Delafé Y Las Flores Azules Vs. Las Trompetas De La Muerte Delafé Y Las Flores Azules Vs. Las Trompetas De La Muerte

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Delafé Y Las Flores Azules Delafé Y Las Flores AzulesDelafé Y Las Flores Azules Vs. Las Trompetas De La Muerte

7 / 10

Delafé  Y Las Flores Azules Vs. Las Trompetas De La Muerte MUSIC BUS / WARNER

Los Black Eyed Peas llevan tiempo presentándose como una banda de hip hop positivista, aunque lo suyo, definitivamente, lo enmarcamos ya dentro de la esfera pop –básicamente, desde que Fergie adquirió un bono mensual para renovar sus votos con el botox–. En España, puestos a buscar semejanzas, este lugar lo ocupan Delafé Y Las Flores Azules. Destilando buenrollismo y un aroma costumbrista que alude a lo mediterráneo, los barceloneses calaron hondo entre esa plebe que revolotea entre lo indie y la banal radiofórmula –con “Enero en la playa”; era 2005– antes de entrar a formar parte de la banda sonora de ese engendro choni titulado “Yo Soy La Juani”. En su directo, durante los últimos años, tiraron de estética naïf, convirtiendo todos y cada uno de sus shows en un punto de encuentro verbenero del que poco o nada se intuía en sus creaciones de estudio. Así que ya era hora de que metieran algo de chicha hedonista en uno de sus largos. A escasos días de que la liturgia de la terraza veraniega dé el pistoletazo de salida, Helena Miquel y Oscar D’Aniello nos presentan su tercer largo. Sus detractores afirmarán que “Delafé y las Flores Azules vs. Las Trompetas de la Muerte” es más de lo mismo, y razón no les faltará. Pero la banda ha facturado junto a The Pinker Tones (en la producción) su álbum más comercial hasta la fecha, lo cual a priori no es ningún hándicap –salvo para aquellos que se rasgan las vestiduras cuando uno de sus grupos favoritos empieza a dar el cante en Los 40–.

Éste ha sido un año de cambios. Para empezar, Facto –o lo que es lo mismo, Marc Barrachina– ha decido volar por libre. Y, por si fuera poco, D’Aniello y Miquel ejercen, única y exclusivamente, de pareja artística a día de hoy. La adopción de Dani Acedo –bajista de Mishima, la otra banda en la que D’Aniello se ocupa de las percusiones– ha aportado al grupo un tsunami de nuevas ideas. Las mayores variantes con respecto al disco precedente se pueden señalar en tres puntos: uno, la introducción de vientos en buena parte de las melodías con tal de emular la efectividad del soul trompetero; dos, un mayor protagonismo vocal de Helena; y tres, el hecho de que su flower power –con bermudas y Havaianas– se haya modificado a la baja en beneficio de una realidad mucho más agridulce de la que solían reflejar en sus letras.

“Río Por No Llorar” representa un claro ejemplo de estos tres elementos: con una base más dura de lo habitual en su sonido y mirándose en el espejo de The Go! Team, los vientos llevan la voz cantante hasta que Helena aparece para poner los pies sobre la tierra y demostrar que ellos –también– tienen derecho a los bajonazos emocionales. Los cuatro primeros temas, junto con esa reducción de adrenalina que identificamos con “Éramos” y “Funcionarios Ausentes”, cierran circularmente el leit-motiv de las trompetas de la muerte –unas setas maltrechas y dolorosas para la vista que camuflan un sabor indescriptiblemente suculento para los más sibaritas–. Mención aparte merece el punto de inicio presidido por Miquel, “Hoy”, que se aleja del bombardeo de singles potenciales que impera en la mitad del tracklist.

Aquí, precisamente, muchos atacarán despiadadamente a la banda –un servidor, por razones obvias, no pretende engrosar el saco: durante los últimos años uno ha estado reivindicando, junto con varios amigos, el regreso de la canción del verano tal como se entendió en el pasado. Luis Aguilé se fue al otro barrio y con él –a expensas de que algún día Georgie Dann vuelva a hacer de las suyas– las terrazas se vieron huérfanas de ese tema de poco más de tres minutos solemos repudiar a mediados de agosto. “1984” va a ser nuestra salvación por varias razones: su estribillo es pegajosamente adictivo, resulta tan infantiloide que inevitablemente a uno se le escapa la media sonrisa y, encima, reivindica la conga como una tradición social alejada de las fiestas populares catetas –también lo hizo Casavella en “El Secreto De Las Fiestas”–. Pero tan ardua batalla por la conquista del hit incuestionable se tiene que ver las caras con “La Primavera” –con autorreferencias implícitas–, el single de presentación “Espíritu Santo” o la insólita “Tomás Molina” –que alza a la categoría de icono pop al hombre del tiempo de la televisión pública catalana–, a pesar de que temas como “La Compra” o “Mejor”, simple y llanamente, no les han salido tan inspirados si los pesamos en la misma balanza que el resto de cortes.

Que Helena cante más que nunca siempre es una gran noticia, igual que la vertiente festiva que transpira el álbum aún regocijándose en un universo propio de lo más manido. Su lista de fans difícilmente se verá acrecentada. Es más, el disco está destinado a todos aquellos que les han seguido la pista hasta este momento. Así que, por el simple hecho de hacerme ansiar un buen atracón de bravas en el chiringuito de turno, yo ya me doy por satisfecho.

Sergio del Amo

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