Crystal Castles (II) Crystal Castles (II)

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Crystal Castles Crystal CastlesCrystal Castles (II)

8.3 / 10

Crystal Castles  Crystal Castles (II) FICTION / UNIVERSAL

Recordemos que en el principio, cuando sólo tenían un 7” grabado con el mismísimo culo y bastante mala fama en los garitos de Toronto, Crystal Castles ya sonaban como uno de los nombres prometedores de esa escena en ciernes que alguien empezaba a llamar new rave y que nos iba a cambiar la vida. Resulta que el new rave no nos cambió la vida –a alguno se la alegraría e intoxicaría durante un verano intenso y frívolo–, y por lo que se escuchó en “Crystal Castles” (2008) resultaba que Alice Glass y Ethan Kath eran más del tipo “punk peligroso que destroza habitaciones de hotel” que de la estirpe de los pastilleros que se abrazan y empalman tres noches del tirón. Se les señaló como “los Sex Pistols del chiptune” por sus melodías de videojuegos destripadas y luego recontextualizadas en canciones de grito pelado y estructura amorfa porque su hilo conductor siempre era la emisión de ruido en bruto. Las canciones eran sorprendentemente buenas, las secuencias de 8bits también –a pesar de que mucho purista del chiptune se irritó con ellos, les tacharon de arribistas sin vergüenza, como si eso le importara a alguien–, y su capacidad de armar bronca la percibíamos infinita. 2009 será un año recordado por la gran cantidad de festivales que estos dos llegaron a sabotear, por las peleas en que se vieron involucrados, por sus excesos en lo personal y en lo colectivo, por el crecimiento de su estatus – headliners en todo tipo de eventos y con público entregadísimo– y por el aumento, también, de sus detractores. También los Pistols fueron llamados enemigos públicos número uno de la moral. A Crystal Castles también hay quien le odia, quien no les quiere ver ni en pintura, quien desearía su desaparición inmediata de la faz de la tierra. Todo esto hay que tenerlo en cuenta. Eran punks. Lo que ha pasado es que ahora son también ravers. Otra vez. Quizá por primera vez.

Ante la llegada de “Crystal Castles (II)” había dos posiciones claras –los fans y los enemigos con el cuchillo preparado entre los dientes– y dos maneras de entender a priori su música: los que consideran que son punks en la forma y los que tienen el pálpito, el feeling de que Crystal Castles son unos punks en el fondo, alborotadores mutantes que disfrutan con el caos espiritual más que con el material. En otras palabras: parecía que el primer disco era un desafío ruidista, una secuencia de melodías de arcade, máquinas con las tripas fueras y una niña borracha que gritaba mientras se le caían trozos de hígado por la faringe, pero en realidad era sólo una provocación sin mayores ambiciones. Entended el matiz: Crystal Castles no te quieren molestar con la violencia, sino con lo inesperado. Su ataque no es frontal y por la fuerza, sino por detrás y con inteligencia propia de Maquiavelo. Contra “Crystal Castles (II)” han ido asomado comentarios negativos porque, al parecer, no es el mismo disco que antes. Esas voces protestonas lo ven más edulcorado, menos rabioso. Y la culpa es vuestra –si te das por aludido– por pensar así. Los canadienses han conseguido es sacarle filo a otra de sus muchas facetas creativas –aquí nos muestran la sensible, la eufórica, la que demuestra que no tienen sólo bilis, sino también emociones profundas y apasionadas– a la vez que continuaban arrastrando la estela de confusión, caos y minas antipersona del primer LP. Total, que se entra aquí y no se sabe por dónde pisa uno, y tanto te puede estallar una miniatura que te destroza el tímpano –el minuto y medio de “Doe Deer”, que incluso editaron en vinilo a un precio exagerado– como la caricia seductora a ritmo de techno para grandes sound systems titulada “Suffocation”, que es algo así como el Being Boring (Pet Shop Boys) de estos Crystal Castles que parecen distintos pero que en realidad son los mismos. Hay que ir más al fondo, como hemos dicho.

Quien diga que aquí no hay evolución, miente: es tan sencillo como darse cuenta de que han pasado del chiptune airado al trance irónico –o puede que no sea ni irónico, y eso haría el disco aún más grande–. Quien diga que sí hay cambio, pero a peor, debería tener en cuenta que si es cierto que “Crystal Castles (II)” contiene relleno –admito que a mí sobra algo del final, en particular “Violent Dreams” e “Intimate”–, el primero era un disco con fallos que conseguía parecer más grande e importante gracias a que caló su juvenil idea de fondo, su apuesta por la confusión y el oído dolorido. La idea, insistimos, era desconcertar, despertar instintos que te hicieran sentir incómodo dentro de ti: a menos que seas un psicópata, la sensación de querer romper cristales o patear perros es tan indeseada como la de querer abrazar una almohada o sonreírle a los extraños por la calle. Este nuevo disco provoca lo segundo y os juro que me siento asqueroso por dentro. Creo que “Celestica” es un hit porque formalmente lo es –me gusta que Alice juegue a ser una diva trance melodiosa a lo Kirsty Hawkshaw– y porque afecta primero y convence después –me gusta aún más que Alice esconda que también es una perra maleducada a la que le encantaría reventarte la mandíbula a puñetazos–. Me subo por las paredes de gozo con “Baptism”, que es como Tiësto en un videojuego de matar minorías étnicas que te obliga a levantar los brazos y hacer ver que rompes ramas de árbol o golpeas las nubes como si fuera un saco de arena. Me sube la libido “Year Of Silence”, que empieza como una brutalidad a lo The Horrorist, evoluciona hacia territorios cheesy y samplea el “Inní Mér Syngur Vitleysingur” de Sigur Rós para convertirlo en algo así como stadium-techno. Me flipa el contraste entre el asalto sonoro de “Fainting Spells” –recuerdos inmediatos de cuando Atari Teenage Riot te dejaban sordo a los dos segundos de concierto–, el R&B edulcorado de “Empathy” y la voz élfica y las campanillas de “Vietnam” –que eventualmente también se transforma en himno progressive–. Veo una producción valiosa, un contenido sonoro que dice muy claramente “a la mierda” (sin ser una mierda, por supuesto), muchas canciones notables y gestos de aceptación por un lado y de horror por el otro. Los fans saben por qué. Los otros tienen un problema, porque cuanto más te irrite este disco, más habrá conseguido su objetivo. Querías que fuera malo, pero no lo es. Te jodes.

Richard Ellmann* Escucha y compra aquí

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