Born To Die: The Paradise Edition Born To Die: The Paradise Edition

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Lana Del Rey Lana Del ReyBorn To Die: The Paradise Edition

7.3 / 10

Sales a la calle y ahí está ella persiguiéndote en las marquesinas con esos suéteres apolillados que apestan a naftalina. Te sientas al lado de una reformada princesa poligonera en el metro y, cotilleando lo que está escuchando, ves que se está haciendo la profunda escuchando “Born To Die”. El fenómeno Lana del Rey ha traspasado fronteras, estratos sociales y se apoderado de un target que va mucho más allá del mariliendrismo de alto standing y sus habituales animales de compañía. En tan sólo un año ha conseguido con una receta atormentada que escapa del zorrupismo y el escándalo mediático comerse con patatas a toda aspirante a dominar la radiofórmula. La fina barrera que separa la persona del personaje (aunque tal como nos confesó en la entrevista que realizamos durante Sónar, ella afirma que lleva la batuta de todo lo que produce y su correspondiente envoltorio) ha generado una cruenta división de opiniones entre aquellos simpatizantes de su causa y esos trolls que, a la mínima, aprovechan para despellejarla. Guste o no, en tiempo récord ha conseguido algo que millones de artistas no conseguirán ni reencarnándose en mil vidas: no caer en la vacua indiferencia.

Marcándose un “The Fame Monster” en toda regla, a lo Gaga, Lana quiere sumarse un tanto navideño exprimiendo aún más si cabe ese debut que tantos ríos de tinta ha hecho correr. Si bien aquellas primeras canciones (si no contabilizamos aquel “Lana del Ray a.k.a. Lizzy Grant” del que ahora se recupera “Yayo” en clave de artista de varietés pianística con copazo de bourbon en mano) mostraban un pulso entre el trip-hop caducado y el inofensivo populismo pop (para muestra, el grower “Radio”), así como reformulaba la épica lynchiana costumbrista de una post-teen ( “Video Games”), para esta “The Paradise Edition” la que en sus inicios fuera diva viral ha decidido bañarlo todo en bruma, sedas negras como el tizón y esputos de gran calado de ese american way of life que tanto le obsesiona, aún siendo una tránsfuga no reconocida del Tea Party. Otra cosa no, pero en estos ocho temas, como gran novedad, brilla la cohesión sonora y conceptual del tormento intrínseco que corre por sus venas.

“Ride”, con esos violines que podrían haber colado perfectamente en cualquier pieza de su amigo Woodkid, no teme hacer sombra a las mejores bazas sufridas de su debut. No obstante, lo mejor del asunto es que el resto de temas de esta reedición no saben a relleno innecesario e impuesto por su discográfica. Bueno, quizás su cover de “Blue Velvet” (aquí sí que los contratos publicitarios han puesto el cheque sobre la mesa), pero más allá de eso hay miga para seguir explotando el fenómeno en su variante más sombría. Ya sea marcándose un descarado tanto en las listas de éxitos ( “Gods And Monsters”), parafraseando a Carmen de Mairena comentando que su potorro sabe a Pepsi Cola sin que se le caiga la cara de vergüenza ( “Cola”), o rematando en el estudio canciones más que conocidas por sus talibanes ( “Body Electric”), Lana del Rey ha engalanado su imaginario de la mejor forma posible. Aquellos que siguen odiando su desgana vocal es mejor que no se acerquen a estas canciones, pero sus seguidores pueden estar tranquilos: “The Paradise Edition” no es un invento para sacarles los cuartos.

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