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Lubomyr Melnyk Lubomyr MelnykCorollaries

8.2 / 10

Explica Robert Raths, el fundador del sello Erased Tapes, que cuando conoció a Lubomyr Melnyk y entablaron las primeras conversaciones para editarle un disco, Lubomyr le dijo con una sonrisa “¿y dónde estabas tú cuando yo tenía 30 años?”. Cuando Lubomyr Melnyk tenía 30 años era 1978 y el mundo de la música popular vivía prácticamente de espaldas al de la música contemporánea. En el tiempo en el que explotó el punk el interés que se manifestaba fuera de los círculos especializados por corrientes como el minimalismo, el serialismo o la música electroacústica era escaso, salvando las honrosas excepciones que se ha molestado en consignar la historia –una historia parcial y con demasiadas lagunas todavía sobre las que arrojar luz, desafortunadamente–. Y en ese tiempo, año abajo o año arriba, este pianista de origen ucraniano y pasaporte canadiense había empezado a editar su propia música siguiendo un cauce muy distinto al que favorecería a otros artistas que hoy reconocemos como puentes firmes que nos ayudan a cruzar de la música clásica a la popular: Harold Budd, Michael Nyman, Gavin Bryars, Steve Reich.

Por su uso del piano y, sobre todo, de escalas tonales al estilo de Terry Riley y LaMonte Young, a Melnyk se le colgó la etiqueta de minimalista: su manera de tocar se basa en ciclos repetitivos ejecutados a gran velocidad, y consigue un estado de hipnosis profunda del que cuesta salir. Sin embargo, él prefirió acuñar una nueva etiqueta para su proyecto musical, la de ‘música continua’, basándose en la generosa longitud de sus composiciones, que siempre llegan a un final –por cuestiones de capacidad de almacenamiento del soporte, paciencia del público o cansancio del intérprete–, pero que podrían no tenerlo: como algunas de las piezas de piano que había imaginado John Cage, o como algunos de los grandes trabajos minimalistas de los 60 y los 70, la música de Melnyk se repite, se expande y se eterniza. Se acaba cuando el compositor quiere o no puede más, pero si el ejecutante fuera divino, la música podría proseguir por siempre.

A pesar de su técnica brillante y el calor de sus piezas, Lubomyr Melnyk ha sido durante décadas un músico sin apenas reconocimiento y muy poca suerte. Si en 1978 se hubiera cruzado en su camino un sello como Obscure Music, u Opal, o cualquiera de los de new age de los 80 que alimentaban sus ediciones de música atmosférica con sonidos de riachuelos con algunas piezas de música contemporánea de gran despliegue melódico, su fama sería otra, más grande y merecida; pudiera haber sido otro Mertens, otro Einaudi y más popular que Nyman. Pero en 1978 no existía ningún Erased Tapes que se interesara por él, y durante estos 35 años su estatus ha sido de perfil bajo y de culto, hasta que la nueva generación de pianistas asequibles para el público pop, como Peter Broderick (productor de este “Corollaries”) o Nils Frahm, empezaron a reclamar atención sobre él. De este modo, al redescubrimiento tardío que se produjo el año pasado con la reedición de “The Voice of Trees” en el sello Hinterzimmer –una composición para dos pianos y tres tubas publicada originalmente en 1985 en una tirada prácticamente doméstica e inencontrable–, se suma ahora el título que puede hacer por fin justicia a una carrera excelente ocultada por la falta de canales de difusión para cierta música alejada de las necesidades de la industria, y que incluso en la época de la abundancia de internet permanece incomprendida y sin exhumar. “Corollaries” es una composición nueva de Melnyk, en cinco partes y trazando arcos narrativos de una amplitud majestuosa y una duración extensa, en la que salen a flote todas sus virtudes como ejecutante.

Los 19 minutos de “Pockets Of Light” son los que establecen el tono bellísimo: aquí Melnyk toca al estilo frenético que dejó escrito Franz Listz pero en intervalos repetitivos y extensos como los que pudiera haber compuesto Philip Glass, sin la rigidez del segundo y con toda la capacidad de expansión del titán romántico, apuntalando los fraseos con lo que parecen pasajes electrónicos, pero que seguramente estarán obtenidos con un meticuloso trabajo con las notas más altas del teclado y un preciso trabajo con los pedales. Melnyk no toca con la técnica del cluster de notas, con toda la mano, sino que sus dedos se mueven como si en vez de cinco manejara quince con cada palma, sin errar en ninguno de los dificultosos arcos armónicos que, en el caso de “The Six Day Moment”, repite durante once minutos celestiales. “A Warmer Place” es igualmente larga, pero mucho más lenta en su desarrollo, y aunque puede parecer que tocar lento es más fácil, la escritura de Melnyk no permite errores e incluso sostener un tempo tan pausado exige una concentración profunda para no romper la magia y, sobre todo, para lograr un contraste fantástico con “Nightrail From The Sun”, donde los ciclos repetitivos vuelven a ser frenéticos: la mano derecha no deja de repetir el mismo acorde durante 13 minutos, mientras la izquierda dibuja un trasfondo líquido, como si fuera materia divina flotando en el vacío antes de la creación del mundo. El momento final, “Le Miroir d'Amour”, en el que aparece un violín lacrimógeno para sustituir el protagonismo del piano, que aquí se retira a sus cuarteles de invierno en un final que roza la atonalidad, puede parecer anticlimático, pero es la mejor manera de explicar al oyente nuevo que el universo sonoro del compositor es más amplio y que su sonido expansivo –casi en cuatro dimensiones, como lo describe Robert Raths– va mucho más allá del pianismo infinito.

Llegado en 2013, “Corollaries” suena excesivamente lleno de sonidos en comparación con el tratamiento más desnudo que hacen de la música contemporánea tonal los alumnos actuales de Melnyk, ya sean Nico Muhly o Nils Frahm; y conceptualmente sigue instalado en aquellos florecientes años 70 y 80 en los que la música contemporánea empezaba a buscar su lugar en un mapa mundial dominado por el pop. Pero también suena único e inimitable, fresco para esos fans de la composición ‘modern classical’ que (¡privilegio!) vayan a descubrirle ahora. Si es así, luces apagadas, teléfono desconectado y soledad absoluta a modo de preparación para el shock.

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