Church With No Magic Church With No Magic

Álbumes

PVT PVTChurch With No Magic

7.3 / 10

PVT Church With No Magic WARP

Los australianos Pivot se han cambiado el nombre y ahora hay que conocerles como PVT, en mayúsculas y sin vocales, con una apariencia más vistosa y mística, acorde con su música apta para consumir setas. Y yo digo: qué más da. PVT siguen siendo los tres astronautas sonoros de hace dos años, cuando el mundo pudo conocer su música gracias a un “O Soundtrack My Heart” que les dio a conocer internacionalmente gracias a Warp y que les situó en el pelotón de las bandas raras que deformaban el rock de vanguardia más de lo que ya estaba deformado desde que alguien (fue Simon Reynolds, ¿no?) se inventó la expresión post-rock. A Warp le vino muy bien el fichaje, porque así tenían a alguien que le pudiera hacer compañía a los más raros del equipo, los Battles de Tyondai Braxton –ahora ya sin Tyondai, por cierto, que se va por ahí él solo para ver si desarrolla una carrera de compositor contemporáneo en plan Frank Zappa–. ¿Y Pivot (perdón, PVT)? Ellos siguen en su luna (en la cara oculta de la luna), aspirando a ser los Pink Floyd de hoy si su competencia les deja –su competencia es también australiana y se llama Midnight Juggernaughts–, aunque con un tipo de producción más enrevesada, más Animal Collective si se nos permite la comparación, que ayuda a disimular.

Pero por mucho que se disimule, el contenido de “Church With No Magic” queda más que patente: es prog-rock con apariencia de math-rock, o math-rock con sonidos propios del rock sinfónico y sumergido en caos, pero ese tipo de rompecabezas sonoro del que se sabe como algo cierto que busca un tipo de inmensidades que se alejan de la escala humana. Ya desde el primer minuto del álbum, “Community”, que suena a sintetizador manejado por Vangelis con un coro de canto gregoriano al fondo –¿hay un revival de Enigma y nadie me ha avisado?–, se ve hacia donde quieren ir PVT: hacia arriba. Y su ascenso debe ser como el del profeta Elías, en un carro de fuego que desprenda una luz cegadora. No hay que dejarse engañar por algunas maniobras que se van produciendo a lo largo del minutaje del álbum, como esa voz a lo Alan Vega y unos sintetizadores aporreados a lo Martin Rev en “Church With No Magic”: ni la referencia directa a Suicide es capaz de esconder esa voz aguda y anhelante de más hacia el final ni la pirotecnia de sintetizadores con resplandor de oro que anulan cualquier tipo de influencia punk para volver a donde estábamos: en los 70s progresivos.

Por eso la nota del disco es un 7.3, porque le corresponde una evaluación generosa que tampoco sea excesivamente entusiasta –el disco no es original ni un caramelo, pero lleva añadido un esfuerzo monstruoso y unos momentos de gran valentía y audacia sónica que hay que respetar–, y porque también habría sido un año que a los chicos de PVT les hubiera gustado vivir de primera mano. Como por aquella época no eran todavía ni un proyecto de espermatozoide, se han dedicado a estudiar aquel periodo, a absorber de él lo que más les ha interesado –la parte geek de los procesos de grabación, la conexión entre sintetizadores y rock experimental (también el alemán, como la muy Can “Crimson Swan”, pero siempre muy inglés, como en la muy King Crimson “Waves & Radiation”)– y a traérselo luego de vuelta al presente, donde se han añadido las percusiones forestales a lo Animal Collective, como decíamos antes ( “Window”), y la instrumentación caótica de cuyo embrollo nos intentan sacar aproximándolo a una fórmula casi pop ( “The Quick Mile”). Discos así te pueden provocar un ardor de estómago si no estás mentalizado desde el primer momento o no eres especialmente fan de esta retro-psicodelia para indies superdotados (o que van de eruditos de las músicas en los márgenes de lo que los patrones de consumo dictan), pero el de PVT, quizá será porque las bonitas fases ambientales que va introduciendo de vez en cuando y las voces que tiran para el infinito, se deja escuchar mejor de lo que en teoría parece. Pero, por si acaso, hay que tener cerca el bote sales de fruta ( Eno, por supuesto). Tom Madsen

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