Cape Dory Cape Dory

Álbumes

Tennis TennisCape Dory

8 / 10

FAT POSSUM

En Fat Possum no han podido comenzar mejor el año: editando el fabuloso “Dye It Blonde” de Smith Westerns y este maravilloso “Cape Dory”. La historia de cómo dieron con él sus autores, Tennis, es tan ideal que parece de mentira, de cuento. Da tanta envidia que a uno le incita a escribir objetivamente sobre cómo se forjó el debut y a dejar que sus virtudes se destapen solas, tocadas por esa varita mágica por la que parece bendecido el proyecto entero. Lo mejor de Tennis es que consiguen que vuelvas a creer que los sueños pueden cumplirse, al menos el americano. Y es que al matrimonio formado por Alaina Moore y Patrick Riley no le han podido salir mejor las cosas. Se conocieron cuando estudiaban Filosofía y se juraron que, al graduarse, lo dejarían todo atrás para comprarse un velero y navegar la Costa Este norteamericana. Había sido el sueño de Patrick toda la vida y, en cuanto acabaron la carrera, lo llevaron a cabo. Por entonces, principios de 2009, la pareja ya coqueteaba con la música pero decidieron aparcarlo a un lado –ya volverían sobre ella; ahora tocaba vender los instrumentos para hacer algo de dinero– y dar prioridad a su particular odisea. Aprendieron a navegar gracias a unos DVDs y al libro “The Annapolis Book of Seamanship” prácticamente sin tener ni idea de nautica y, motivados por una pareja famosa que había hecho lo propio, Lin y Larry Pardey, se embarcaron en la gran aventura de sus vidas.

En la travesía, Patrick y Alaina hicieron escala en diversos puertos, desde las Bahamas hasta Baltimore. En uno de ellos escucharon el “Baby It’s You” que Bacharach compuso a las Shirelles, y comenzaron a dibujar sobre el mapa el siguiente sueño a cumplir: escribir un disco reinterpretando a su manera el wall of sound de los sesenta. Una vez de vuelta en tierra, se pusieron con las canciones a fin de “procesar el viaje” y, de alguna forma también, para poner banda sonora al blog en el que iban narrando todas sus vicisitudes marineras. Las canciones fueron tomando el nombre de los puertos cual postales enviadas desde allí, y el nombre del velero acabó convertido en el del disco, como si fuera un hijo que hubieran tenido después de los ocho meses de recorrido. Ellos aseguran que compusieron los temas sin dejarse contaminar por otras músicas, aprovechando el aura de creatividad y frescura del que se impregnaron durante todo ese tiempo aislados. También afirman que, en principio, no pensaban publicarlos. Creerles o no es cosa tuya. El caso es que finalmente se decidieron a publicar aquello y la jugada no podría haber salido más redonda porque, más allá de lo idílico de su historia, la propuesta de Tennis llega en un momento dominado por cualquier cosa que huela de lejos a lo-fi sesentero. Si, además, cuenta con influencia del surf y el sonido de las girl-bands, el triunfo está prácticamente servido. Lo saben muy bien Camera Obscura, Summer Camp, She & Him, Best Coast e incluso The Drums, bandas todas que vienen a la cabeza al escuchar estas vacaciones en el mar.

Los preciosos temas de su EP del año pasado, “Marathon”, los pusieron en boca de todos. Aquí los completan con seis nuevos y todo se sucede parsimonioso, aireando esa metáfora del viaje siempre tan bien hallada. “Cape Dory” supura felicidad y nostalgia por los cuatro costados pero sin caer en ningún momento en la melancolía afectada del “cualquier tiempo pasado fue mejor”. El inmejorable single de avance, “Take Me Somewhere”, suelta amarras. Los sha la la de “Cape Dory”, el tema, conquistan como los cantos de sirenas de “La Odisea”. A la altura de “Bimini Bay”, Alaina y Patrick llevan ya tanto tiempo en alta mar que se ponen a recordar cuándo partieron para darse cuenta de que no recuerdan ni de dónde son. La solución está en “South Carolina”, postal de amor a su tierra, Denver, y algo así como el clímax del álbum, aquel en el que descifran la clave de toda su historia: lo importante es mirar hacia delante. El timón lo manejan siempre con pulso firme y logran imprimir al repertorio un sello particularmente coqueto gracias a otro gran acierto: esa especie de escarcha en la producción que suena incrustada en los temas y que se irá derritiendo a lo largo del metraje hasta llegar a “Waterbirds”. Por el camino, 28 minutos de suave brisa camino del horizonte durante los que los labios no se agrietan: en vez de salitre, lo que azota la cara es un irresistible azúcar pop.

Cristian Rodríguez

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