St. Carolyn by the Sea / Suite from “There Will be Blood” St. Carolyn by the Sea / Suite from “There Will be Blood”

Álbumes

Bryce Dessner / Jonny Greenwood Bryce Dessner / Jonny GreenwoodSt. Carolyn by the Sea / Suite from “There Will be Blood”

7.6 / 10

Bryce Dessner ocupa el grueso de su tiempo tocando la guitarra para The National, pero su caso es muy parecido al de Jonny Greenwood dentro de Radiohead: su preocupación principal no está tanto en el rock como en la música orquestal, o mejor dicho: no detecta una frontera insalvable entre ambos mundos. Dessner tiene estudios superiores sobre música clásica completados en la universidad de Yale y un álbum anterior a este -con el que ingresa en Deutsche Grammophon-, titulado “Aheym” (-anti, 2013), en el que el Kronos Quartet interpretaba sus piezas de cámara. Habría que ser muy atrevido para acusar de oportunista a un músico con bagaje en la esfera pop que efectúa una transición tan densa hacia la música sinfónica, pero en el caso de Dessner no se puede hablar de cambio o transformación: cada una de sus piernas reposa en ambas disciplinas, las ha compaginado en paralelo, y de ahí que su forma de tocar la guitarra en The National sea tan rica a nivel armónico y sus composiciones para orquesta tengan esa energía y textura explosiva propias del rock. No hay distinciones ni barreras, todo forma parte de un único lenguaje exuberante.

Las tres composiciones grabadas expresamente para este álbum, interpretadas por la filarmónica de Copenhague bajo la dirección de André de Ridder -y en dos de las cuales Dessner toca la guitarra, no como un solista, pero sí casi como el concertino de la orquesta-, destapan definitivamente el talento de un compositor digno de engrosar la generación opulenta de los ‘nuevos contemporáneos’ liderada por Nico Muhly y el mencionado Greenwood. El lenguaje de Dessner es híbrido y cuesta adscribir a una escuela o tradición del pasado: básicamente es tonal, sin gusto por los espacios diluidos o la disonancia -aunque en “Lachrimae” los violines se atascan con frecuencia (simulación del llanto) y muestran líneas melódicas rasgadas-, y a la vez lejos del minimalismo y la repetición; tiene mucho de la tradición inglesa posterior a la Segunda Guerra Mundial -la que se consolida con Britten, partiendo del post-romanticismo y concluyendo en una atonalidad flexible y apetencia por la música sagrada-, y bastante de la vanguardia casi punk de los 80, la de Michael Nyman en sus bandas sonoras. Pero también de los compositores de la Europa del Este -Górecki, Penderecki, Lutoslawski, Gubaildulina- por la manera que tiene de construir un sonido muy frágil y grave, empapado en sufrimiento y esperanza. No tanto en “St. Carolyn by the Sea”, que en sus momentos más vigorosos tiene trazos del Messiaen sinfónico en su versión más recargada, sino en “Raphael”, otro título de significado religioso y efecto balsámico hasta que entran esos arpegios claramente inspirados en Steve Reich. La música de Dessner, definitivamente, sirve de puente entre la música culta y la popular sin traicionar las expectativas de ninguno de los dos públicos, es profunda a la vez que accesible, llana a la vez que preparada para soportar varias capas de examen riguroso.

Como complemento a estas tres composiciones de Dessner, el programa de André de Ridder añade una suite de Jonny Greenwood inspirada en la banda sonora original de la película “Pozos de Ambición” ( “There Will be Blood”) de Paul Thomas Anderson. No hay mucho trabajo añadido, en realidad, y de ahí su interés testimonial: si el soundtrack original estaba conformado por 11 fragmentos, esta reducción se queda en seis -con un segmento nuevo, “Future Markets”-, y es un buen resumen de la que es, hasta ahora, la composición más compleja y tétrica de Greenwood en su faceta orquestal. Si jugamos a las comparaciones, ciertamente el lenguaje de Greenwood está más evolucionado que el de Dessner: hay mayor dominio en su escritura para romper la armonía y encontrar tensiones, para jugar con ella como si fuera un sonido ambiente que se mece entre la calma y la tormenta, además de estar menos en deuda con una escuela de composición más ‘popular’ -incluso dentro del género de la banda sonora para películas- para intentar mirar de igual a igual a maestros del nerviosismo como Bártok cuando las cuerdas se mueven a pellizcos, o Ligeti y Feldmann cuando miran desde una altura lejana, casi ascética. En conjunto, éste es un CD de programa que debería romper muchos prejuicios de los compradores de música clásica -algo que Deutsche Grammophon lleva años intentando, y en tiempos recientes con títulos valiosos como la recreación de “Las Cuatro Estaciones” de Vivaldi por Max Richter o el interesante “Spheres” del violinista Daniel Hope- y acercar a los fans del indie-rock a la majestad y belleza insondable de la música sinfónica del siglo XX en adelante.

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