Born To Die Born To Die

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Lana Del Rey Lana Del ReyBorn To Die

6.7 / 10

lana del rey

Pongamos que hablamos en términos de lencería. “Born To Die” podría haber sido un conjunto de Agent Provocateur, pero se queda en Victoria's Secret. Es sugerente, sí. Tiene morbo, también. Dispara la libido, por supuesto. Pero no es Agent Provocateur. Pongamos que hablamos en términos de trip-hop. “Born To Die” podría haber evocado a Portishead, pero se ha quedado en Morcheeba. Es emocionante, sí. Es dramático, sí. Es melancólico, también. Pero no es Beth Gibbons ni Adrien Utley ni está Geoff Barrow soltando bases. Pongamos que hablamos en términos cinematográficos. “Born To Die” podría haber sonado en “Mulholland Drive”, pero se queda en “Drive”. Es oscuro, bastante. Es retorcido, por supuesto. Es sexy, mucho. Pero no es David Lynch. Y lo mismo ocurre con la auto definición que se ha procurado Lana del Rey: “la Nancy Sinatra gangsta”. Aquí hay poco de Nancy y mucho menos de gangsta.

Por cada momento brillante de “Born To Die”, hay dos sonrojantes. Escuchar del tirón “Blue Jeans”, “Video Games” y “Born To Die” –que dentro del disco suena arrolladora y arrebatadora, mucho más que como single de adelanto– te pone en el cielo. Lana tiene un rollazo alucinante: la entonación, la cadencia, el cómo se cree de verdad esa Nancy ‘Gangsta’ Sinatra, la forma en la que dice cosas como ese verso ultra sexy de “you fit me better than my favourite sweater”, como se lleva el dedo índice a la boca mientras canta, con esa manicura de pija que se cree chunga del gueto. Entre medias suena “Off To The Races” y después “Diet Mountain Dew” y escuchas cómo hace promesas de amor absolutas –y versos tan cool como “Diet Mountain Dew baby New York City / Never was there ever a girl so pretty / Do you think we'll be in love forever?”– y te la imaginas como a Laura Dern en “Corazón Salvaje”, fumando en un descapotable mientras come chicle haciendo pompas ruidosas, subiendo la música de pronto y obligando a Nicolas Cage a parar el coche en la cuneta y bailar dando saltos como si el mundo se fuera a parar. Y te la crees y te deshaces con cada “babe” y cada mención de amor al límite.

Pero luego llega “National Anthem” –¿la canción que más sonará el próximo 4 de julio en Estados Unidos?– y “Dark Paradise” y todo se vuelve demasiado obvio. Como un escote que se baja centímetros de más sin necesidad o como una falda que trepa demasiado arriba del muslo. Justo ese momento en que se pierde todo el rollo y se vuelve tan evidente que sonroja. Cambia la elegancia melodramática y el blanco satén por giros al pop para adolescentes que no encajan con su idea inicial, como si quisiera ser Beth Gibbons a la vez que Katy Perry. Se suceden los clichés en los versos –la chica que declara amor eterno al chico malo, la que con sus amigas la lía en las calles porque son chicas malas, la que está obsesionada con coches caros y con la que lleven a sitios sexys– y se repiten momentos que sacan de quicio, como cuando deletrea ad nauseam “dark” en “Lolita” o jadea (muchísimo) de más en “National Anthem”. Después de la reiteración de “Million Dollar Man” –más intriga, más misterio, más peligro, más clichés– llega “Summertime Sadness” que, aunque tiene un leit motiv que puede provocar un rechazo brutal (empatizar con esa tristeza veraniega que sacude el cuerpo de la chica gangsta puede ser complicado), es una de las canciones más duraderas del álbum. “Without You” y “Lucky Ones” –ambas extras en la edición especial del álbum– vuelven a resultar obvias, monótonas y sonrojantes. Las dos juegan a ser Mazzy Star, pero aquí no está Hope Sandoval.

Pongamos que hablamos de discos que prometían mucho –tanto como las promesas de amor absoluto de Lana– y que se quedan temblorosos, sustentados por unos pocos momentos brillantes. “Born To Die” es uno de ellos.

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