Catacombs Catacombs

Álbumes

Cass McCombs Cass McCombsCatacombs

8.8 / 10

Cass McCombs  Catacombs DOMINO / PIAS SPAIN

Trovador controvertido, con aversión a los escenarios y las entrevistas, Cass McCombs abandonó su California natal a finales de los setenta. Vendió todos sus discos y “cansado de la vida” (¡con 23 años!) se lanzó a recorrer Estados Unidos buscando su destino. Desde su residencia actual en Los Ángeles, hoy afirma: "siempre estoy viajando, pero no me muevo mucho”. Puntual con un nuevo álbum cada dos años, “Catacombs” es el cuarto largo de estudio de este nómada infatigable. Sucede a “A” (2003), “PREfection” (2005) y “Dropping The Writ” (2007), y como ellos se sirve de las experiencias vitales acumuladas por su autor para trazar un camino virgen que recorrer con paso firme y seguro. Con la mochila a reventar, los calcetines rotos y el sombrero ladeado, al viajero errante le ha llegado el momento de entregar su obra culminante.

Segunda entrega para la capital Domino, “Catacombs” supone un paso de gigante en su carrera. Es su título menos grotesco y también el más ambicioso, pero sobre todo es una delicatessen de roots music salpicada de floridos estilismos y exquisitos puntos de fuga sonoros que le acerca sin miedos, y guardando las distancias, a ese olimpo en el que tenemos aupados a M. Ward, Iron & Wine y Bill Callahan. Admirado por músicos dispares –de Grizzly Bear a Nina Persson– y versionado por contemporáneos como Lightspeed Champion o los pujantes Girls (quienes ya tocan en directo el mejor tema de este disco, la inicial “Dreams-Come-True-Girl”), McCombs estaba llamado desde “PREfection” a colorear con sus pinceles el mapa de la americana actual. Lo apuntó con maneras en “Dropping The Writ”, pero es con este trabajo con el que demuestra estar en mejor forma que nunca para acometer dicha maniobra.

Desde la suprema apertura con la ajada pero imponente actriz Karen Black como voz invitada, Cass se entrega por completo a un clasicista y ceremonioso ejercicio de post-nostalgia, acertada etiqueta con la que alguien, algún día, le bendijo. Exactamente así es como él pretende que suene su desvencijada personalidad: magnéticamente atemporal, como la de esas fotos antiguas que conservan colores y texturas difícilmente igualables. Y es que, perdidas en el tiempo, las bellísimas tramas acústicas, las espectrales guitarras slide y las aladas armonías de estas once gemas vaporosas, podrían provenir de cualquier rincón polvoriento del pasado. Al igual que ocurría con el fabuloso “Writer’s Block” de Peter Bjorn and John (con el que podríamos identificar algunas melodías y arreglos), la escurridiza y terrosa música de “Catacombs” le gana la partida a los géneros que explora. Mientras que en “Eaves Dropping On The Conversation” y “One Way To Go” se diluyen la americana pálida de los llorados Scud Mountain Boys y el folk renacentista de Lindsey Buckingham, por “Executioner’s Song” se filtra la laxitud de los mejores Red House Painters.

Sin embargo, ambulantes como el propio McCombs, los once temas rechazan cortantes etiquetas que los enmarquen e interfieran en su elegante y pura nobleza. Lo que suena aquí no es estricto indie-folk, ni sólo soft-rock, tampoco simplemente art-pop, pero asimismo es todo eso y mucho más. Maestro de los medios tiempos, guasón y pretendidamente fuera de juego (echen un vistazo a su web oficial), él salta con una relajada facilidad de lo cercano a lo abstracto, siempre opaco en sus letras pero alumbrando con rayos de esperanza un lugar donde lo atroz y lo agridulce se desvanezcan. Huir de la miseria y abrazar la ventura parece ser el cometido de ese personaje –¿él mismo? – que repite “the more I kill, the more I love” como un mantra de condenada fortuna en la tozuda “Lionkiller Got Married”. Sin rascar mucho, múltiples detalles de genio permiten intuir algo en “Catacombs” que lo empuja muy arriba, hacia otras alturas de este “mundo maloliente que disfruta viendo sufrir a la belleza” ( “Prima Donna”). Algo que, si eres de los que creen que Wilco se están durmiendo en los laureles, te confirmará enseguida que éste es tu disco. Mano de santo.

Cristian Rodríguez

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