Butterfly House Butterfly House

Álbumes

The Coral The CoralButterfly House

6.3 / 10

The Coral, Butterfly House DELTASONIC

Paradójicamente, John Leckie (The Stone Roses, Radiohead) ha producido el sexto disco de los liverpoolianos The Coral. Decimos que suena raro, a priori, porque esta banda bebió de la psicodelia y se empacha del regusto dorado de los sesentas. James Skelly y cía debutaron con el maquillaje de Jim Morrison y se palmean la espalda con sus paisanos The Zutons, The Dead 60’s y The Basement. Empezaron bien (gracias al antiguo NME) y progresaron cero. Convertidos en una banda de la que se esperaba poco o incluso nada, con “Butterfly House” han emprendido una carrera hacia delante, casi a ciegas, y se han hundido (para bien o para mal, eso ya lo veremos) en el charco de perfume barato (peleón pero simpático) de lo retro y melancólico. De todos es bien sabido que la oferta/demanda de este tipo de producciones no es la misma que la de Lady Gaga o los (ahora completos) Take That. Los prolíficos The Coral –que pueden dar en su origen la impresión de ser una banda de amiguetes estudiantes que comenzaron a tocar inspirados por influencias poderosas a las que, quizá por incapacidad ignorante, se limitaron a copiar– llevan como mínimo cinco discos, contando el presente, haciendo exactamente lo mismo. Y las influencias se notan tanto que dejan de serlo llegados a cierto punto. Digamos, para abreviar, que se corre el riesgo de aburrir.

Salvo “More Than A Lover”, con sus dejes Bond, y el magnífico single “1000 Years” (el único tema con personalidad propia que realmente bebe (y no se ahoga) del estilo sesentero con riffs de guitarra de fondo y ecos, aquí levemente distorsionados, en una melodía inefablemente preciosa), el resto de temas deambulan entre la apología y el plagio, la defensa de los valores arreglistas mainstream y bajones de inspiración motivados por no saber llevar bien la máscara cuando la fiesta no es de disfraces ( “Roving Jewel” parece el Joey Tempest de “A Place To Call Home”, uuups). Efectivamente, los temas discurren agradables (la canción melosa mainstream “Walking In The Winter”, por ejemplo), pero nos entran temblores al apostar por ellos en sucesivas escuchas. Abundan canciones sin estribillo perdurable (o si lo prefieren, del montón) como “Sandhills” (que huele a tantas otras de época, bien hecha pero donde el timbre de Skelly se difumina entre el 80% respectivo de la población mundial), el sesenterismo pro- déja vu de la homónima “Butterfly House” o su calco de acordes que es “Green Is The Colour” (tristona e incluso un poco facilona). Son un grupo visual (los hemos oído en anuncios televisivos) y lo prueban en la preciosista y acústica “Falling All Around You”, ideal para injertar en una peli romántica. Es evidente que flirtean con el sonido-copia de gente como Denny Laine y sus The Moody Blues. Lo vemos así en “Two Faces”, donde comprendemos que únicamente Scott Walker supo hacer evolucionar la orquesta aplicada al pop-rock retro con sus (ya clásicos) discos numerados del uno al cuatro. En “She’s Comin’ Around”, nuevamente no copian, sólo lo parece, y es algo que no deberíamos notar. Es decir, deben añadir más personalidad en sus composiciones para que éstas no caigan hacia el lado de lo genérico. Si tiran hacia The Byrds, The Rascals y The Last Shadow Puppets, deben aprovechar el material para comparar qué es lo que funciona de unos y lo que no en otros (por ejemplo, The Rascals intentan hacer lo que The Last Shadow Puppets, y no lo logran, así como la banda paralela de Alex Turner sí consigue parecerse a Walker).

El problema es que la banda de Skelly ya tiene un rodaje y se le pasó el efecto sorpresa. Saben anudarse la corbata, pero les queda saber escoger el cóctel y la compañía adecuada. Quedan buenos modales y miradas matadoras, sin embargo. El empaque que les ha dado John Leckie en la producción, los escasos altibajos a favor de texturas homogéneas y coherentes (lástima los arrebatos interpretativos desacertados de Skelly), y unos pocos experimentos sonoros refrescantes (el glockenspiel en “Coney Island” juega su papel ingeniosamente como maestro de ceremonias del panorama desolado y triste de Coney Island [que imaginamos aquí desierta y con su parque de atracciones cerrado]. Además, estas sensaciones las potenciará una música final de organillo muy chula), salvan al disco y lo elevan desde una posición de fracaso relativo hasta una de querer aunque no poder. Si se compran ustedes la versión extendida, se encontrarán con un puñado más de canciones que confirman que todo entra en un grupo al que le siguen faltando los hits. A destacar la soñadora “Dream In August”, la acertada “Another Way” y la psicodélica, como rememorando sus inicios discográficos, “Circles”. Y no hagan caso de la etiqueta “versión acústica” del single “1000 Years”: los ecos y demás florituras siguen ahí. Como decíamos, para neófitos y orejas tiernas, un disco agradable y buenecillo. Para quienes piden algo más, se confirma que el peor lastre para los grupos pro-sesentas es que los que estuvieron antes lo hicieron demasiado bien. Jordi Guinart

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