Body Talk Pt.2 Body Talk Pt.2

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Robyn RobynBody Talk Pt.2

8 / 10

Robyn Body Talk Pt.2

KONICHIWA-UNIVERSAL

No se estaba marcando un farol, aunque muchos pensaran que sí: Robyn vuelve a la carga con la segunda entrega de la trilogía “Body Talk”, ahora con ocho temas nuevos. No nos consta que la responsable ideológica de que la diva sueca haya apostado por este formato sea Lady Gaga –la sombra de “The Fame Monster” está siendo alargadísima–, pero algo de ese poder de concentración sí que hay. Se agradece, pues, la inmediatez de este planteamiento de disco breve y sin paja a prueba de comportamientos del tipo “arrojar a la papelera de reciclaje todos los desechos que rellenan la mayoría de los álbumes de otras figuras del pop empeñadas en torturarnos con morralla olvidable”. Si no, que se lo digan a XTina –que ni juntándose con Cher en esa futura joya del cine thrash titulada “Burlesque”, película llamada a acabar en nuestras estanterías al lado de “Crossroads”, va a conseguir que cambiemos de opinión sobre “Bionic”– o Katy Perry, que podrá tener mucha teta pero, a juzgar por “Teenage Dream”, muy poco talento.

Estaba yo el otro día de tertulia en un bar con otros simpatizantes de la secta del pop despreocupado y algunos de los allí presentes le achacaron a “Body Talk Pt.1” una descarada falta de cohesión. Es decir, no todos opinaban que ese buffet libre de pop, dancehall y baladas pasionales (cantadas incluso en sueco, que queda exótico) casaran a la perfección. El tema es que precisamente era en esa descoordinación donde radicaba toda la gracia del álbum. Para los detractores de la rubia, por tanto, tranquilidad: “Body Talk Pt.2” es mucho más urban, deslenguado y bailable que su predecesor. Como si estuviera bajo los efectos de una sobredosis de taurina –con la única excepción de “Indestructible”, la balada orquestal que cierra el disco y que, como ocurriera con “Hang With Me”, tiene todas las papeletas para ser la piedra angular de la tercera entrega, que saldrá dentro de en unos meses y que la auguramos sobrada de épica–, Robyn continúa demostrándonos que en estos momentos se encuentra en la cumbre de la sofisticación mainstream. Por lo menos cuando tira de las bases electro, con las que consigue, en los primeros cuatro cortes inaugurados por la premonitoria “In My Eyes”, un machaque neuronal y una sudoración pop –que no R&B– con los que dejar tranquilas por fin a vacas sagradas como Björk (y así ahorrarse, en el futuro, contemplar cómo usurpan sus himnos en directo.

A diferencia de la primera parte, que contaba con Diplo y Röyksopp como productores invitados, es en esta ocasión Klas Åhlund quien maneja los mandos de todos los cortes de “Body Talk Pt. 2”. El trabajo, en conjunto, sufre de un problema: ninguna de las canciones puede (ni podrá) hacernos olvidar “Dancing On My Own”. Está “Hung With Me”, por supuesto, pero es un título que se encuentra lejos de aquel sublime ejercicio de melodrama noctámbulo con el que Patrick Berger consiguió que nos quedáramos sin habla durante días. Puestos a escoger una melodía sucesora, escogeríamos “Love Kills” sin pensarlo. Esto es precisamente lo que Robyn tendría que haber explotado en la totalidad del álbum: un estribillo repetitivo y tan edulcorado que es una bomba de destrucción masiva para la diabetes, unas voces dignas de la música dance más hotentote y una melodía tan pegadiza, sobradamente efectista, útil para exudar todos los fluidos habidos y por haber en la pista de baile. Básicamente, la oyes y resulta imposible estarse quieto en casa mientras la oyes.

Alguien debería decirle a nuestra querida escandinava, de todos modos, que no vuelva a intentar emular a Britney Spears –es el caso de la insignificante “Criminal Intent”– o adoptar a Snoop Dogg en “U Should Know Better”, la que ya es su segunda colaboración con el pimp después de la desternillante broma de “Sexual Eruption”. En el mainstream americano se le sigue viendo como un bicho raro del pop, y le va a costar calar en él: si no enseñas un buen muslamen, allí saben hacerse los suecos mejor que nadie. Pese a esto, nadie puede restarle méritos a Robyn; está en una posición privilegiadísima dentro del espectro del panorama musical. Sabe de quién rodearse, no intenta vender ninguna pose postiza y, encima, sirve un buen puñado de canciones que superan la media teniendo en cuenta la escasa calidad de mucho pop de consumo y populista vomitado en los últimos años. Por ahora, habrá que esperar unos meses para escuchar la tercera entrega y hacer un balance exhaustivo del “Body Talk” completo, pero el camino es el bueno. Podemos estar, por tanto, satisfechos. Lo que tenga que venir ya será una generosa propina.

Sergio del Amo

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