Boys Boys

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Cortney Tidwell Cortney TidwellBoys

8.1 / 10

Cortney Tidwell   Boys CITY SLANG / COOP

Si el gen del country existe, a Cortney Tidwell se le empieza a desgastar. Criada en Nashville, rodeada desde pequeña de una familia cuyo medio de vida estaba en los estudios de grabación de la meca del sonido de la América profunda, su aproximación al folk es siempre por la tangente y cada vez más circunstancial, como si el peso de la tradición le molestara. Eso le une mucho con sus paisanos de Lambchop. “Boys” resulta ser un disco más levitante que enraizado en una tierra de antepasados, y aunque las conexiones con el country están incrustadas en sus surcos, lo nuevo de Tidwell es propio de quien ha soltado amarras, ha visto mundo y ha roto con su pasado guiada por una nueva forma de vida. Afincada todavía en su ciudad, felizmente casada, pero siempre de gira y con amigos en Europa, todo lo que ha aprendido de la canción acústica ha acabado por ser más un recurso útil para ganar en matices y texturas que para vehicular un discurso. Si el primer álbum, “Don’t Let Stars Keep Us Tangled Up” (Ever, 2006), evidenciaba que el peso de los ancestros todavía era poderoso, y que, pese a ciertas capas electrónicas y algunas disonancias logradas trasteando el equipo de grabación en un estudio, la voluntad de mantenerse fiel al country era fuerte, éste ya sólo es un punto de partida. Cortney Tidwell ya no tiene en su altar a Lucinda Williams ni a Joni Mitchell –es decir, ya no es la chica con su guitarra y su pena a cuestas–, y ha decidido potenciar el otro gran rasgo que anticipó con sus primeras canciones, la voz, esa voz que tanto se compara con la de Björk.

Es björkesca la voz porque se rompe hacia arriba en las últimas palabras de cada frase, porque es aguda y porque la manda una respiración arrítmica que crea pausas allí donde no debería haber una –y creándolas, gana la personalidad de la imperfección, como la islandesa–. Es una de esas voces que, como la de Karin Dreijer – Fever Ray, The Knife–, funciona a medio camino entre el plano terrenal y el celestial, que otorga serenidad por su pausa y su calidez, pero que enerva por su falta de grano, ese grosor y gravedad que se identifica con las voces con gran personalidad. “Boys” es fundamentalmente un disco de voz, porque haya el fondo que haya, lo que acaba dirigiendo al final cada una de las canciones son sus cuerdas vocales. Y Cortney Tidwell ha optado por un disco relajado, casi chill out, en el que la forma final se decide gracias a una lucha entre lo acústico y lo electrónico.Cuando se escribe sobre Cortney Tidwell, siempre se cita a Björk –aquí también, es inevitable–, a St. Vincent –porque lo terrenal del folk desaparece en beneficio de un acabado optimista y mágico por momentos– y a veces a Joanna Newsom, aunque menos. El nombre que no aparece nunca, y el que se me antoja más claro, es el de Beth Orton: como ella en los noventa –por cierto, ¿qué fue de la larguirucha princesa de “Central Reservation”?–, Tidwell responde al modelo de chica acústica que se rodea de DJs cuando sale de casa, de gente que le pasa sesiones y a veces hasta se la lleva a un club, quizá por la misma explicación lógica que daba Orton cuando se le preguntaba por su colaboración con The Chemical Brothers: “soy joven y también me divierto”. Cortney Tidwell ha entrado en contacto con productores como Ewan Pearson –él le remezcló en trece embriagadores minutos “Don’t Let Stars Keep Us Tangled Up”–, se ha pasado al otro lado, y “Boys” no es exactamente una mezcla perversa de ambient, folk y soft-rock como fueron algunos discos de Zero 7 o incluso el primero de Air, pero sí es el disco de alguien que ha acabado disfrutando más con sus amaneceres en garitos techno que en los atardeceres en bares de carretera.

“Boys” tiene carencias, pero sus méritos juegan a su favor. La voz ha madurado, es convincente, se hace familiar, raramente se entromete con volteretas extrañas como las de Björk o Newsom; no hay que acostumbrarse. La producción es rica y variada, desde la muy lynchiana introducción de “Solid State” –perfecta para cualquier escena de noche de “Terciopelo Azul”–, a la influencia descarada de los Radiohead de “Kid A” que encontramos en “Watussi”, de la intención de hacer una bonita canción de cuna – “Son And Moon”– al folk directo de “Being Crosby”, en el que le ayuda Jim James, de My Morning Jacket. Tanto da que se tranquilice – “Oslo”, “Oh China”– o se acelere – “So We Sing”, “17 Horses”–, este “Boys” discurre como un LP coherente que pretende crear un ambiente, ser un viaje interior. Las carencias que antes mencionábamos pasan por el imperfecto engrasado de las piezas, alguna brusquedad en las transiciones, a la mejoría que se le podría dar a cada canción una por una, aun asumiendo el riesgo de estropearlas por sobreproducción. Pero el final, épica interior y explosión de corazón con “Oh, Suicide”, sirve para despejar dudas y levantar el pulgar. Tenemos nueva reina del bajón, la materia de la que estarán hechos, a partir de ahora, los pajareos y los domingos por la tarde.

Juan Pablo Forner

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