Collecting Data. 2008-2012 Collecting Data. 2008-2012

Álbumes

Slam SlamCollecting Data. 2008-2012

7.6 / 10

Me veo ahí, en la pista del Nitsa, con tejanos caídos, pelo grasiento, gafas con los cristales rayados, zapatillas Etnies cochambrosas y el pastillazo del siglo. Son los años 90s, joder, y en plena embriaguez electrónica, cuando las vacas y los gramos eran gordos, se vendían vinilos y los DJs cobraban sueldos decentes, servidor descubría algo nuevo y excitante: un house elegante, sintético, de onda suave y profundidad gutural. Enterrado en ese armazón de poso technoide, siempre había melodías mínimas, sugeridas, pero, eso sí, con firmes anclajes para no desprenderse de la masa cerebral del clubber. Slam (y los cachorros de su sello Soma) se revelaron ante el público de los 90s como un asidero infalible para escapar de las humaredas big beat, del Detroit más purista o del hard techno que tanto se estilaba por aquella época. Y aunque la calidad y reputación de Stuart McMillan y Orde Meikle siguen intactas y todavía hoy son referente, los de Glasgow dejaron su obra más imperecedera en la década de la pastilla, una época de bonanza creativa en la que consiguieron que la prensa acuñara el término “house escocés” para definir su sonido y el de sus allegados en los dominios de Soma. No es moco de pavo.

¿Por qué toda esta diatriba? Porque a pesar del paso del tiempo y las llagas de la veteranía, a pesar de haber vivido sus mejores años tiempo ha, Slam todavía saben manejar los códigos de la pista de baile con una sapiencia al alcance de pocos doctores honoris causa del bombo. Porque a pesar de que “Collecting Data. 2008-2012” es una compilación de los tracks más recientes del dúo, aquí hay más calidad que en el grueso de álbumes de techno que inundan actualmente las cubetas. Es asombrosa la a depuración que ha alcanzado con el tiempo la fórmula Slam y la inteligencia con que McMillan y Meikle han ajustado sus patrones a los contornos de la música dance actual.

En el primer CD abundan los remixes y escasean los temas originales (los dos formatos están salteados a lo largo de los 150 minutos de duración de la cosa). Ahí podremos disfrutar de hasta 13 cortes con algunas de las mejores remezclas servidas para beneficio de los otros (entre los invitados hay aportaciones originales retocados The Black Dog, Radio Slave o Sasha). Poca broma. Una remezcla de estos artesanos es delicatesen asegurada; ahí quedan restauraciones antológicas como las de “Evolve” de Prompt, un virus que crece en tu interior, a ritmo tribal, con un chorro caliente de house con salitre que pone los testículos como la mojama. O como “Everybody To The Sun” de Josh Wink: el clásico remix que hace que el MDMA te salga disparado de las orejas, algo radical, pura orfebrería after hours; desearías estar dopado hasta las cejas cada vez que la pones.

En el otro CD prolifera en abundancia –junto a alguna remezcla para Alex Under o Secret Cinema– el material propio del grupo. Tracks editados en los últimos cuatro años, así que no busquéis los clásicos de los 90s, como “Dark Forces”. En este capítulo es donde se aprecia quizás la cara más oscura y reptiliana de los de Glasgow. Un muestrario de desarrollos contundentes y progresivos que entran en tu organismo con una fluidez casi orgásmica. El techno-dub planeador y los bombos hinchados de “Dead Dog Bounce”; el subidón espacial para festivales de verano de “Maffaking”; la lisergia tribal con sabor a Detroit de “Variance”; esa oda a la ketamina que es la tremebunda “Crowded Room”. Todo producido con mano de santo y corazón de fiestero para que los adictos a la pista bailen y no renuncien jamás a la calidad. Magnífica colección de favoritas que debería verse complementada con el recopilatorio “Soma Classics”, la celebración de los 20 años de vida de uno sello que para muchos fue más grande que la vida.

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