Conatus Conatus

Álbumes

Zola Jesus Zola JesusConatus

8.1 / 10

Zola Jesus  Conatus SACRED BONES / SOUTERRAIN TRANSMISSIONS

Entre “The Spoils” (2009) y “Stridulum” (2010) –o “Stridulum II”, o sea, la versión europea corregida y aumentada de aquel EP transicional de la oscuridad a la luz tibia–, se operó un cambio en Nika Roza Danilova que entonces se entendió crucial, y que “Conatus” reafirma sin que sea ninguna sorpresa. No, claro que no lo es. Entonces, fue el cambio de la voz: partiendo de los gruñidos de criatura en una gruta de aquel álbum primerizo –grotesco viene de gruta, recuerden–, Zola Jesus fue puliendo las asperezas de su faringe y fue extrayendo de ella, como quien pule un diamante, una voz grave pero épica, expresiva y capaz de erizar todos los vellos del cuerpo cuando decidía ofrecerla con toda su potencia a chorro –que la tiene, aunque quizá no le dé, por constitución corporal, a dar el do de pecho en una ópera–, y con toda su emoción descarnada esparciéndose por la habitación como una galerna en plena mar. La voz de Zola Jesus, que es la de un Bruce Springsteen si fuera una mujer de metro cincuenta y 45 kilos de peso, es un trueno que se destapó entonces y ha acabado llevándole a ese espacio intermedio entre el underground y el overground, entre el fetiche para indies que han recuperado del fondo de su memoria a Siouxie y ese público mayoritario que saca teléfonos móviles en los conciertos –antes llamados “mecheros”– para acompañar esos momentos de trascendencia, comunión y desarme interior. Vayan previniéndose por si las moscas: a este paso, Zola Jesus llegará a esa gente, como llegaron Coldplay.

Ahora bien, ¿se opera algún cambio decisivo entre “Stridulum II” y “Conatus”? Está claro, tras escuchar el nuevo y esperado álbum, que la respuesta es no, y en caso de haberlo estaría en la instrumentación, algo más sintética en lo más hondo de su textura, de cada una de estas once canciones en las que –salvo “Swords”, una intro instrumental de un minuto– manda una voz en plenitud, dominante, que brama en los momentos épicos y se refugia en la solemnidad de la balada cuando se llega al momento dramático de piano y susurros de fondo de “Skin”. Esa es, en todo caso, la variación de guión que propone “Conatus”: la toma de (auto)conciencia definitiva de Zola Jesus como un faro de intensidad y un icono gótico para esta década, pero también como una chanteuse torrencial que le pueda dar el relevo a Kate Bush con alguna que otra incursión en un sonido enmarañado y, por momentos, sacado de proporción ( “Lick The Palm Of The Burning Handshake” es un ejercicio exagerado de falsa pasión, no es creíble). Pero, salvando excepciones, y en ese sentido, “Conatus” responde a la perfección a la idea previa que se podía tener y, sobre todo, desear del álbum: ser una extensión de los momentos más eléctricos de “Stridulum II”, como “Night”, y de las canciones puente que aparecieron en “Valusia EP”, en especial “Lightstick” por su desnudez y “Tower” por su angustia.

Explicaba Nika en el track by track de “Conatus” que escribió para The Guardian que en algún momento de la gestación del álbum se planteó hacerlo íntegramente instrumental. Tampoco es creíble: sólo pudiera habérselo planteado como un rechazo a la persona en que se estaba convirtiendo, pero en “Conatus” no se percibe un odio autoinfligido, sino la habitual angustia y timidez que van implícitas en ella, el Zola Jesus-personaje que extiende la vida interior de una persona –la Nika Danilova-real– particularmente sensible e incómoda en este mundo de penurias y traiciones, que halla en este pop trágico, inmerso en el lado oscuro, una posibilidad de refugio en un espacio muy privado, una cueva o, como ella dice, “mi jaula”. Desde esta jaula, o torre de marfil –¿acaso el título “Hikikomori” no lo dice todo con una claridad espeluznante?–, Zola Jesus ha escrito su propio “Black Celebration” si trazamos un equivalente con Depeche Mode: un disco de reafirmación en el mensaje con una tendencia a la transición en el envoltorio. Los sintes suenan gélidos y exactos, las frases de cuerda justas en su dramatismo, sin entrar jamás en exageraciones sinfónicas; el piano es tan solemne, fúnebre, como su voz lo necesita, y nunca se va por los caminos complicados de, por ejemplo, Fever Rey, otra habitante de esos bosques espesos nutridos de misterio y peligros.

Así, todo lo domina la voz, una voz segura de sí, tan heroica que, lógicamente, deja descubierto un flanco débil por el que se transparentan esos miedos que engrandecen su estatura. Y volviendo al principio, no hay un cambio entre “Stridulum II” y “Conatus”, pero hay una mejoría ahí donde Zola Jesus podía mejorar de verdad: comunicando las potencias del alma. El perfeccionamiento de la producción –y no el de la composición, que ésta se mantiene estabilizada en la misma línea de notable– es, pues, la asignatura pendiente para 2012, si es que antes no se acaba el mundo, que se acabará.

Javier Blánquez

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