Borderland Borderland

Álbumes

Juan Atkins & Moritz Von Oswald Juan Atkins & Moritz Von OswaldBorderland

6.3 / 10

Hoy Berlín y Detroit son dos ciudades prácticamente desconectadas, entre las que no existe un flujo de comunicación ni nutritivo ni creativo. La capital alemana es todavía la gran metrópoli del techno actual, allí donde más músicos se refugian en busca de una oportunidad o un ecosistema, y la ciudad del medio oeste americano, según indican las últimas informaciones, es un enclave arruinado que, de creer las proyecciones más pesimistas, acabará siendo una localidad fantasma, si es que su interior depauperado y cada vez más despoblado no lo es ya. En una se inventó el techno, y el techno hace tiempo que apenas existe en ella. En la otra se adoptó el techno, y el techno sigue viviendo allí. Pero hubo una época en la que entre Detroit y Berlín existía un activo puente aéreo de comunicación en el que se intercambiaban ideas, y la escena local alemana crecía y mejoraba gracias a las lecciones, consejos y visitas que los grandes maestros de la Motor City ofrecían cuando pisaban suelo alemán: Eddie Fowlkes, Jeff Mills, Robert Hood, Juan Atkins, eran frecuentes visitantes de las ruinas del Muro. Todo gracias a Tresor, mítico sello que hoy quiere renacer y que fue quien selló esta historia, no precisamente dickensiana, de dos ciudades.

Entre 1992 y 1993, Juan Atkins y Moritz Von Oswald colaboraron de manera muy activa. Magic Juan tenía entonces la vitola de pionero del techno de Detroit, ex Cybotron, dueño del sello Metroplex, autor de un reguero de clásicos que todavía hoy suenan jóvenes y revolucionarios como Model 500. Von Oswald había editado con Mark Ernestus el primer 12” de Maurizio y estaba a punto de estrenar el sello Basic Channel, con el que la historia no volvería a ser la misma, pero en ese entonces estaba trabajando con Thomas Fehlmann en el proyecto 3MB (Three Men in Berlin), en el que invitaban a algún colaborador extraordinario de Detroit para hacer un techno cósmico del que hubo un primer maxi en Tresor en el año olímpico (el mítico “Jazz Is The Teacher”) y más tarde un álbum. Es decir, la relación entre estos dos genios del techno se remonta a más de 20 años atrás, y durante todo este tiempo había permanecido prácticamente olvidada, no sólo para la gente que escucha música, sino posiblemente también para ellos. Pero no para Tresor, que ha movido hilos para volverles a juntar en el estudio.

Ahora resultaba más fácil, ya que el hermético Von Oswald lleva unos años de relax y en abierta colaboración con gente como Carl Craig o Francesco Tristano. Quizá le apeteciera también volverse a juntar con Atkins, aunque hay que tener en cuenta una cosa: si en 1992, año tierno para el techno, con tanto por descubrir, había una sintonía casi exacta entre ambos, 20 años después el uno y el otro no pueden estar más alejados. Juan Atkins es una figura absolutamente nostálgica, cuyo hito reciente más valioso ha sido la recuperación de Model 500 (con Mike Banks de UR en los teclados) para sacarlo de gira. Nada en su música ha evolucionado desde “Deep Space” (1995), es un clásico al que hay que respetar, pero cuya música se ha vuelto fósil. Von Oswald, en cambio, tiene un estatus más alto a día de hoy: a sus ejercicios de deconstrucción de la música post-romántica e impresionista en Deutsche Grammophon hay que sumar sus varios discos con el Moritz Von Oswald Trio, donde ha explorado con éxito la conexión entre improvisación electrónica y jazz. En 2013 cuesta discernir de entrada qué puede unir a estos dos músicos, y “Borderland” lo indica desde el primer momento: sólo era posible si Von Oswald se prestaba a una regresión.

“Borderland” suena como rescatado del pasado, y sin embargo es un trabajo nuevo, hecho en los últimos meses. Incluye ocho piezas de gran longitud (algunas de hasta 12 minutos), exactamente como lo eran las de 3MB en aquel primer álbum, y con una paleta de sonidos decididamente old school: mantos ambientales, beats muy picados, ecos como de sonda marina muy a lo Biosphere de la misma época, adornos que suenan como cantos de pájaro o criaturas de la noche como grillos y batracios, tan propios de The Orb. Inmediatamente, para un oyente veterano o con muchas escuchas del legado histórico del techno, un track como “Electric Garden (Jazz In The Garden Mix)” le devuelve a esos tiempos en los que las obras maestras llevaban títulos como “U.F.Orb” o nombres en la portada como Sun Electric; incluso podría ser una colección de maquetas de Atkins perdidas antes de la edición de “Sonic Sunset” (1994). Suena bien, preciso además de envolvente y atractivo; ese no es el problema –como no lo sería recuperar ninguna grabación de antaño del sello R&S, las hay tan buenas que a veces da la sensación de no haber avanzado mucho en el techno de nuestros días–. El problema es que la sensación de poca inventiva y de quedarse en lo retro te puede invadir poco a poco, a medida que el disco avanza y se sigue el mismo patrón del viejo sonido flotante de Detroit. Von Oswald es cierto que le da un toque jazz en el manejo de los teclados, haciendo que la música no fluya con una previsibilidad total, y algunos beats (acompañados del latido del bajo) están cercanos en “Footprints” a lo mejor de Maurizio (lo mejor de Maurizio en 1994, o sea), pero eso no es suficiente, o no debería serlo.

Si uno se acerca a “Borderland” deslumbrado por la conjunción astral de dos talentos, la categoría de los músicos la compensa: Atkins hace lo que sabe trabajar mejor, y Oswald se adapta al lenguaje. El viaje discurre plácido y de primeras no se nota que hay hasta tres versiones distintas de “Electric Garden” (la dub, la jazz y la techno), incluso hay un momento disonante en “Mars Garden” y otro más a lo Mills en “Digital Forest”, hasta que todo concluye con el ambient curvado y mareante de “Afterlude”. En un momento en el que ha vuelto la reverencia por Detroit, en el que al techno se le pide que sea fiable antes que arriesgado, “Borderland” no es un disco que moleste, tiene su lugar y tendrá su público. Pero la sensación de oportunidad mal aprovechada es total: de dos leyendas de la música electrónica se espera una canalización a dos bandas de ideas rompedoras, no un agradable encuentro de amigos para hacer musiquilla como en los viejos tiempos. Quizá porque no somos capaces todavía de aceptar que, cuando hablamos de una vieja gloria, la palabra importante es 'vieja', y no la otra.

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