Decade Decade

Álbumes

Mi Ami Mi AmiDecade

7.6 / 10

Cuesta creer que en sólo dos años estos Mi Ami sean los mismos Mi Ami que casi clausuraban el catálogo de Quarterstick en 2009 y en 2010 pasaban a formar parte de la familia Thrill Jockey con un disco que presentaba una portada inexplicable presidida por un crustie con rastas y un contenido anguloso, guitarrero y reminiscente de la geometría rock de bandas como Don Caballero o Joan Of Arc. Ahora campan los sintes calidoscópicos, herederos de aquella psicodelia techno de los años 90s propia de bandas como The Sabres Of Paradise, los bajos son igualmente musculosos pero más herederos del dub que del post-rock líquido vía Seefeel / Tortoise, y lo que se mantiene es la voz de Daniel Martin-McCormick ( “Horns”), que sigue chillando como si fuera el tipo de The Rapture atrapado en una cámara de eco subido a un taburete, asustando por las cucarachas y los ratones en el suelo. La clave del cambio ya estaba en aquel 12” de transición, “Dolphins”, que les parecía querer llevar al territorio de las juventudes chillwave, pero como saben perfectamente quienes han señalado a 100% Silk como su sello de cabecera, la razón del cambio en realidad es otra, mucho más profunda e incluso tránsfuga.

Daniel Martin-McCormick es Sex Worker en sus ratos libres, pero también Ital: el epítome del hipster house, de esta nueva hornada de productores de baile que reclaman para sí la vieja escuela de la dance music americana provenientes del indie-rock. Su compañero en Mi Ami es Damon Palermo, que además de aportar teclados para Jonas Reinhardt –en lo que ha sido su primera exploración del vacío cósmico de la música planeadora–, también ha rendido culto al house de Chicago como Magic Touch en I Can Feel The Heat, 12” explosivo entre Mr. Fingers, MFSB y Kevin Saunderson, también en 100% Silk. En sólo un año, los dos aparcaron las guitarras y empezaron a retorcer botones, y lo que parecía un primer paso para disolver Mi Ami como proyecto en marcha, era en realidad una maniobra para reconvertirlo en algo distinto, sin perder el ángulo arty pero replantando sus raíces en otra tradición, como quien mueve macetas de un balcón a otro.

Si no sonara tan lo-fi, “Decade” podría ser un disco perfectamente publicable en el roster de DFA: tiene una cualidad retro innegable que en ningún momento pretenden enmascarar –antes al contrario, la potencian tanto como pueden, conscientes de que su encanto está en ese aroma pretérito, que alude por igual al downtown neoyorquino en los 70s, al Londres new wave de los 80s y la Europa rave de los 90s–, y todo el disco viene sacudido por beats constantes que marcan el paso para acabar perdiéndose en un laberinto de ritmo y sonido. Pero la producción es conscientemente zarrapastrosa, casera y descuidada, en la línea de Not Not Fun, exenta de ese glamour lujoso que se gasta en los sellos abonados todavía al revival disco y balearic. La fiesta de Mi Ami está situada en una playa sucia con gente fea y drogas malas, y aún así el disco es un artefacto interesante que amplía el campo de batalla para Daniel Martin-McCormick, el hombre más fuerte en el dúo, el que expresa mejor el mensaje y las intenciones del proyecto.

Las semejanzas entre “Decade” y Hive Mind, el primer álbum de Ital editado hace un mes y medio en Planet Mu, son notables: cuatro y cinco temas respectivamente, pero casi todos largos y derivativos hasta dar con límites en los que se han sobrepasado los diez minutos, de carácter improvisado, nostálgico y escapista; aquí se sobrepasa la media hora sin despeinarse. “Hive Mind” es un homenaje velado –y a veces directísimo– al ambient-house de principios de los 90s, el de los The Orb de “Pomme Fritz” y “Orbus Terrarum” y a las largas odiseas cósmicas de Pete Namlook, pero con el sonido hecho unos zorros, ajado y desteñido por el agua y el sol, y “Decade” se sitúa en la misma época –en la misma década; el título da pistas muy precisas– pero aprovechando un emplazamiento más pop para sonar así a bandas como The Moody Boyz o a las producciones de Andrew Weatherall para los antes citados The Sabres Of Paradise, aunque por momentos suene todo a bocetos preparatorios para un remake barato de “Screamadelica”. “Free Of Life” flota sobre un lecho de estrellas entre ritmos tribales, con voces hipnóticas de fondo y oleaje constante de sintes vaporosos, y conduce a un final, “Bells”, que se alinea con esa nueva ola de la dance music americana más subterránea –en la que también estarían Blondes, aunque ellos con mejores acabados y un sonido que no daña el oído– que prefiere deslizarse antes que golpear, que tanto puede sonar a homenaje a una época muy lejana que, de conocerla debe ser sólo superficialmente –David Morley, el sello Apollo, las primeras referencias de Wau! Mr. Modo, las fiestas en Goa–, como reconstrucción instintiva de músicas asociadas a un despertar de la movida rave, la psicodelia electrónica y el descubrimiento de la química con efectos enteógenos. Escarbando en el pasado, lógicamente, saldrían decenas de discos más relevantes que éste, en catálogos como Warp, Sabrettes, GPR o Guerilla. Pero si nos limitamos al presente, no hay apenas ninguno igual. Y muy pocos que se puedan decir mejores.

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