Choral Choral

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Mountains MountainsChoral

8.8 / 10

Mountains Choral THRILL JOCKEY

Había en los dos primeros discos de Mountains algo que a este “Choral” le falta: ese gran final, tan largo como el crepúsculo, en el que acabara cantando toda la naturaleza a una sola voz. Especialmente en el primero, “Mountains” ( Apestaartje, 2005), que tenía esos veinte minutos finales de field recording minucioso, grillos y ríos entre guitarras pasivas que se hilaban entre drones electrónicos y que creaban esa sensación de celebrar la vida en su estado más natural, incluso microscópico. “Choral” no acaba así, pero tiene todo eso de lo que hablamos, quizá porque el título del disco ya avisa de las intenciones del cuarto álbum del dúo de Brooklyn: ya no hay un final-resumen en el que brille la esencia sampleadora de la diosa Gaia y el drone-folk bohemio de Brendon Anderegg y Koen Holtkamp, sino que todo el disco es el resumen, es un coro de influencias y métodos de creación cantando al unísono para darle forma al que, sin duda, es el álbum más accesible de Mountains, pero también el más completo, aquel en el que uno puede entrar sin miedo en sus dominios y recibir la invitación de quedarse.

Accesible porque momentos como los ocho minutos de “Telescope” parecen centrarse en la economía de medios para extraer un resultado conciso, sin complicarse la vida: una guitarra acústica que repite el mismo rasgueo, una melódica jamaicana soplada con timidez, y por debajo, creciendo como un tsunami, el característico drone de Mountains que lo invade todo, que rodea con su calor frío para crear esa doble sensación, invasiva y acogedora, que ha hecho de ellos una de las entidades más incatalogables del –entre comillas– post-rock o, si le damos la vuelta al concepto como si fuera un calcetín que tiene que ira a la lavadora, el free-folk. El post-rock está en los métodos: el ordenador es esencial para poner en fila india este magma de sonido, el sampler es básico para recoger los ruidos de la calle y el campo y extenderlos por el lienzo de sonido como las piedrecitas azules y rojas en un mosaico, y a la vez el software de edición de audio ayuda a prolongar los drones, a recortar las guitarras, a pintar, en definitiva, el paisaje. Es post-rock también por la subrepticia presencia de esa melódica antes mencionada –que también aparece, perogrullescamente, en el quinto tema, titulado “Melodica”– que les parece emparentar, a ratos, con Tortoise y, sobre todo, el Jim O’Rourke del principio ( “Add Infinity”), el que se encerraba en un laboratorio de sonido e invocaba simultáneamente a John Fahey y a Terry Riley.

Pero está claro que, si en los métodos son post-rock, en el espíritu Mountains siguen siendo free-folk, pero no ese weird folk críptico y plomo de Jackie-O Motherfucker, que estaban todo el día rascándose el mentón para impresionar al crítico de The Wire –la revista, no la serie, que ahora parece que hay que aclarar a la inversa– o mirándose al espejo de su propia opacidad. Mountains, como invocan a la naturaleza sin ser unos hippies ni unos travellers de excursión a Stonehenge, tienen ese elemento místico, casi de rito solar, pero haciendo un símil prehistórico serían más agricultores que cazadores. El cazador es nómada –y si no díganselo al ex ministro Bermejo, que acaba de saltar de su silla para disfrutar del paro tirando sobre muflones–, se mueve con la presa y no tiene lugar fijo. Mountains, en cambio, son como ese labrador que ara el campo y, por las noches, mientras ve cómo se pone el sol, se sienta en el porche de su casa con su lata de cerveza y, sorprendido en un momento al azar, ve brotar el primer atisbo de tallo entre los surcos. Órgano, voz sintetizada, libros, campanas, agua, guitarra de doce cuerdas, harmónica, acordeón, ordenador y otros objetos: así enumeran Mountains las voces de esta coral hipnótica en las líneas interiores del disco. Y cantan unos drones cálidos con el vigor de la naturaleza viva, que se repite día a día, sin descanso, y hasta el fin de los tiempos.

Javier Blánquez

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