Caduceus Caduceus

Álbumes

Akira Rabelais Akira RabelaisCaduceus

8.3 / 10

Akira Rabelais  Caduceus SAMADHISOUND

Aunque ha ido publicando obras menores en estos últimos años –como un audioDVD, grabaciones de campo y un vinilo limitadísimo–, en realidad Akira Rabelais no salía con un nuevo álbum desde 2004, cuando publicara una de las joyas escondidas de la última música experimental de alta graduación emocional, “Spellewauerynsherde”, el resultado de pasar un conjunto de grabaciones de música coral islandesa encontradas por casualidad en unas grabaciones en casete –y originalmente compuestas siglos atrás, quizá en el Medievo– por los intestinos de un software diseñado por él mismo, el Argeïphontes Lyre, una especie de filtro que modifica la textura del sonido introducido hasta darle una cualidad etérea, casi transparente–. “Spellewauerynsherde” resplandecía por ser un trabajo coherente tanto en el diseño del software como en su arrebatadora aplicación práctica –no sonaba a máquina, sino a ángel–, pero sobre todo por encontrar una vía de materialización para la música envolvente lejos del ambient post-dance y de los clicks’n’cuts, y aún así lejos de las prácticas de la fusión entre solfeo y máquinas.

“Caduceus”, seis años después, viene a ser lo mismo pero cambiando la aproximación “ambient” y “neoclásica” por otras más en boga, las de “noise” y “space”. Es un disco rasposo, como un beso con barba, de escucha nada cómoda: incluso en los momentos de delicadeza el sonido parece poseído por demonios, rociado con azufre. Su composición no deja dudas: una sola guitarra –manipulada por vía informática; no queda claro si a través del Argeïophontes Lyre o a través de los clásicos pedales y los plug-ins al estilo Fennesz: tanto da– y ondas de radio de las frecuencias modulada y banda ancha. Hay una polución de estática por debajo, débil o fuerte según el momento, e improvisaciones a la guitarra que pueden aumentar la sensación de ruido o calmar las aguas. Con esta paleta de sensaciones –escueta, pero muy maleable si las manos son experimentadas–, el compositor nacido en Texas –a pesar que su nombre remita a un Japón post-apocalíptico y su apellido a la literatura barroca francesa– entrega otro disco que se escucha como si se tuviera sueño y no se pudiera dormir, o como si hubiéramos dormido pero andáramos sonámbulos por pasillos llenos de objetos con los que tropezarse, dolerse y caer. Altera y calma, enerva y pacifica el alma, siempre teniendo en cuenta los propios estados de ánimo por los que pasa el propio Rabelais, más atrapado entre la realidad y el limbo que nunca.

Si “Spellewauerynsherde” era como un disco de Sigur Rós interpretado por una banda de fantasmas líricos y blancos, “Caduceus” podría ser la banda sonora de una película de Guy Maddin, porque pulveriza las líneas fronterizas entre memoria y presente, sueño onírico y realidad palpable: el artwork, gris y sepia, desdibujado y con manchas de quemadura de luz, formas curvilíneas de cuadro surrealista, ayuda a situarse en un marco auditivo de completa abstracción espacio-corporal. También el escueto apoyo de texto, como esas líneas interiores que hablan de “time occupied by the same nature of mind, symbolism or a thing, a radiance of observation”, etc., o por los títulos de las canciones, que leídos uno tras otro componen unos versos que sugieren regiones muy remotas a las que sólo se puede llegar por la vía del pensamiento: “Seduced By Silence”, “On The Little In-Betweens”, “Then The Substanceless Blue”, “Where To Let Our Scars Fall In Love”, “With The Gift Of Your Smal Breath”, “And The Permanence Of Smoke And Stars”, “Night Dances Through Heaven’s Black Amnesia”… Como no podía ser de otra forma, hay que escuchar en clave poética. “Caduceus” se refiere a la –cito a partir del imprescindible “Diccionario De Símbolos” de Juan Eduardo Cirlot “vara entrelazada con dos serpientes, que en la parte superior tiene dos pequeñas alas o un yelmo alado […]. Los romanos utilizaron el caduceo como símbolo del equilibrio moral y de la buena conducta; el bastón expresa el poder; las dos serpientes, la sabiduría; las alas, la diligencia”. Y, por tanto, la fragilidad y la turbulencia del sonido, así como el significado del título, aluden a misterios pretéritos, mitologías abandonadas, excursiones al reino de los muertos, una exploración de lo efímero y lo inmanente del ser humano y cómo la música puede despertar nuestro lado divino –luz, inteligencia–. Y si toda la explicación alegórica te sobra, escucha sin notas a pie de página: “Caduceus” seguirá siendo un disco de una belleza terrible y una contaminación embriagadora.

Javier Blánquez

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