Body Talk Body Talk

Álbumes

Robyn RobynBody Talk

8.6 / 10

Robyn Body TalkKONICHIWA / UNIVERSAL

Hubo un tiempo en el que Vicky Pollard trascendió su naturaleza de personaje de ficción para convertirse en deporte nacional (en la pequeña Gran Bretaña, pero también en otras tierras). A poco que te engancharas a “Little Britain”, lo más normal era que tarde o temprano acabaras respondiéndole a alguien con una retahíla de “yeah but no but yeah but no but yeah” que era igualmente aplicable a situaciones tan dispares como “¿te apetece cenar fuera?”, “¿eres fan de Sánchez Dragó?” o “¿te ha molado el final de “Lost”?” Sea como sea, como todo virus, al final acaba remitiendo hasta que hay algo que le hace volver con fuerzas redobladas. Esto es lo que me ha pasado con “Body Talk”, de Robyn: que ha provocado que la troni británica me haya vuelto a golpear como una nueva cepa de gripe africana transportada por mosquitos tigre. Éste es un álbum que, inevitablemente, causa síntomas de vickypollardismo en las primeras escuchas: se empieza por un atolondramiento dubitativo y, una vez aplicados los medicamentos necesarios, se sigue con un subidón espitoso en toda regla.

La primera vez que le das al play es inevitable que sobre tu cabeza se forme un mayestático “yeah”: nadie va a negar que la escucha inicial deslumbra con más eficacia que la adicción a los delirios bling-bling. Los hits se suceden uno tras otro y, antes de que hayas llegado a la quinta canción, estás deseando tener a mano una bombona de oxígeno para encarar con fuerzas lo que está por venir. Pronto, sin embargo, te das cuenta de que aquí hay cierto regusto a “but no”: ya has escuchado esto antes. De hecho, dos tercios de “Body Talk” ya te los sabes de memoria a poco que hayas prestado un mínimo de atención en el último año: de las quince canciones de este álbum, cinco pertenecen a “Body Talk Pt. 1” y otras cinco a “Body Talk Pt. 2”. A principios de 2010, Robyn Carlsson prometía que en estos doce meses se sacudiría de encima la modorra de los últimos tiempos (ya habían transcurrido casi tres años desde “Robyn”, su anterior trabajo) plantando sobre la mesa tres discos. Al final lo ha conseguido, pero con una pequeña trampa: como se puede advertir desde el título de esta tercera entrega (que se distribuirá directamente sin el “Pt. 3” como apostilla), “Body Talk” elimina la morralla (o lo que la sueca considera morralla) de aquellas dos primeras referencias en un ejercicio de depuración refinadísima que acaba arrojando como resultado un greatest hits en toda regla.

Superados los brillos clubbers y noctívagos de la primera escucha, es hora de ponerse en serio y empezar a pensar en perspectiva: ¿cómo funcionan todas las canciones (nuevas y viejas) en conjunto? De nuevo, el “yeah” es inevitable: Robyn ha sudado de los baladones y se ha concentrado en la drogaína musical. Incluso los momentos más pausados ( “Hang With Me”, “Call Your Girlfriend”) acaban quebrándose con sordos catacracs que dejan al descubierto las aristas dance de los temas. De hecho, “Body Talk” parece estructurarse por secciones que exploran las diferentes caras de la música de baile concebida como cubo de Rubik. Los seis primeros temas se embarcan en una reformulación de las bases del electro-divismo de última generación a la que sigue un interludio de dos canciones que deberían caer sobre ciertas wannabes como una lección de ñoñería inteligente y bien entendida. Casi en el centro del álbum, Robyn se desliza pendiente abajo hacia los sótanos del chonismo más hardcore y trallero, aquel de pirubí-pirubís que piden rulas a gritos y chunda-chundas capaces de petar vasos de cubata en las manos de los despistados. Finalmente, las cuatro últimas canciones son una especie de “todo vale” en el que cabe desde el sello Diplo en “Dancehall Queen” hasta la elegancia pop a lo Kylie en “Stars 4-Ever”. Pese a todo, hay tramos que funcionan más que otros (el final es ciertamente disperso) e incluso hay incongruencias en el orden de los temas (¿no había quedado suficientemente claro que “Don’t Fucking Tell Me What To Do” era uno de los mejores temas de apertura de la historia reciente?) Así que, con la boquita de piñón, susurramos “but no”.

Como toda repetición compulsiva de dos conceptos que se entrelazan, este “yeah but no but yeah but no but yeah” tiene que acabar en uno de los dos extremos: en “yeah” o en “but no”. Ahí es donde hay que rendirse a la evidencia de que, si existiera una agencia inmobiliaria del mundo musical, el precio que tendrían que plantarle a “Body Talk” sólo sería asequible para cachorros del Upper-East Side. Así de fuerte es la concentración por metro cuadrado de hits en este disco. Entre las nuevas canciones hay perlas incontestables como esa “Indestructible” (la misma que aparecía en “Body Talk Pt. 2” en versión acústica) que hace gala de una épica trotona con delirios de héroe medieval y de una utilización de las palmas rayana a la perfección; o “Time Machine” (con producción de Max Martin) y su planteamiento de una línea temporal paralela en la que Britney nunca llegó a confundir el garrulismo recalcitrante con la dureza clubber de las cinco de la madrugada. El resto de joyas ya se conocen: la refinación de beats a lo New Order en “Love Kills”, el emo-dance sintético de “Dancing On My Own”, el Faithless meets Kelis de “None Of Dem (Feat. Röyksopp )”.

Todo bien arropado por la dotación de la sueca para unas letras inusualmente inteligente si tenemos en cuenta el panorama de las electro divas: aquí hay sobradísimas declaraciones de intenciones como la de “Don’t Fucking Tell Me What To Do” o líneas tan demoledoras como “ none of these boys can dance, not a single one of dem stand a chance / All of dem girls are mess, I’ve seen it all before, I’m not impressed / None of dem get my sex, none of dem move my intelect” en “None Of Dem”. En casi todas las canciones de Robyn parece que la tipa te está dando un caramelo picante camuflado bajo un envoltorio de Werthers Original: cuando habla de amor va dejando caer que no es tan buena como parece, y cuando habla de la pista de baile lo hace como si la escrutara desde unas alturas que quedan (muy) por encima de la cabina del DJ e incluso de la zona VIP. ¿Una loba con piel de cordera? Algo así.

Ya ha quedado dicho: “Body Talk” es como un cubo de Rubik. Como tal, los colores que deberían estar ordenados uno por cada cara se van entremezclando para conformar combinaciones sorprendentes y estimulantes. Nada es lo que parece en el álbum de Robyn. Bueno, sólo una cosa es lo que parece: que esto es un greatest hits tremendo. Y, por ello, la repetición compulsiva no puede acabar en “but no”. No. Esto termina aquí y ahora en un “yeah” gigantesco como una casa. O, más bien, gigantesco como la catedral del sonido.

Raül De Tena

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