Breaking The Fourth Wall Breaking The Fourth Wall

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Guillaume & The Coutu Dumonts Guillaume & The Coutu DumontsBreaking The Fourth Wall

8.3 / 10

Guillaume & The Coutu Dumonts  Breaking The Fourth Wall CIRCUS COMPANY

La portada es una cabeza que explota. De esa cabeza salpica de todo: una sustancia roja y viscosa que podría ser sangre, pero también pequeños robots, dados, trompas, bolsos de viaje y personas. El cuerpo de la persona a la que le ha estallado la cabeza viste de traje y corbata y lleva una acreditación en la solapa, así que podría ser el participante en un congreso o la metonimia visual del artista en un festival, con su pase demostrativo de identidad. Pero el cuerpo no nos interesa porque la explosión, si hay que interpretarla en relación con el álbum, es lo realmente importante. Ese salpicón quiere venir a decirnos –es una mera suposición– que la cabeza de Guillaume Coutu Dumont, canadiense emigrado a Berlín como tantos otros canadienses que hacen house, techno o derivados, está tan repleta de ideas que éstas tienen que salir por algún lado, aunque sea rompiendo las paredes del cráneo y brotando con violencia. Y esto es cierto, como se ha podido venir siguiendo en sus lanzamientos para Mutek o Hartchef –o en el primer álbum, “Face À L’Est” (Musique Risquée, 2007)–: de un disco firmado por este hombre se puede esperar cualquier cosa. Cualquier cosa buena, es decir.

Lo que más sorprendía de aquel “Face À L’Est” era la integración nada postiza de los instrumentos de viento y metal en el contexto bailable. Era una unión orgánica de sones tradicionales y ritmos trabajados con la tecnología punta inherente a la familia Mutek, aunque daba la impresión de que Guillaume no había ido todo lo lejos que le hubiera gustado. En otros trabajos suyos –los maxis para firmó bajo su alias Chic Miniature con Ernesto Ferreyra– sondeaba una vía más grotesca, una deformidad del house latino, así que las razones por las que se había echado atrás en el álbum no estaban del todo claras. Practicaba un audioturismo interesantísimo que hacía parte del viaje por tierras exóticas con un pie en la seguridad de su casa –el confort de la tecnología–, sin lanzarse a la aventura a ciegas. ¿Ha resuelto este matiz en “Breaking The Fourth Wall”? Sí, pero no. De entrada, la integración natural de los saxos, las trompetas y la percusión afrocaribeña entre bases house y minúsculos sonidos digitales es mucho más completa que antes, tan bien trabada que no es hasta pasados unos minutos cuando te das cuenta de que eso que suena, en efecto, es un saxo embutido entre beats comprimidos y de sonido limpio. Porque hay saxos por todas partes, empezando por “Mindtrap” –así como una evolución del jazz-house de corte elegante hacia terrenos barrocos– y continuando por “Can’t Have Everything”, tema en el que lo importante no es la participación vocal de dOP, sino cómo los teclados trotones, los samples de botella de anís y el fondo de techno rugoso recuerdan muchísimo al sonido de Cobblestone Jazz. Todo lo bueno se pega (en este caso).

Cuando los metales dominan el espectro sonoro de “Breaking The Fourth Wall”, se podría pensar que éste es el disco que hubiera hecho, una década más tarde, y en caso de haber evolucionado del house pijo al house serio, el desaparecido St. Germain –¿alguien sabe dónde se mete el francés?–. Lo de Guillaume & The Coutu Dumonts suena a la refundación de ese cool que funciona por igual en restaurantes con una estrella Michelin y clubes con dress code estricto y clientela por encima de los 28 años: es el disco que le hubiera gustado hacer a Laurent Garnier cuando Garnier llama a sus amigos jazzmen para que improvisen unas escalas por encima de sus filigranas en honor a Chicago. Pero si sólo fuera eso, el segundo álbum de Guillaume se habría quedado en una cosa correcta y previsible. Sin embargo, éste es un disco notable porque además del bop-house hay una infiltración delicada en músicas africanas –sección desértica– como el aire Jajouka de “32 Tonnes De Pigeons”, el downtempo con elementos de son cubano de “Radio Novela” –participa en las voces Dynamike– y ejercicios de house de la vieja escuela, sin añadidos ni actualizaciones a destiempo, como el de “Walking The Pattern”.

Es un disco notable también porque no se queda exclusivamente la suma de house, jazz y toques étnicos bien dispuestos, sino que rinde cuentas con la música de baile de su zona geográfica de nacimiento –aunque canadiense, ha tenido siempre Detroit y Chicago a tiro– y confirma que ha sabido leer de una manera conveniente la historia de la música de baile. “On The Lips” suena a versión levemente caricaturizada de Derrick Carter y sus éxtasis vocales imperativos, y por un momento pudiera parecer que la galopante “Hélicopter” pudiera ser una versión del tema de mismo título (eso sí, con k) de Plastikman –el momento “película de suspense” del final confirma que no lo es, pero no hubiera sido una mala idea–. Y para completar los sabores de un álbum que avanza en varios frentes y que no se deja definir con facilidad, Guillaume Coutu Dumont se atreve también con una desviación cósmica –que empieza schaffel y concluye como un homenaje a las guitarras planeadoras de Ash Ra Tempel en “Discothèque”, o que se deja mecer entre oleadas de ambient rotas por saxos ingrávidos en “Intermède (Breaking The Fourth Wall”, “Unwelcome” y “Décennie”– y que redondea un trabajo al que le intuyes por donde va, pero que siempre te esquiva con una finta, te descoloca y nunca te deja que vayas al mismo ritmo endiablado de sus ideas. Imagino, pues, que el house del presente debe ser más o menos esto, y me parece cojonudo.

Richard Ellmann

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