B.o.B. Presents: The Adventures Of Bobby Ray B.o.B. Presents: The Adventures Of Bobby Ray

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B.o.B. B.o.B.B.o.B. Presents: The Adventures Of Bobby Ray

6.4 / 10

B.o.B.  B.o.B. Presents: The Adventures Of Bobby Ray ATLANTIC-WARNER MUSIC

Bobby Ray, conocido artísticamente como B.o.B., es un claro y meridiano ejemplo de producto nacido a rebufo del rap metrosexual, pero con una variante que le desmarca del subgénero, quizá más sofisticado y urbano, y le acerca a mayores cotas de repercusión comercial y popular: ni más ni menos que el concepto AOR. Este rapper de Atlanta, apenas 21 años y ya en la cima del mundo, podría haber inventado, o en el peor de los casos reformulado y perfeccionado, el AOR-rap a lo largo y ancho de “B.o.B. Presents: The Adventures Of Bobby Ray”, quintaesencia de la idea de crossover en un contexto hip hop y explícita declaración de intenciones pop. Si Kid Cudi, Wale o Lupe Fiasco han intentado, con éxito desigual, captar la atención del sector indie, de cierta estética e idiosincrasia Vice vía Pitchfork, Bobby Ray amplia un poco más su campo de batalla y habla de tú a tú, sin escrúpulos, a la última generación emo y al teenager mainstream medio.

Y aunque en sus primeras apariciones musicales y alguna mixtape de avance podíamos pensar que B.o.B. tenía futuro prometedor como nueva estrella de ese rap que flirtea con estilos y estéticas refinadas, lo cierto es que en su puesta de largo oficial para una multinacional el MC se reivindica como una revisión algo hortera y azucarada de los Outkast más comerciales, pero sin el torbellino funk ni la negrura militante de estos. Todo mucho más diluido, triturado y pensado para un perfil de público masivo más orientado al pop y el rock que a la música negra. Por suerte, Bobby Ray sabe cómo positivar esta declaración de intenciones y pergeñar un clarísimo disco de verano, de disfrute inmediato y fugaz que compensa su producción lujosa, ñoña y evidente con cuatro o cinco hits inapelables. Una dualidad que invoca al mejor-peor AOR: por un lado, la sensación irrefrenable que tiene el oyente de que se le está vendiendo pachulí urban, sobreproducción de fórmula, mainstreamazo de manual; por el otro, la todavía menos irrefrenable sensación de que, pese a todo, y por mucho que seamos conscientes de lo que hay, por mucho sonrojo que nos produzca su escucha, una parte del contenido es más efectiva e incontestable que el Ibuprofeno.

“Nothin’ On You” tiene puntos casi limítrofes, o sin el casi, no le quitemos peso, con Savage Garden o Lighthouse Family, incluso te hace pensar en Coldplay y Kanye West, a la vez, todo mezclado, y te quedas unos segundos diciéndote a ti mismo: “esta moñada se pasa de cursi, pero es un hit de mucho cuidado”. Ésa es una sensación que se repite en algunos momentos más del recorrido. Por ejemplo, “Airplanes”. Sabes a ciencia cierta, porque intuyes y desenmascaras todos los tics posibles de una canción azucarada y fácil, que esto es un hit de usar y tirar que está más cerca de Alanis Morissette o Nelly Furtado que de Lupe Fiasco, que huele a chamusquina AOR, pero aun así claudicas. Será una mierda, pero como canción de verano a ver quién la discute. Y está claro que pese a todo lo arriba apuntado, esta fórmula de hit estival es más sólida, fresca y consistente que el concepto más tradicional, verbenero y latinizado que tenemos de este tipo de éxitos instantáneos y con fecha de caducidad. El colmo de este cruce de caminos entre el paladar y el oído lo firma “Magic”, con voz de Rivers Cuomo, cantante de Weezer. Puede llegar a provocarte vergüenza ajena esa producción de grupo pop teenager, o ese estribillo con scratches digitalizados, o esos teclados infames a modo de soporte melódico, pero difícilmente le puedes discutir su capacidad para mezclar el pop y el rap con una efectividad insultante que puede aspirar a comerse las listas de ventas de medio mundo. Y algo parecido se puede decir de “The Kids”, que puede alardear de estribillo fulminante y de atributos para captar la atención de un público blanco poco familiarizado con el hip hop.

El problema es cuando Bobby Ray no consigue equiparar los tics más sabidos y asimilados de una gran producción con canciones inapelables que puedan sufragar esos defectos de fábrica. “Lovelier Than You”, “Ghost In The Machine” o “5th Dimension” no tienen el punch de los hits y eso se nota, empobrecen el recorrido, le restan fuerza a la pegada melódica de sus aciertos. E incluso nos topamos con auténticos pastiches kitsch como “Don’t Let Me Fall”, guitarrazos mediante, que no podría salvar ni el mejor estribillo del año. Todos ellos parecen episodios de relleno, trámites para completar el disco, y en el caso de “Bet I”, con T.I., o “Fame”, se entiende rápidamente su condición de cesiones deliberadas a la vertiente más rap de su discurso y los inevitables peajes geográficos para resaltar su origen sureño. La decepción no viene dada tanto por el trayecto irregular y desigual de este debut, sino quizá porque a priori se esperaba otro tipo de puesta de largo. Intuíamos su proyección pop, pero sinceramente no se esperaba tanta entrega mainstream, tanta obsesión crossover, tantos intentos de caer en gracia a la masa. Letrista interesante aunque todavía muy verde, y la juventud no es excusa ( Fashawn, holla!), artista polivalente, personalidad al alza, B.o.B. no es, ni de lejos, el nuevo Lupe Fiasco o el nuevo Kanye, como se habían aventurado a pronosticar algunos, pero con solo un disco ha demostrado tener la visión de juego y la ambición de una estrella pop, con todos sus vicios y virtudes. A ver cuánto le dura. David Broc

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