Dead Man?s Bones Dead Man?s Bones

Álbumes

Dead Man?s Bones Dead Man?s BonesDead Man?s Bones

8.3 / 10

Dead Man’s Bones  Dead Man’s Bones ANTI / PIAS SPAIN

Muchos músicos utilizan sus canciones como si de un espejo de H&M se tratara: una superficie que no sólo te devuelve tu reflejo estilizado, deseable, sino que además muestra al resto del mundo esa imagen real aunque algo tuneada de uno mismo. Pero resulta que Dead Man’s Bones no son músicos: son actores. Lejos de los aborrecibles estrellones que han desembarcado últimamente en la escena musical (¿alguien ha dicho por ahí Scarlett Johansson?), Ryan Gosling ( Lars And The Real Girl) y Zach Shields ( The Most Beautiful Thing) lo tenían claro: no querían un espejo del H&M, querían una de esas superficies cóncavas y esperpénticas que habitan las casas de los horrores de los parques de atracciones. Y, a poder ser, la casa de los espejos entera. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, un actor está más acostumbrado a la distorsión como método de expresión que al vómito sincero que se asocia a los músicos. El actor pone capas sobre su persona y el músico las desnuda. El fin último de Gosling y Shields es, precisamente, esconder sus identidades y dejar que sea la música la que hable por sí misma. Por eso no se hacen fotos promocionales a cara descubierta (abundan los contraluces y, en su última sesión, van disfrazados de Frankenstein y Hombre Lobo). Y por eso también dejan que, en muchas composiciones, gran parte del protagonismo recaiga sobre las voces infantiles del Silverlake Conservatory of Music Children’s Choir. Conclusión: el debut homónimo de Dead Man’s Bones es un “¡apartad esos focos de nuestras caras!” en toda regla.

Y les funciona, por mucho que habrá quien piense que quedarse en segundo plano era la única actitud posible para dos actores que no se han molestado en ocultar su amateurismo musical: para la grabación de su debut no se amilanaron a la hora de abordar instrumentos que nunca habían tocado anteriormente. De hecho, uno de los principales aciertos del disco es precisamente la bella armonía que surge del entrelazado entre las dulces voces de los niños del Silverlake Conservatory of Music y los esfuerzos rupestres y desentrenados de Gosling y Shields. Ésta es, sin duda, el alma (en pena) de Dead Man’s Bones, tal y como aparecen en la portada: los dos actores en los laterales, con pose de profesores de primaria, y el coro de niños en el centro, disfrazados como si estuvieran a punto de invadir el barrio a golpe de “ trick or treat!?”. Y es que el debut de esta banda tiene mucho que ver con Halloween: no sólo se lanzó un mes antes del día de Todos los Muertos, sino que además está concebido como un álbum conceptual en torno al amor, la muerte… y los no muertos. Inicialmente, Gosling y Shields concibieron su carta de presentación musical como un espectáculo musical de horror pero, al toparse con la inviabilidad económica del proyecto, lo dejaron en este álbum de 12 canciones. Que no es poco. Sino que, más bien, es un mundo.

Un mundo tenebroso, repleto de pantanos cenagosos, casas de brujas con una corte de niños esclavizados, castillos atiborrados de murciélagos, cuevas pobladas por duendes de dientes afilados y lagos de superficies cristalinas que engañan al ojo y ocultan monstruosas criaturas que reptan en su lecho. Y todo, permitidme la analogía (y que conste que lo apunto como algo positivo), surgido de la pluma de J.K. Rowling antes que de la de Edgar Allan Poe: arabescos y barroquismos, los justos. De hecho, a la hora de encarar las composiciones, Gosling y Shields se impusieron todo un conjunto de normas que preservaran un aire amateur y asilvestrado: no utilizarían guitarras eléctricas ni click tracks (pistas guía que marcan el ritmo) y, sobre todo, nunca harían más de tres tomas para ninguna de las partes de las canciones. Hay que reconocer que en semejante punto de partida reside el impacto de temas como “ Lose Your Soul” (con su arrebatador juego de estímulo-respuesta entre la voz y el coro punteado por un megalómano piano que engrandece la amenazadora atmósfera de drama inminente), “ Dead Man’s Bones” (pura brabuconería de taberna gótica en la que parece a punto de entrar Nick Cave, con patada en la puerta incluida), “ Pa Pa Power” (donde el pop aterriza en un baile de Halloween de una típica escuela norteamericana para poner a los adolescentes del revés sin necesidad de mayor droga que un par de bolsas de Pandilla Drakis) y, sobre todo, “ My Body’s A Zombie For You” (la culpable de que Win Butler de Arcade Fire esté comiéndose las uñas por no haber pensado en el coro de niños antes) e “ In The Room Where You Sleep” (que bien podría ser la canción de bienvenida a un pasaje del terror de feria ambulante, con ese “ you better run, you better hide” percutiendo en un ánimo proclive al baile vudú).

Pero, por mucho que haya temas que brillen por encima del conjunto, resulta que “Dead Man’s Bones” es un álbum coherente en su conjunto. Es como si, al entrar en la Mansión del Terror de Disneyland París, cerraran la puerta a cal y canto detrás de ti y te subieran en un carricoche que te va a conducir por un circuito que puede parecer destartalado y demodé en su forma, pero que está medido (y mimado) en su intencionalidad. Todo está donde debe estar: desde la intro en spoken word seguida por el latido que impregna “ Dead Hearts”, ese segundo corte en el que el corazón del zombi empieza a latir en su ritual de resurrección; hasta el fin de curso de la Escuela Charles Xavier para Jóvenes Talentos que supone el corte final del disco, “ Flowers Grow Out Of My Grave”. Entre medias, placer puro y duro en forma de pianos que retumban en habitaciones vacías, órganos que suenan a castillo en la cima de una montaña en una noche de tormenta, sonidos que parecen extraídos de películas de serie B, melódicas que hacen pensar en la similitud del nombre de este instrumento y la palabra "melancólicas" y, sobre todo, un grupo de efectos primigenios y primitivos que te obligan a la celebración por la vía de las palmas, los silbidos y los pisotones en el suelo como método infalible de percusión. Las canciones se miran unas en otras como si estuvieran dentro de la casa de los espejos, amplificando una imagen final sobredimensionada en una atmósfera tétrica pero genuina. Y, mientras tanto, Gosling y Shields siguen mirándose en su espejo cóncavo buscando el esperpento y consiguiendo que nos olvidemos de sus caras y acabemos pensando sólo en Dead Man’s Bones y el apetecible futuro musical que seguro que saldrá de los ataúdes en los que duermen por la noche.

Raül De Tena

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