorprende como novedoso – “Grumax” es una especie de versión de “Dexter” hasta las cejas de codeína, por ejemplo; es un giro hábil a lo de siempre–, pero se le sigue admirando por fiel a unos principios creativos que consiguen encajar a martillazos lo más difícil de la música contemporánea –atonalidades, ruidos, aleatoriedad– en un discurso lúdico, de club, drogas y baile.

La primera parte se corresponde con la parte más “Achso” de la carrera de Villalobos, es la más difícil y discontinua, la que incluye más excentricidades –una voz gutural en alemán, como si fuera una psicofonía de Laibach, en “Das Leben Ist So Anders Ohne Dich”, que circula en medio de beats isométricos y melodías deconstruidas, sin que nunca haya un beat constante– y más desterritorialización con respecto al club. La segunda, en cambio, se vincula más con el material primerizo del chileno, el del material en sellos como Frisbee –recupérese “Salvador”, por ejemplo–, y que tiene una constancia más marcada, más útil para pinchar, como ocurre en “Samma” y “Ferenc”, que o bien son un ejercicio de nostalgia (de los primeros años del sello Playhouse, por ejemplo) o rescates de lo más hondo y antiguo de su disco duro. La tercera parte, que es un simple vinilo con sus dos cortes reglamentarios, a uno por cara –“Defixia” y “Koito” – es la que incluye, además de la colaboración de Uwe Schmidt, la novedad estática: un sonido más flotante y hasta cósmico, con beats que recuerdan al garage desacompasado en la cara A, y otra rodaja de minimalismo escurridizo en la B. La conclusión es que incluso en sus momentos más espesos Villalobos sigue siendo capaz de encontrar un resquicio de salida luminosa o hedonista a su propio laberinto. Una vez más, ha obrado su truco de magia.

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