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Frank Ocean Frank OceanChannel Orange

9.1 / 10

El marketing en el ámbito del arte es un juego con algunos riesgos: por un lado te garantiza exposición, notoriedad, publicidad automática y repercusión; pero por el otro, sin embargo, puede convertirse en el peor enemigo de tu propia música cuando el público puede llegar a percibir que has hecho un uso desmedido y oportunista del mismo. Frank Ocean, la segunda estrella de a bordo de Odd Future, aunque ahora ya empieza a asumir el rol y la posición de primera espada del colectivo, anunció que era bisexual y que hace cuatro años estuvo enamorado de un hombre unos días antes de lanzar al mercado su debut multinacional, el esperadísimo “channel ORANGE”. Aunque no todos picaron, sobre todo los que ya están acostumbrados a la utilización que hace el hip hop de la promoción y las campañas pre-salida de un nuevo producto, el efecto de sus declaraciones fue chocante e imparable: ningún graduado en Harvard especializado en marketing hubiera podido maquinar una campaña de presencia mediática más contundente que ese comunicado. Y la repercusión, desmesurada por el contexto musical en que tiene lugar, el hip hop y el R&B y las connotaciones homofóbicas que siempre arrastran, incluso ha obligado al artista a avanzar una semana la aparición, primero vía iTunes, de este álbum para aprovechar la corriente de opinión.

¿Nos creemos su declaración? ¿Alguien es capaz de negar la relación entre un acontecimiento y otro? ¿Es Frank Ocean bisexual, homosexual o, directamente, un tipo heterosexual con pocos escrúpulos? Pues la única verdad aquí es que cuando te dejas atrapar por estas nuevas canciones cualquiera de esas preguntas no puede importarte menos, y ese es un mérito superlativo del disco: que al momento nos haga olvidar todo lo que le ha venido precediendo estos días y nos obligue a concentrarnos de forma incondicional en su propuesta. Outing, liberación, hip hop… cháchara sin interés cuando entra en acción la música. “channel ORANGE” tiene incontables virtudes, pero por encima de todo dos: la primera, que propone esa maduración y crecimiento artístico que esperábamos después de “nostalgia, ULTRA”, al que consigue superar en todas las facetas posibles. Toda una rara avis en los tiempos que corren de supremacía cualitativa de los mixtapes: satisfacer las expectativas más exigentes con un debut multinacional después de un pelotazo en forma de álbum de calle. Y segunda: es un disco que llega para mejorar, desde todos los aspectos posibles, el R&B, al que dignifica, revaloriza y eleva, como ya hizo el año pasado The Weeknd, utilizando recursos y mecanismos poco comunes en el género en su vertiente más popular.

El arma principal de Frank Ocean es su talento para la composición y su valía como escritor, dos atributos especialmente difíciles de encontrar en algunos de los vocalistas más representativos del R&B actual, muchos de ellos excesivamente supeditados a las directrices de productores y compositores profesionales que, a la postre, acaban definiendo y marcando su personalidad musical, y no al revés, como sucede con el miembro de Odd Future. “channel ORANGE” es uno de los discos de R&B mejor pensados y expresados que se recuerdan recientemente, capaz de aglutinar en un mismo tablero de juego el clasicismo y la profundidad emocional de Marvin Gaye o Donny Hathaway, la sensualidad de Maxwell, la calentura de R. Kelly, las formas de The-Dream o las intenciones rupturistas de The Weeknd, generoso en la exposición de su mundo interior y, muy importante, consciente de su irrechazable compromiso con una vocación y ambición pop a la que debe rendir cuentas pese a todo.

El disco tiene como pilares básicos cuatro canciones ya indispensables para entender este 2012: “Thinkin Bout You”, “Sweet Life”, “Pyramids” y “Lost”. La primera, que ya quisieran tener en sus últimas grabaciones referentes como R. Kelly o el mismo The-Dream, es, en apariencia, una historia de desamor clásica y formal, pero el vídeo de la misma y la insistencia del autor por jugar con los dobles sentidos y las parábolas líricas invitan a imaginar otras posibles explicaciones. Es una constante en su discurso que en este “channel ORANGE” parece más acentuada: la necesidad de que sus letras estén libres de interpretaciones y de que sea el oyente quien acabe juntando las piezas del puzzle a su libre albedrío. Muchas veces es el R&B un género demasiado prosaico en el que todo es demasiado explícito y evidente, y uno de los atributos de Ocean como compositor es, precisamente, su capacidad para escapar de todo ello y dejarle las puertas abiertas al público.

“Sweet Life”, que cuenta con la ayuda de Pharrell, en una de las pocas injerencias externas del álbum, es un himno veraniego en su máxima expresión: su particular invocación de la joie de vivre suena sofisticada e irresistible. Pero es en “Pyramids” donde Ocean pone de manifiesto que no es un autor cualquiera y que su ambición no tiene límites ni freno: casi diez minutos entregados a una producción disco que flirtea con el sonido Italians Do It Better, constantes cambios de dinámica, ritmo y tonalidad y, sobre todo, una letra excelsa en la que el cantante inventa un encuentro con una Cleopatra particular repleto de apasionantes laberintos líricos. Por último, “Lost” es, con toda probabilidad, el single más redondo y perfecto jamás grabado por el de Nueva Orleans, clara candidata a canción de los próximos meses y máxima expresión pop de su ideario sonoro. Podríamos completar esta selección con “Bad Religion”, sorprendente arrebato de inspiración pastoral, y “Forrest Gump”, que además de ser la canción que ha motivado al vocalista a hablar de sus intereses sexuales es una bellísima canción de amor en la que adopta el punto de vista de Jenny –Robin Wright–, el amor eterno de Forrest Gump.

Para acompañar este coloso de sentimientos al rojo vivo, parábolas imaginativas y creatividad lírica de primer orden el artista insiste en darle a la producción de sus canciones un aire muy personal y definido. Huye del azúcar, del sentimentalismo, del derroche de medios, del bombo acelerado, de la prepotencia digital o de la épica de estudio y apuesta por la suma de sonidos íntimos, beats poderosos, instrumentación meticulosa y muy viva y electrónica de baja intensidad. Y ya no necesita samplear descaradamente a ninguna banda indie para acoplar su sonido a la voz y darle proyección melódica, otro paso adelante en relación a su predecesor. Propone un discurso novedoso, de sobrada frescura, que encuentra el preciso equilibrio entre los devaneos experimentales y la ortodoxia, entre el clasicismo soul y la contemporaneidad del indie-R&B, una mezcla incomparable –porque nadie lo ha hecho igual hasta ahora– de electro, jazz, ambient, funk y soul-pop. Y todo ello, para darle aún más relevancia y empaque al personaje y para contextualizar la grandeza de este álbum, en el marco de una multinacional y de un debut bajo máxima presión.

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