Boohgaloo Zoo Boohgaloo Zoo

Álbumes

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7.4 / 10

Boohgaloo Zoo, Boohgaloo Zoo LOVEMONK

Cuando el bajo peta, cuando el bajo suena como los latidos del monstruo de “Cloverfield”, cuando el bajo es sudorosamente vaginal, algo se activa en el interior de todos los que amamos el funk. El cuello se nos dispara, la nuca cruje, las cervicales chirrían como goznes oxidados, nos sale un falsete gay de las profundidades de la garganta que asustaría al mariposón de Mika, los pies se disparan, sacamos la lengua como Michael Jordan antes de hundir el balón en la canasta y gritar con cara de loco: “in your face!”. Hay grupos que saben humedecer bragas con los ojos cerrados, y los amigos de Boohgaloo Zoo parecen haber nacido para tales menesteres.

Los responsables de este despiporre funkster son K’Bonus (procedente de Bélgica) y U-gene (nacido y criado en tierras holandesas, como Louis Van Gaal), dos tipos que asumen sin complejos su pasión por las grasas saturadas del funk, desoyendo los gritos de socorro de sus arterias, totalmente colapsadas por el colesterol del groove más dañino. En este mar de gordura sonora y ritmos obesos el dúo maneja con buena muñeca compuestos químicos que van directos al parietal y te recorren el perineo como hormigas hambrientas desfilando sobre una montañita de salami. No se complican la vida: bajos inflados como el trigo de los Smacks, bases de hip hop con ecos de la vieja escuela, teclados jazzies ultra cool, trompetas veraniegas, arrebatos de música disco y sudor. Mucho sudor. Evidentemente no han venido a este mundo a reinventar la electrónica, ni siquiera se plantean el objetivo de pasar a la historia, lo suyo es la fiesta, el bailoteo, el aquí te pillo aquí te mato. En estos meses de estío radical y niveles de libido insoportables, un disco tan liviano, caliente y jugoso como el que nos ocupa resulta estrictamente necesario.

Basta con empaparse de la maravillosa “Testify” para entender que esto hay que escucharlo en la piscina del hotel, margarita en mano y, si Dios quiere, acompañado de chicas calientes con biquinis subatómicos: bajo funk hinchadísimo, falsetes a lo Prince en el estribillo, ritmo trotón, chispazos disco y olor a Ambre Solaire para pieles delicadas. Leyendas actuales del nuevo funk sintético como Dâm-Funk ya tienen competencia seria, de la que piensa la música con buen gusto y disciplina. Podría considerarse el corte más clubber junto a “I Got”, otro pepinazo de toma funk y moja que se debe a las enseñanzas de Studio 54 y produce el mismo subidón que ver a Bianca Jagger montada en un caballo blanco. De todos modos, K’Bonus y U-gene no se ciñen a reinterpretar el legado de George Clinton y a vivir de las rentas. La sombra de Papa Funkster se cierne sobre todos los tracks, que nadie lo dude, el P-funk es un elemento fundamental en este meollo, pero también el rap copa un buen minutaje de calidad en el disco. El encargado de escupir es el MC de Cleveland Replife, que deja claro su poderío silábico en la trepidante “Found It”, en la relajada “Watch It” –R&B playero a ful–, en el experimento house “Tonight” –el corte más flojo del LP, debo decir– y en la canción más street y disfrutable de todo el disco, “No Joke”, cuatro minutos de rap-funk celebratorio con scratches del enorme turntablist belga DJ Grazzhoppa y vientos de los hermanos Martín y Josué García del grupo madrileño Speak Low. Por cierto, en los momentos más instrumentales, imprescindible “Dead Wood”, un tornado cinematográfico de película de gángsters de los 70 para rubricar un disco que es como un anuncio de Coca-Cola, pero con tías en pelotas y barriles de ron para los cubalibres. Esperad, alguien nos dice algo a través de los altavoces… “Buenas noches, bienvenidos a Funkadelic Airlines, les habla el comandante de vuelo: abróchense las bragas y siéntase libres de ponerse en top-less, señoras, parece que vamos a despegar”. Óscar Broc

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