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Tyondai Braxton Tyondai BraxtonCentral Market

8.3 / 10

Tyondai Braxton  Central Market WARP / PIAS SPAIN

Lo primero en lo que pienso al empezar a sonar “Central Market” es en Frank Zappa. Excepto el bigotazo y la mosca bajo el labio, todo en este componente de Battles apunta en la dirección del díscolo genio del rock progresivo. Quizá no haya tantos solos, ya que Tyondai Braxton se guarda la guitarra y prefiere no masturbarse en público, pero sí hay un ánimo en común que pasa por querer salir de los confines del rock –vistos como insuficientes, incapaces de dar rienda suelta a una idea de la música más abstracta y gigantesca– y saltar a la creación para orquesta, o para pequeña orquesta, con ideas modernas, siempre en la medida de lo que el seso, el presupuesto y el equipo humano disponible pueda permitir. Frank Zappa, antes de morir de aquel cáncer en 1993, había profundizado en sus últimos años en la música contemporánea, que ya le había motivado para comenzar a andar en los comienzos de The Mothers Of Invention, que ya le había llevado a escribir óperas y a entender la banda de rock como una ensamble de cámara, y a dar rienda suelta al ruido tal como lo hubiera querido su adorado Edgar Varèse, pero que al final de su carrera daba para piezas para gran conjunto orquestal y serialismo académico como aquel “The Yellow Shark”. Y es inevitable pensar en Frank Zappa cuando, en sus entrevistas, Tyondai Braxton habla alegremente de Varèse como influencia y acicate.

“Central Market”, lo dice Braxton mismo, está inspirado más concretamente en Ígor Stravinski, Bernard Herrmann, Brian Eno, Swans y John Adams. Lo de Stravinsky es de cajón: “Opening Bell” en el arranque, y también el resto del disco, está invadido de la tímbrica de la orquesta de hace un siglo, de la jerarquía dodecafónica en la notación y, cómo no, en la preeminencia del ritmo sobre la armonía, con instrumentos que dialogan a golpes y con onomatopeyas, irrumpiendo en el desarrollo de la música como un peatón que, a la carrera –imaginemos una mañana de estrés en Nueva York–, choca contra otra persona. Suena a comienzos de siglo XX esta fantasía instrumental, a música –también, aunque no lo diga Braxton– de George Gershwin. Así, de todas las influencias que reconoce el líder no oficial de Battles, la de Stravinsky cae por su propio peso, también la de Herrmann por el aliciente cinematográfico y veloz del fraseo, y la de Adams por la instrumentación rica pero de recursos reducidos, repetidos –y a veces repetitivos– propia del minimalismo americano, aunque la aproximación es más espiritual que carnal. Swans también se admite, por el caos y el aroma urbanita. Lo de Eno cuesta de entenderlo. Será porque se considera no-músico, porque entre esto y “Ambient 1. Music For Airports” hay las mismas similitudes que entre Alberto Ruiz-Gallardón y un geranio.

Tyondai Braxton ya hacía música hace quince años –cuando era adolescente, es decir–. Antes de enrolarse en Battles, proyecto de math-rock de contrastado prestigio gracias al complejo, tribal y melódico “Mirrored” (Warp, 2007), él ya trabajaba con electrónica y samplers en su habitación, fantaseando con un lenguaje de compositor de conservatorio pero con el do-it-yourself de la electrónica y la pegada de un grupo de rock. A Frank Zappa le pasó lo mismo. En secreto, Braxton fue jugando, mejorando, saliendo al mundo a aprender, y en el tránsito de estos diez años en los que ha tenido pleno uso de razón musical ha tenido tiempo de publicar, todavía con rastros de bisoñez entre las notas –como restos de comida entre los dientes–, los álbumes “History Has No Effect” (JMZ Records, 2002) y “Rise, Rise, Rise” (Narnarck Records, 2003), este último a medias con Parts & Labor. Seis años después, y aprovechando una pausa en la férrea disciplina de Battles, Tyondai se ha atrevido por fin con lo que, sugiere, es su verdadera obra maestra.

“Central Market” es obra mayor, eso se advierte desde la primera danza de notas en “Opening Bell”, y se concreta en el híbrido entre art-rock y composición contemporánea afiliteada de electrónica casera y caótica –la misma que se encuentra en los discos de Black Dice o Animal Collective– de “J. City”. Y, sobre todo, cobra su pleno sentido en la fantasía para pequeña orquesta de “Platinum Rows”, diez minutos en los que intenta, como quien no quiere la cosa, organizar su propia “Consagración De La Primavera” desde la posición de privilegio que da ser uno de los hombres fuertes de la actual y remozada escena post-rock. Para que cuaje un disco así, en el que la música no la toca él, sino la Wordless Music Orchestra de Nueva York –y, por tanto, está toda escrita en partitura, con la electrónica añadida a posteriori para acompañar vientos, metales y percusión–, o hay que tener una cara dura impresionante, o un talento por encima de la media. Y cuando por aquí saltan Ravel, Bartók y Prokófiev mezclados con Zappa, Louis Andriessen y música de dibujos animados de los años sesenta y el disco no sólo no se cae a pedazos, sino que cada vez se antoja más solido, personal e inimitable, es cuando finalmente Tyondai Braxton se alza vencedor de una apuesta fortísima. La escena neoclásica entra en una nueva dimensión en estos cuaranta minutos de diálogo entre los dos extremos de cien años de evolución de la música contemporánea.

Juan Pablo Forner

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