Carve Out The Face Of My God Carve Out The Face Of My God

Álbumes

Infinite Body Infinite BodyCarve Out The Face Of My God

7.8 / 10

Infinite Body  Carve Out The Face Of My God POST PRESENT MEDIUM

Kyle Parker hace dibujos. Tenía un blog en el que los iba ordenando, todos acabados con un trazo tembloroso, hasta que el enlace, por algún motivo que desconozco, dejó de funcionar –igual a ti te funciona–: uno de ellos, el que se asemeja a una rana oblonga, es el que ocupa la portada del primer disco de Infinite Body, “White Hymn” (Pleasenottoday, 2007), que recuerda a los bichos extrañamente deformados de Daniel Johnston –pienso en esa rana con ojos de caracol–. Además de dibujos, este californiano tocaba en grupos de bajo presupuesto (acorde con sus pretensiones) y rasgaba la guitarra, y practicaba un ruido con una desviación a veces naïf y otras veces hiriente, como si en la misma canción se manifestaran deseos subconscientes de amar y hacer daño. En conclusión, y sin querer hacer psicoanálisis barato, parece el típico chico solitario que se pudre en un pueblo sin vida, entre gente ruda, sin cultura, sin aspiraciones, sin ningún tipo de hálito artístico. Kyle, en cambio, es un indie autodidacta que formó parte de la banda Men Who Can’t Love y que, a la que lo dejó, se empezó a concentrar en su proyecto particular con todo lo aprendido, que fue mucho. Se le vio asiduamente en recopilatorios, lanzamientos en cassette y splits, hasta autoeditarse un álbum que ya debe andar descatalogado y, tras cruzar los dedos, consiguió que uno de esos CDs llegara a manos de Dean Spunt, de No Age, que rápidamente entendió que había ahí un diamante en bruto. Al poco tiempo, su fichaje por Post Present Medium era una realidad, compartiendo espacio con Mika Miko, Wavves, Abe Bigoda, High Places y Soft Circle.

“Carve Out The Face Of My God” es, pues, su primer paso fuera del caparazón de seguridad de la escena de los novatos y los recalcitrantemente indies –que suelen ser los que esconden en la hojarasca de la escena su absoluta falta de inspiración o discurso, los mediocres–, y es un (falso) debut notable, de los que merecen que se deje constancia de ellos. Haremos, pues, de notarios para que su música no se la lleve el viento. Tampoco podría, porque lo de Infinite Body es etéreo en la forma, pero pesado en el fondo: es un ruido bellísimo que funciona en un plano meramente táctil, filtrándose por los poros de la piel antes que por los oídos. Y en lo que respecta a la propia educación sentimental de Kyle Parker, un atractivo giro copernicano, un darse la vuelta a sí mismo como un calcetín. Cuando era guitarrista de Men Who Can’t Love, el grupo era ruido anárquico, incluso insoportable. Ahora, como Infinite Body, es ruido ordenado, maravilloso y seductor. Estéticamente, estos cuarenta minutos de abstracción son de los que consiguen transportarte a un plano de evasión en el que nada existe excepto el aire que te rodea. La música de Infinite Body es así: infinita en su expansión exterior e interior –tienes la sensación de que las notas se te inyectan en la vena como una vacuna contra el estrés–, y corpórea porque se siente dentro. Es decir, no te quedas únicamente en la reflexión a posteriori –música mental–, sino que la sientes crecer dentro de ti, como un feto o una enfermedad, invadiendo silenciosamente hasta la última célula. Suena exagerado, pero en sus mejores momentos, en sus picos de máxima intensidad emocional, Infinite Body alude a My Bloody Valentine, Fennesz y High Places. Psicodelia tupida de informática, pedales y atmósferas extraterrestres.

Técnicamente es otro cantar. Se nota que “Carve Out The Face Of My God” es una grabación doméstica, algo precaria, en la que se percibe la impureza de lo amateur. No es un “Venice” o un “Black Sea” de Fennesz, donde toda esa rugosidad extasiante y demoledora no parece un defecto de forma, sino una virtud de la experiencia. Pero todo eso no deja de ser una pequeña excusa, como si sus métodos lo-fi fueran un problema merecedor de un castigo o una regañina. Vendrán discos mejores y los hará más limpios, entendiendo por “limpios” el simple proceso de grabar con mejores medios para darle a su sonido una capa extra de barniz, que sin camuflar sus impurezas o imperfecciones resaltan sus mejores atributos. Él pretende esa excelencia, sus títulos lo dejan entrever: “Beside Me In The Dawn”, “On Our Own To Fall Off”, “Drive Dreams Away”, “He Runs Without Feed And Holds Without Hands”: en cada uno de sus minutes, se esconde un angel. Infinite Body es como unos Belong o unos Mountains a los que les faltara un poco de maquillaje facial, una pincelada de rímel, que resalte sus facciones para hacer de lo bello algo superior, algo divino. Al tiempo.

Juan Pablo Forner

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