Contact, Love, Want, Have Contact, Love, Want, Have

Álbumes

Ikonika IkonikaContact, Love, Want, Have

7.3 / 10

Ikonika  Contact, Love, Want, Have HYPERDUB

Ikonika se estrenó en el catálogo de Hyperdub justo en el momento en que Kode9 estaba preparando el plan B de desarrollo del sonido de su sello, anticipándose en varios meses al que iba a ser el futuro inmediato del dubstep. El número de referencia en el maxi “Please / Simulacrum” –el octavo en la casa– y su fecha de publicación –2008, justo al principio del año– no engañan en absoluto, y resulta imposible modificar la historia: si en aquella época se estaba empezando a formar aquella corriente de sonido nervioso, inestable y con temblor melódico a la que, poco más tarde, dentro del dubstep se le pondría la etiqueta de “wonky”, entonces Ikonika estaba necesariamente en el origen. Su forma de hacer encajaba a la perfección con lo que lo “wonky” –averiado, en traducción a nuestra lengua– venía a significar: alejándose de la rigidez marcial y las tinieblas aurales del dubstep de aquellos meses, Ikonika ofrecía producciones con más cuerpo, más recargadas e hinchadas, porque lo suyo era abusar de sintetizadores analógicos de textura cruda. Dentro del dubstep más frío y raver, ella proponía un giro a técnicas del pasado incluso anteriores al estallido del rave: poco sampling y mucha caja de ritmos primitiva, con un procesador de bajos bien exprimido, como si fuera una pionera del techno temprano o el electro.

Decimos “pionera” porque, para añadir singularidad a su función en esta historia, Ikonika es mujer: Sara Abdel-Hamid, poco más de metro y medio de estatura, criada en Londres, aficionada –según su myspace– a J.Dilla, Madonna, Pretty Girls Make Graves y Glassjaw por igual. En esos cuatro nombres se resume mucho de lo que es su sonido, y también de lo que es “Contact, Love, Want, Have”, porque lamentablemente poca ha sido la alteración en estos dos años desde el primer maxi en Hyperdub: el álbum de debut de Ikonika, esperadísimo, se desarrolla como una repetición algo desesperante del mismo patrón estético durante catorce variaciones, con salvedades y excepciones, claro está, pero con una idea fija que no se la saca de entre ceja y ceja. Y en esas variaciones se condensan el beat asimétrico y sincopado de Dilla, el gusto por artificializarse en una especie de cálido cyber-pop (eso sería Madonna, suponemos), la precisión clínica y urgente en el desarrollo de los temas de Pretty Girls Make Graves –ellos en el art-punk– y el punto plástico, alternativo pero no, radical sin pasarse, que tienen Glassjaw en el rock. Por supuesto, habría que añadir más referentes no tan mainstream y mucho más precisos a la hora de aproximarse al post-dubstep alteante de Ikonika, como las sintonías de juegos para la X-Box, el formalismo geométrico de las piezas del Tetris –los sonidos caen como bloques, algunos alargados como un palo, otros astillados y aquéllos como cubos macizos, formando líneas y paredes que se suceden las unas a la otras– y algún que otro pionero del electro.

Donde Ikonika se salta el guión es donde mejor rinde en este álbum, que de todos modos acaba siendo menos de lo esperado, no por el resultado en sí –aquí hay una colisión y fisión de ideas nada despreciable y una orientación futurista que hace honor al presente–, sino por culpa de su propia insistencia en un patrón que ha exprimido como un saco de naranjas en vinilos precedentes en Hyperdub o Planet Mu y en sus remixes para gente como DJ Mujava, The Brown Acid o el reciente para Egyptrixx en Night Slugs: sus opciones siempre eran dos –la wonky temblequeante y gorda; la más rígida y funkstep– sin opción a ningún giro sorpresa, a ninguna variación sobre la marcha. Total, que a Ikonika, a diferencia de otros pioneros en esto de la ramificación wonky como Rustie, se le ve venir a lo lejos. Por eso, “They Are All Losing The War” –que comparte acordes con el “Computer Love” de Kraftwerk y el “Clear” de Cybotron, y que empieza simulando un homenaje al electro clásico para convertirse en una pieza de batucada para un carnaval cyberpunk–, “Continue” –más relajado, más repleto de voces femeninas troqueladas, más deep en un sentido house de la palabra– y “Yoshimitzu”, algo así como la introducción planeadora y emotiva a una hipotética película japonesa de animación con vistas a una gran ciudad de cristal y acero sostenida sobre arpegios del tipo “Knights Of The Jaguar”, parecen anunciar el camino de futuro si no quiere convertirse en una caricatura de su propio talento.

Porque todo lo demás que suena en “Contact, Love, Want, Have” es la Ikonika que aprendimos a amar, con ese sonido de sintetizadores analógicos e hiperbólicos que se hinchan como globos y luego estallan, esas melodías retorcidas en 8bits que son como la versión heavy metal de Crystal Castles y esa evolución de ida y vuelta del UK funky al dubstep abusón que golpea con la mano. Se le transparenta la pose de b-boy, la capucha y el top del chándal color metalizado, las zapatillas de cordón grueso y las fotos frente a un muro pintado: Ikonika produce como quien quisiera reinventar el electro antiguo, como quien se sintiera renacida en un Londres post-nuclear en el que hubiera que reescribir los estilos de nuevo y hoy fuera el equivalente virgen de aquellos años 80 de sintetizadores a vapor. Es entonces cuando alcanza la excelencia en algunos de los temas que ya le conocíamos – “Millie”, “Sahara Michael”– y otros que estrena aquí con un efecto de grata sorpresa, como la danza india para convocar lluvias radioactivas de “Idiot”, la perfección de su orientación hacia el funkstep estilo Roska que consigue en “Psoriasis” o la relectura del dubstep de club, a partir del techno de Detroit, ejecutada en “Fish”. Al final, el álbum queda descompensado entre las intenciones renovadoras y las repeticiones de su propia estética, indeciso entre apuntalarse en el presente o arriesgar hacia delante. Se queda en un sí es no es notable, entre una sensación de fin de ciclo o apertura de ventanas para que fluya aire fresco, entre su madurado yo presente y su incipiente y renovado yo futuro. Las dos ideas que le hacen distinta ya están explotadas y superadas. Tiene que encontrar nuevos enfoques o el siguiente disco –de hecho, el siguiente remix– tendrá el poco deseado sabor de un alimento caducado.

Javier Blánquez

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