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Vladislav Delay Quartet Vladislav Delay QuartetDebut

7.5 / 10

Vladislav Delay Quartet  Debut HONEST JON’S

Sasu Ripatti ha aportado a la humanidad cosas valiosas: discos de ambient bajo cero con su proyecto Vladislav Delay, apasionadas ráfagas de deep house microscópico como Luomo; en definitiva, alguna de la música electrónica de mayor impacto de la pasada década, equidistante entre la pista de baile y el home listening, entre esa sensación de perderse en la multitud del club con los ojos cerrados y perderse en los auriculares tumbado sobre la cama de tu dormitorio. Sin embargo, cuando en entrevistas se le preguntaba por sus gustos musicales, el finlandés jamás se expresaba próximo a la electrónica nocturna, y siempre decía que lo que escuchaba de joven era mucho jazz y algo de reggae. Antes de comprarse su primer sintetizador, Ripatti tocaba la batería a nivel amateur y, en efecto, quiso hacer sus pinitos en un grupo jazz, pero las circunstancias, y un puntual interés en la tecnología, le marcaron un camino que acabó desembocando primero en Chain Reaction, luego en Mille Plateaux y Force Tracks, y finalmente en su propio sello Huume y una amplia variedad de proyectos, el Moritz Von Oswald Trio entre ellos.

La participación de Vladislav Delay en el trío improvisatorio del ex-Basic Channel es vital para entender la maniobra que le ha llevado a formar su cuarteto: comparten sello y también estrategias. Si Von Oswald acudió a Delay y Max Loderbauer para reducir el techno a una nube tóxica con materiales pesados del techno flotando en ella, el Vladislav Delay Quartet es un asunto todavía más mercurial y envenedado. El líder toca la batería –su instrumento de toda la vida, el que se había afanado por recuperar durante años– y le flanquean Mika Vainio (electrónica), Derek Shirley (contrabajo) y Lucio Capece (clarinete y saxo tenor) para moverse entre esas aguas turbulentas que separan el free jazz del noise. Sin duda, sería un error acercarse a “Debut” con el mismo ánimo con el que uno se puede poner un nuevo disco de Luomo o incluso el último CD del Moritz Von Oswald Trio, porque a diferencia de todas esas experiencias anteriores, Delay ha querido apartar premeditadamente cualquier incursión en terreno accesible, salvado algunos segundos anecdóticos en “Salt Flat”, donde brilla la luz. El álbum, grabado en largas sesiones de improvisación en los antiguos estudios de Radio Belgrado en Serbia, llega hasta la hora de minutaje sin haber dado un solo instante de ese placer relacionado con la música de club. Sí hay momentos abruptos y tendentes a la rítmica – “Hohtokivi”, especialmente, aunque también “Louhos”–, pero siempre en un contexto noise; el tema en cuestión parece, sin ir más lejos, la resurrección de Pan Sonic.

Si hay ritmo, es un ritmo fragmentado, dirigido por la batería de Ripatti y como si fuera un Jack DeJohnette con el pulso mortecino. A efectos estéticos, hay tres caminos por los que discurren las piezas del disco: están las aventuras en los dominios del drone, como la citada “Salt Flat”, que no desentonaría en una jam de Jim O’Rourke con músicos de jazz, y luego están los momentos de ambientalismo pesado, de ruido electrónico sin apenas control – “Minus Degrees, Bare Feet, Tickles”, composición introductoria del disco y la que más marca el terreno, la que intenta rápidamente quitarse de encima a los oyentes despistados que habían venido a este álbum a escuchar otra cosa–. Luego, el grueso del álbum se lo llevan las jams de jazz entre free y fusión. Fusión porque los vientos de Capece y el contrabajo de Shirley parecen muchas veces acentos puntuales, adornos en un sonido cuya base es la batería y la electrónica, como si Delay y Vainio se miraran fijamente y llevaran el peso de las jams. Pero free porque, aunque Delay reconoce la influencia del productor de Miles Davis, Teo Macero –introductor de la producción electrónica en el jazz–, a tenor de grabaciones como “Killing The Water Bed” o “Presentiment” no es difícil encontrar la huella de francotiradores del jazz extremo, colindantes con la música académica contemporánea, como Anthony Braxton y, por supuesto, de bandas actuales y afines como Supersilent o Aethenor.

En conclusión, Delay se ha lanzado hasta el fondo a una piscina que no es exactamente la suya, pero en la que se mueve con soltura y con ganas de aprender y mejorar. “Debut” es un disco áspero, de trayecto espinoso y no siempre resuelto de la mejor manera, pero que apunta varias cosas positivas: riesgo, seriedad, compenetración con los músicos y un punto de partida para llevarlo más lejos y ennoblecer las relaciones distantes que, hasta hoy, existen entre la música electrónica de los márgenes y el jazz más dificultoso.

Robert Gras

“Killing The Water Bed”

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