Dasaflex Dasaflex

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Dusk + Blackdown Dusk + BlackdownDasaflex

7.8 / 10

Cuatro años atrás, el álbum de estreno de Dusk + Blackdown sonaba como una oda crepuscular a los barrios periféricos de Londres –de ahí el título tan explícito, “Margins Music” (Keysound Recordings, 2008)–, que es lo mismo que decir aquellas áreas metropolitanas donde se mezclan las razas y los sonidos, y en las que nacen al cabo de un tiempo géneros híbridos y mutantes de la tradición rave como el dubstep, el grime o el funky house. Ese caldo de cultivo multicultural y rabiosamente urbano se resumía en la portada, una toma de noche de un puesto de frutas y verduras en cualquier lugar del East London o los barrios del sur con Dan Frampton (Dusk, o sea) y Martin Clark (por eliminación, Blackdown) al fondo, confundidos en el encuadre, camuflándose como un camaleón entre la acera y la cabina de teléfonos. Pasado este tiempo, se comprende que esta idea tan geográfica, de alcance glocal –global + local– ha quedado explicada lo suficiente como para ya ir a otra cosa, y por eso “Dasaflex”, aunque se sostiene sobre los mismos pilares y se proyecta en la misma tradición, aparece y suena de una manera menos evidente, más abstracta. La portada, un juego de luces y gotas en lo que parece un fragmento de calzada tras la lluvia –que a la vez juega a ser como una composición de Jackson Pollock–, alude de nuevo al Londres de noche, de invierno, con los neones iluminando la calle. Todo muy sugerido, muy delicado, como el interior del disco.

Dentro, lo esperado: grime –en “Wicked Vibez” y “Next Generation” ofrecen sus rimas GQ (sumergido en una piscina de sintetizadores que apenas le dejan alzar la voz, suena ahogado y lejano) y Shantie–, beats carnavalescos de tradición funky, mullidos bajos de dubstep y una prolongación de la influencia del techno clásico de Detroit que ya se vio por primera vez en “Focus”, incluido en su primer álbum. Dusk + Blackdown no han variado ni un ápice los componentes de su cadena de ADN musical, pero han sido hábiles al reordenar los genes y dar con una continuidad que se reconoce como de la misma familia pero con los necesarios matices para que no suene igual. Según cada fase del disco o suena todo fibroso y respingón o con una sutileza estudiadísima que anima a mojarse y opinar que “Dasaflex” están por encima de “Margins Music”, como si en efecto se hubiera avanzado una estación en la escala evolutiva de su sonido. “Margins Music”, de hecho, estaba muy centrado en el dubstep de atardecer y amanecer –el sonido dominante de aquel momento, la pomada, el que partía la pana; han cambiado mucho las cosas en menos de un lustro–, y ahora se abre el abanico de opciones a nuevos territorios. “Lonely Moon (Android Heartbreak)”, que abre el álbum, es, por ejemplo, una fantasía romántica para corazones mestizos y solitarios en la gran ciudad, un manto ambiental acompañado por la voz de vestal de Farrah y por un sonido de bajo que está entre el asian underground de Talvin Singh, el nuevo soul de Jessie Ware en versión beatless (y casi vocal-less, si no fuera por el repunte final) y las pequeñas explosiones de primitivos cortes grime como “Pulse X” de Musical Mob: el trabajo arqueológico-ensayístico de Dusk + Blackdown les lleva a conectar sólo en una pieza dos décadas de historia. Luego viene “High Road” –la comentadísima colaboración con Burial, cuyo único problema es sonar demasiado a Burial–, y como tercer acto “We Ain’t Beggin’”, una de esas incursiones de la pareja en un terreno fronterizo e inestable con rasgos de techno y grime –es decir, techno con líneas de bajo monstruosas o grime con sintes aéreos y basslines virtuosas, todo en ágil alternancia–.

Una vez definidos estos parámetros, Dusk + Blackdown juegan con las posibilidades combinatorias de los ingredientes. “Apoptosis”, por ejemplo, tiene la estructura rígida de un corte grime, con un raspado vocal, unas palmas insistentes y un bajo que sostiene todo el armazón de los ocho compases repetidos de manera marcial, y en “Dasaflex” (el tema titular) se introduce la quebradura del funky, para obtener un beat más flexible que acompasa los samples vocales en pirueta y las cajas de ritmo veraniegas. Si se lee entre líneas, el disco está lleno de homenajes – “R In Zero G” parece una deconstrucción flotante y con ecos R&B del “Midnight Request Line” de Skream, “Hypergrime” es una nueva abstracción cósmica de los instrumentales eski de Wiley, “Don’t Stop (Give It To Me)” suena como una versión anabolizante del soul urbano de King Midas Sound y “DeFocused” se sitúa en un terreno difuso entre Roll Deep y Carl Craig, hasta acabar el álbum con el necesario (y hasta entonces oculto) tributo al drum’n’bass en forma de “Fraction”–. Así, “Dasaflex” es el complemento narrativo de “Margins Music”: si aquél era un disco geográfico, un recorrido turístico por las calles de Londres, éste es un paseo histórico por su música, por sus sonidos y sus estilos, un breviario enciclopédico (perdón por el oxímoron) de todo lo que ha sido antes, durante y después del dubstep. O el disco que Skrillex y sus fans deberían escuchar para no confundir la velocidad con el tocino, o el culo con las cuatro témporas, que también se dice así.

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