Conor Oberst Conor Oberst

Álbumes

Conor Oberst Conor OberstConor Oberst

8 / 10

MERGE / NUEVOS MEDIOS

Recuerdo un disco de Bright Eyes con una especie de espejo en portada, titulado, claro, “Fevers and Mirrors”. Útil e inspirador (como todo lo bueno en esta vida, ¿no?) durante una gira de Migala por Francia en la que Nacho Vegas y yo acabamos prendados del grupo, y preguntándonos cómo era posible escribir de ese modo, sin vergüenza. ¡Sin vergüenza! Siempre he pensado que Conor Oberst nunca ha logrado superar las canciones de aquel álbum. Confesionales como un “sin pecado concebida”; punzantes como una picadura que disfrutas rascándote; poéticas como el poema que no intenta serlo, de un autor que parece cualquier cosa menos un poeta. Desde entonces he intentado perseguir a Bright Eyes, pero siempre me ha evitado. Una zancada de más en una final olímpica. Un piso más en un sándwich que no logro abarcar del todo. Una droga que te hace sentir mayor que el resto. Llevo esperándole en la línea de meta, en la planta baja, en esta calle sin salida desde hace años. Tenía que volver. Y yo tenía que estar preparado. “Conor Oberst” es un disco entrañable porque sale de las entrañas. Un disco que hace daño casi sin querer, pero queriendo. Un disco en el que su autor por fin deja de desear ser Jordan Catalano en “My So-Called Life” y acepta ser el mismo Conor que viste y calza, y da puntapiés, y hace daño con temas como “Lenders in the Temple”, “Cape Canaveral” o “Sausalito”. No es que yo haya estado por delante, o que me quedase atrás. Simplemente el melodrama dejó de interesarme durante una temporada. Podía detectar lágrimas de cocodrilo y sonrisas falsas. Pero ahora Conor no ha contratado a ningún especialista. Él mismo se sube a los balcones. Salta de corazones en marcha. Y vive dentro de una ballena, sin teléfono ni apartado de correos. Qué Dios se apiade de mí, de nosotros. Y pronto.

Jesús Llorente

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