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7.3 / 10

Cepia Cepia CEPIA MUSIC

Huntley Miller es un trabajador lento y meticuloso, y eso en música electrónica puede tener repercusiones beneficiosas en tu carrera, pero también puede traer consigo un desagradable efecto secundario. El beneficio es evidente: lo que hagas, casi con toda seguridad, será memorable, de una calidad excelente –siempre y cuando a la lentitud y la laboriosidad se le sume el talento, algo de lo que Miller va bien servido–. El efecto secundario también es bastante obvio: si no vas editando con regularidad, el público lo más seguro es que se olvide de ti. Pregunta a quien esté leyendo este texto: ¿recuerda usted a Cepia? ¿Sabía de su existencia? Hay que ser un digger obsesivo o un oyente con varios años de dedicación en el congestionado espacio de la IDM para estar al corriente de Cepia y de aquel deslumbrante “Dowry EP” que publicó en Ghostly International, una rodaja de ambient con un sonido como de textura de arena, música que podría haber funcionado bien en una película, a veces interrumpida por amagos de ritmos y de cuerdas sintéticas. Aquello fue, sin embargo, en 2004, y aunque Miller fue entregando algunos remixes, su primer álbum no apareció hasta pasados tres años, y por entonces el silencio le había pasado factura. Otra pregunta si me está usted leyendo: ¿ha escuchado alguna vez “Natura Morta” (2007)? Poca gente lo hizo.

La edición, tres años después, de un nuevo álbum de Cepia resulta todavía más chocante porque la producción que existe entre “Natura Morta” y este “Cepia” tiende a cero (algún tema suelto en recopilaciones y poco más). Han sido otros tres años los que Miller ha dejado pasar para editarse un disco en el que avisa que ha querido plantear cambios sustanciales en su sonido. Fuera ya del entorno Ghostly –que siempre ayuda, al menos en cuanto a promoción–, Cepia se ha hecho un sello a medida y no ha publicado el resultado hasta que no lo ha sacado de su cabeza tal como lo imaginaba mentalmente. Su idea era avanzar hacia el formato que más le satisface, el de canción, y lo que hay en “Cepia” –y que se echaba a faltar en “Natura Morta”– son melodías que aspiran a ser memorables, a ir calando poco a poco en la memoria del oyente, como la gota de agua horada la roca. Las texturas suaves siguen ahí, pero el ambient envolvente ya no es la base de su discurso, sino un recurso para añadir perspectiva al fondo, como el paisaje en un cuatro narrativo. El centro de “Cepia” son esas melodías con las que parece querer ir hacia el pop y que se ponen en pie con elegancia, diseñando un arco emocional que se puede seguir de una manera natural: una nota sucede a la anterior y la canción se va haciendo. No hay letras, ni tampoco una estructura de estribillos o motivos repetitivos que marquen un clímax: lo que hay es una continuidad como si las notas fueran las ráfagas ambientales de antes.

En lo que parece haberse encallado Cepia es en su intención de no adscribirse a ningún género. Ciertamente, “Cepia” no es un ningún tratado de computer music, y no se puede definir como IDM en el sentido en que lo haríamos con un disco de Autechre, pero no ha variado ni sus métodos de producción ni tampoco su paleta primigenia de sonidos. No hay espacio para lo orgánico ni para la voz, y no se puede entender el resultado final de su segundo álbum sin considerar el empleo del laptop y del software. Es, pues, IDM tal como lo diríamos de un álbum de Lusine, Proem, Bola o Tycho: quizá ya inadecuado para la línea de Ghostly –aunque es mejor poner esta afirmación en cuarentena–, pero sí al mismo nivel de aquellos CDs que aparecían en Neo Ouija, Merck o Benbecula. El problema es que todos estos sellos han desaparecido y que los tiempos para la IDM melódica son francamente hostiles. Eso podría responder muchas preguntas: por qué Cepia se ha tenido que autoeditar el disco, por qué publica con tanta separación de años entre un disco y otro, por qué parece que su música está pasada de moda cuando, en realidad, aspira a ser atemporal. Lo mejor es espantar la mala suerte y dejar a un lado los pensamientos negativos y zambullirse en “Cepia”: melodías resplandecientes como las de “Untitled III”, “Hootenanny” o “Ithaca” –ésta podría ser válida para un sello como Skam, y eso es decir mucho– merecen oídos amables que les den una oportunidad y, a cambio, quizá te irradien con todo el optimismo que llevan dentro.

Tom Madsen

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