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8.1 / 10

Rhymefest  El Che ALLIDO RECORDS

En portada, la autobiografía de Frederik Douglas, la novela de Ralph Ellison “Invisible Man”, una gorra de la guerrilla, un rifle y una botella de Hennessey Black. Todo aderezado con un logo de estética revolucionaria y un título que parece bastante indicativo del contenido y las intenciones del álbum. Pero alto. Nada es lo que parece. Que nadie se asuste: no estamos ante un nuevo intento de propaganda comunista con coartada hip hop; definitivamente, Rhymefest no se ha convertido en un sucedáneo de Dead Prez. De la misma forma en que en su notable debut, “Blue Collar” –auspiciado y apadrinado por un Kanye West que estaba en deuda con él después de que éste le medio escribiera “Jesus Walks” y, dicen las malas lenguas, algunas canciones más sin acreditar–, el rapper de Chicago jugaba con la estética, la iconografía, las metáforas y los dobles sentidos del título y todo lo que se desprendía de un concepto centrado en la clase media trabajadora norteamericana, aquí utiliza a su antojo toda la parafernalia revolucionaria para construir su discurso, tanto lírico como musical, y aprovechar al máximo su propio punto de partida.

La figura del Che tiene un doble juego simbólico. Por un lado, el hecho de que el nombre real de Rhymefest es Che Smith, tan sencillo como eso; por el otro, la idea poco original, pero muy lógica y efectiva, de presentarse como un rebelde y francotirador ideológico y artístico en el marco del circo hip hop actual. Una vez ahí, el mensaje. Parte del encanto de este disco estriba en la manera en que su artífice integra ciertas preocupaciones de calado social y político, siempre en un tono más Common que Chuck D, más positivo que combativo, en un muestrario de rimas que no le giran la cara en ningún momento al latido humorístico, la pátina frívola y el egotrip más tradicional. El sermón no lo es todo, y eso le ayuda a descongestionar sus textos y, sobre todo, despejar rápidamente las sospechas de que estábamos ante otro álbum de prédica revoltosa. Rap político, pero no panfletario. Rhymefest demuestra, una vez más, que anda sobrado de ideas, ingenio, talento y sensibilidad hip hop, además de protagonizar una evolución expresiva y creativa mayúscula: de sus primeras andanzas como MC de batalla, rey del freestyle, a este perfil adulto, muy cercano al concepto de educated rapper, con equilibrio suficiente para evitar la charla, hay un camino apasionante.

También merece ser destacada su valentía a la hora de apuntalar el contenido musical de este segundo disco. No lo tenía nada fácil, la verdad sea dicha. Si en “Blue Collar” el rapper contó con la ayuda de Kanye West, Just Blaze y No I.D. en la pecera, que ya de por sí te garantiza atención mediática y te lo pone relativamente fácil para despertar interés y asegurarte críticas elogiosas, para este regreso ha optado por desmarcarse de ese pasado –ya han transcurrido cuatro años desde su puesta de largo– y tantear otros productores que le aportaran nuevas voces y nuevas perspectivas a sus letras, una apuesta de riesgo que, resultados en mano, le ha salido redonda y muy contundente. Scram Jones no es un recién llegado, ni mucho menos, y aunque lleva ya unos años ganándose a pulso el seguimiento de los headz, su estatus todavía no ha salido de la esfera underground. Hay que jugársela. Y su papel, con tres canciones, brilla con luz propia y entusiasma a los amantes del clasicismo neoyorquino: “Give It To Me”, sin ir más lejos, es uno de los hits soulful de la temporada.

Pero, indudablemente, el descubrimiento de este disco es el productor S1 (también conocido como Symbolyc One), ex integrante de Strange Fruit Project, firmante de cuatro beats espectaculares que no le pasaron desapercibidos a Kanye cuando escuchó el material. De “El Che” al estrellato: S1 es el productor de “Power”, el apabullante primer single del próximo disco de West que se filtró hace unos días. Su legado aquí, en cualquier caso, y retomando la línea argumental, es excitante: “How High”, con un solo de guitarra loopeado, coros soul, un beat rotundo y una utilización épica de los teclados, es el momento más arrollador de todo el lote y una de las canciones de 2010. El resto de producciones, empero, tampoco tiene desperdicio: “Chocolates” captura la esencia de A Tribe Called Quest, “One Hand Push Up” invita a pensar en él como relevo natural de No I.D. y “Say Wassup”, curiosamente con colaboración de Phonte de Little Brother, describe cómo tenía que haber evolucionado el sonido, hoy estancadísimo, de 9th Wonder. Ellos dos se ventilan medio álbum y arrojan mucha luz sobre el futuro más inmediato de la cantera de productores.

Con una sabia, ajustada y medida utilización de instrumentación real, con un meritorio trabajo de producción que completa el resto del elenco de beatmakers y, sobre todo, con una visión muy clara y concisa del sonido idóneo que requería el disco, una apabullante bola de funk actualizado con detalles blues-rock y guindas soul, todo pronunciadamente negro y de convulsas reminiscencias estético-sonoras de los Black Panthers, “El Che” se reivindica como uno de los ejercicios más sólidos, rotundos y valientes de lo que llevamos de temporada y como uno de los álbumes de hip hop político más brillantes que se han escuchado recientemente. Sin miedo: éste es el disco que llevamos esperando desde hace ya unos años de referentes como Dead Prez, Talib Kweli, Paris, Mos Def o, por supuesto, Public Enemy.

David Broc

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