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Álbumes

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6.1 / 10

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Desde hace algunas semanas mantengo con un colega del plumilleo un interesante intercambio de opiniones acerca de esa nueva moda que asola la música indie y que, a falta de algún nombre más acertado (¿dónde están los lumbreras de The Wire cuando se les necesita?), hemos bautizado como “rarismo”. El rarismo, para que ustedes lo entiendan, no describe un estilo concreto de música, sino que se refiere a la necesidad que parecen sentir algunos músicos de enredar su discurso, de añadir arreglos extravagantes, giros estructurales caprichosos y todo tipo de ruidos a sus creaciones. Una actitud que es seña de identidad en bandas como Animal Collective (por algo son los papis del invento, el ejemplo que siguen todos los demás), pero que también llega a suponer un problema en otros casos, como el Bromst de Dan Deacon, que es un disco notable, de acuerdo, pero que brillaría mucho más si prescindiera de toda la carga de excentricidad que arrastra. Porque ese es el dilema del rarismo: que puede ser una virtud cuando está en la raíz del sonido de una banda, cuando funciona como el motor que alimenta la música, pero también puede convertirse en un lastre cuando adquiere una función de imposta y se limita a enmascarar unas canciones cuyo origen es mucho menos rebuscado.

Con “City Center”, homónimo debut en largo de la nueva banda de Fred Thomas, y ejemplo perfecto de rarismo, suceden un poco las dos cosas: algunos temas se anclan en presupuestos extravagantes y crecen a partir de ahí (y, tal vez por eso, se convierten en los mejores momentos del disco), y otros no son más que emborronamientos de canciones que se adivinan luminosas y bonitas, pero que pierden el foco con tanta capa de suciedad. Eso sí, antes de lanzarse a realizar juicios apresurados, hay que tener en cuenta que Thomas no es un recién llegado a estos pastos: tras más de diez años en el mundo del indie, su inquieta forma de ser le ha llevado a formar parte de bandas tan distintas entre sí como His Name Is Alive, entrañables pioneros del rarismo, o Saturday Looks Good To Me, artesanos de la perfecta canción pop. Semejante esquizofrenia tiene también su reflejo en City Center, un proyecto que dirige junto a un tal Ryan Harris y que, definitivamente, funciona mucho mejor en las distancias cortas: el split que compartió con Grouper, o sus inencontrables singles en sellos inventados (inventados por él mismo, es decir), formatos que aguantan el capricho extravagante sin demasiados problemas.

Y eso que “City Center” hasta parece tener una estructura: empieza luminoso y sencillo, con un “Killer Whale” que vibra de manera limpia, se va complicando a medida que avanza hacia el ecuador, con el punto climático en la mutante y larga “Cloud Center” (demasiado larga para tan poca chicha, en realidad) y luego vuelve a quitar capas y efectos, desenmarañando todo el jaleo poco a poco, hasta desembocar en “Unfinished Hex”, un relajado (y por eso inesperado) final de disco. Entre medias quedan las inevitables citas a Animal Collective ( “Open/House” y “Bleed Blood” parecen descartes de “Strawberry Jam”), algún momento “concreto”, en el que juegan con percusiones deslavazadas y cámaras de ecos ( “Life Was A Problem”), citas nada escondidas a His Name Is Alive ( “Gladest”, “You Are A Force”), una canción pop casi perfecta ( “Summer School”, con ese fantástico final en el que todo parece deshilacharse) y el divertido vaivén de ruidos y volumen, camuflado de shoegaze, que es “Young Diamond”. Todo esto, por supuesto, ensamblado entre guitarras borrosas, drones cercanos al chirrido y toneladas de reverb, mezclado de manera anárquica y masterizado en el interior de una cámara de ecos. Una pena, vaya, porque con menos tonterías sería un más que digno disco de pop, pero en su estado actual se hace complicado llegar hasta el final sin desfallecer o aburrirse. Cosas de la gente rara.

Vidal Romero

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