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Efdemin EfdeminChicago

8.8 / 10

Efdemin  Chicago DIAL RECORDS

Chicago es el lugar del momento, no porque de ahí esté saliendo algo –hace tiempo que la escena house es un erial, allí ya sólo queda mito–, sino porque todo parece estar volviendo a la ciudad del viento. Cada vez más productores, cada vez más sellos, un sinfín de aficionados a la música de baile desvían la mirada hacia Chicago mientras con el rabillo del otro ojo se sigue con curiosidad lo que sucede en Detroit, ciudad más viva y productiva, pero más explorada a estas alturas. En cambio, Chicago vuelve a sonar fresca porque el house clásico y profundo de los orígenes había estado muchos años aparcado en la memoria como un trasto viejo al que, de repente, muchos le han soplado el polvo. Y qué bello sonido es: 909s sin engalanar, líneas de bajo crudas, puro nervio y tensión, arquitectura mínima, pasión, fuerza. El house primitivo, parece ya una realidad, está de vuelta y cada vez son más –Azari & III, The Juan MacLean, Hard Ton– quienes se aproximan a la fuente original para beber de ese sonido y regenerarse en tiempos de desorientación y dudas tras el desgaste lógico del minimal –duró demasiado– y la etapa neo-Detroit. También Efdemin, a tenor del título de su segundo disco. Pero… ¿es “Chicago” realmente lo que parece? Porque detrás de ese encabezado hay trampa.

Lo que escuchamos en “Efdemin” (Dial, 2007) fue una lección maestra de house sin una raíz clara. Por supuesto que Philip Sollmann maneja una cultura dance que ya la quisiera más de uno, pero la profundización en lo emocional en aquel debut –con esas campanillas tan apropiadas, el trasfondo nevado de pop triste que parecía ser una ley no escrita que había que cumplir en Dial, la manera lógica y progresiva en que crecían los temas hasta culminar en una explosión de felicidad– no especificaba de dónde venía exactamente el sonido de Efdemin, como tampoco quedaba claro en el caso de Pantha Du Prince, por entonces compañero de sello. ¿Era más americano o europeo? Esa pátina de frío germánico, ¿resistía el calor de las melodías o se fundiría como un bloque de hielo en el trópico? ¿Era minimalista o progresivo, contenido en la pasión o torrencial como un amor ardiente? Lo cierto es que era todo eso y más, un poliedro de metahouse que se mereció justos halagos. Ahora llega “Chicago” y Efdemin parece haber dado un giro sin moverse del mismo lugar en el que estaba, una maniobra admirable que le muestra igual y distinto a la vez, más americano que antes pero también europeo sin remedio, más experimental sin renunciar a hablar con un lenguaje sencillo e inteligible. Otro disco distinto –a lo que había hecho siempre, y también a lo que hacen los demás– que obliga a buscar una nueva retórica para describirlo.

“Chicago” se titula “Chicago” porque es house: lo deja claro “Cowbell”, una especie de minimal-house de vaivén suave que mueve los pies y que deja numerosos huecos de silencio en los que se filtran sonidos microtonales, leves capas de textura digital y un cencerro. Ese tema –que lo abre un speech en el que una voz afirma “I can’t decide which piece to start with, so I want to start with any of the pieces I’ve already started”, dando a entender que este no es un disco cerrado sino un flujo de sonido aleatorio que funciona como conjunto y también como colección de piezas, en el orden en que uno desee, quizá para escuchar en vinilo y a trozos– es el que sienta el tono de todo el álbum: en adelante, citará oblicuamente al deep house con armonías cálidas, bombos suaves y tenaces, con sintetizadores que envuelven como una manta y dan calor, pero también se acercará a los otros dos vértices de un triángulo diría que inédito en toda la historia de la música de baile: música contemporánea –sección aleatoria, dodecafónica y demás– y bebop. Al final de “Cowbell” ya suenan notas desperdigadas en una partitura que podría haberla dibujado Escher o compuesto Schoenberg, y un poco más adelante llega “Oh My God”, auténtico corazón del disco que incluso merece un reprise al final de todo: platillos que repican en estéreo, atmósfera de club bop en el que el piano lo tocara Thelonious Monk, el trompetón Miles Davis y las máquinas las condujera Losoul: un rebirth of cool en toda regla cuando nadie esperaba una elegancia propia de otros tiempos y otras actitudes.

El triunfo absoluto de “Chicago” está en cómo se percibe esa paleta de sonido. No suena como los viejos recopilatorios “Jazz In The House” ni como aquel house frondoso, en parte garage y épico del sello Slip-N-Slide, aunque algunos minutos del disco acudan sin reparos a música que era fresca quince años antes –que me aspen si “Shoeshine” no parece una toma actualizada del trance como sumergido en una bañera del Novelty Waves de Biosphere–. A lo que suena “Chicago” es a la evolución lógica del mejor microhouse de las pasadas temporadas –de Isolée a Luciano y Bruno Pronsato pasando, evidentemente, por Ricardo Villalobos, a quien recuerda mucho, con su arritmia de bombos y la atomización de la cobertura armónica, ese intrigante “Le Grand Voyage”, a la vez que se desprende de cualquier experimentación, cualquier elitismo pseudo-jazz y toda carga intelectual para lanzarse con toda la convicción del mundo al house de profundidad soul – “There Will Be Singing”–, a las atmósferas deep porosas propias de Stephen ‘Soultek’ Hitchell – “Night Train” es hacia donde deberían estar progresando Echospace– y a los ruidos de la ciudad, que son los que invaden “Nothing Is Everything”. Esto debería ser un toque de humanidad y naturalidad en el álbum, pero resulta que ese bullicio de la calle sampleado entre acordes disonantes, baterías difuminadas y microtonos parece el frufrú de acompañamiento de una invasión extraterrestre. Quizá tardemos tiempo en descifrar qué coño ha hecho Efdemin aquí, pero hay que tener en cuenta varias virtudes: 1, no es su primer disco repetido otra vez (bien); 2; tampoco es ningún disco que hayas conocido antes, aunque pueda sonar a muchos (mejor); 3, no es una impostura a costa del jazz y la notación contemporánea, sino un manifiesto hedonista en toda regla (aplausos); y 4, si lo intentas intelectualizar su superficie, pierdes todo el sentimiento subliminal que bucea por el fondo. Este disco es como intentar atrapar el mar con las manos. Me postro ante él.

Javier Blánquez

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