Cool Water Cool Water

Álbumes

Maxmillion Dunbar Maxmillion DunbarCool Water

7.3 / 10

Maxmillion Dunbar Cool Water RAMP RECORDINGS

Puesto que el propio Andrew Field-Pickering se refiere a sí mismo como un freak y no tiene problemas en mostrarse abiertamente ante el mundo como un excéntrico con visos de perturbado, coleccionista y nostálgico, permítanme que yo también le señale como tal (y con todo el cariño). El motivo es tan sencillo como que “Cool Water” sólo puede haber salido de una mente que funciona según reglas que la gente común no comprende, y es así porque nada en su producción musical hasta la fecha ha podido medirse según criterios de orden, racionalidad y coherencia. Cuando era miembro del dúo Food For Animals, su rap sólo podía considerarse como nerd, el anti-street credo, una broma que estaba más cerca de un cruce de Anticon con “Porky’s” de lo que reclamaría un head que presuma de vestirse por los pies. En el caso de Beautiful Swimmers –junto con Ari Goldman– lo suyo es la música disco añeja, pero con unos trazos humorísticos que no encajarían demasiado bien en la propuesta documentada y reverencial de sellos como Environ –a pesar de que comparten afición y profundidad en su crate diggin’–. Así pues, ¿en qué espectro sonoro encajaría Maxmillion Dunbar? Tras dos EPs y un 7” en los últimos dos años, en apariencia Max D era el desdoblamiento infantil de Andrew. Infantil en el sentido de que es la canalización de una colección de recuerdos difusos, a medio desenterrar, con la visión empañada por la dificultad de abrillantar la memoria. Es, en definitiva, su pequeño proyecto de hipnagogia.

La palabra que empieza por hache parece usarse tanto que aquí se diría que ha perdido ya todo su sentido, pero si se escucha el material de “Cool Water” con atención aparecerán las conexiones. Es cierto que Field-Pickering es un obseso del dato y del amasamiento de ítems, que su colección de discos es potente y que ha depurado las unidades en vinilo para que sólo quede lo mejor en sus estanterías. Su gusto es por lo retro, además de por lo urbano, y de una manera natural ha ido escurriéndose hacia esa edad dorada que fueron los principios de los 80. Él llega allí por ser la primera edad del hip hop en Nueva York –imaginemos un chiquillo de la ciudad vecina de Baltimore, fascinado ante tanto chándal, gorra, breakdance y ghetto-blaster en la tele y, más tarde, en los parques–, pero en aquel tiempo el hip hop era una masa amorfa en la que aún había música disco, funk y electro. Del mismo modo en que uno se deja llevar por el flow de las toscas rimas de entonces, los sintetizadores y las cajas de ritmo llevan al electro, y del electro a cualquier tipo de música electrónica que pudiera colarse en las casas a través de la radio, el televisor en color o el vídeo –por ejemplo, la banda sonora de “Risky Business”, con Tom Cruise llamando a las putas por teléfono–. Y aquí está la clave de todo, en el suave mantra sintetizado de inspiración kraut y destino en el ambient melifluo. Desde “Pretty Please”, apertura que es una especie de música disco comatosa, con ecos y claps prácticamente sin relieve y muchas teclas prolongadas de ambientación con groove, queda claro que “Cool Water” se sitúa en este marco híbrido de breaks, voces sensuales y texturas al vapor propias de aquellos teclados baratos de la época que funcionaban a pedales. Ese batido vintage post-Klaus Schulze, recreado medio de memoria, es el que conecta a Maxmillion Dunbar con una escena de música distorsionada por legañas y lágrimas, revisada a través del prisma de una memoria imperfecta.

Hay que situarlo, por tanto, cerca de Com Truise, VHS Head o Tropics –y en cierto modo también Games, aunque en Maxmillion Dunbar no hay preocupación ninguna por la forma de canción AOR: su estilización del computer disco hacia el extremo ambient flirtea más bien, y de manera descarada, con la new age–. Más allá de “Pretty Please”, que podría etiquetarse erróneamente de balearic disco, Max D se regala en los beats lentísimos, a veces de tacto más poroso y otras veces casi inexistentes, tanto que substituye la sensación de ritmo constante con arpegios y notas que parecen olas en la playa ( “Way Down”, “Girls Dream”). A medida que avanza la cosa la pulsión bailable que se percibe a lo lejos y al fondo se va desvaneciendo más y más dando lugar a conatos con la exploración étnica ( “Original Sountrack Flutes”, que tiene ocarina y humedad amazónica, o “Rhythm Track For Rashied Ali”, que aunque acabe como una jam de sintetizador de Wendy Carlos empieza con lo que parece un sample de pájaros sacados de un disco de Deep Forest) o con el ambient-house ( “Lemon & Lime” parece un collage de cortinillas de televisión y música de documentales con detalles de 808 State y Jean-Michel Jarre). Es, en conclusión, un disco freak, porque ni siquiera se toma en serio esta inclinación hipnagógica y no parece esforzarse en ir a lo profundo, a darle categoría de hallazgo a sus recuerdos emborronados de una infancia perdida. De todos modos, es esa dejadez a salto de mata la que le añade encanto a un disco hecho por un freak y para freaks. Pero no un freak cualquiera. Un freak con corazón.

Javier Blánquez

Maxmillion Dunbar - Girls Dream

Maxmillion Dunbar - Lemon And Lime

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