Blues Funeral Blues Funeral

Álbumes

Mark Lanegan Mark LaneganBlues Funeral

6.4 / 10

Mark Lanegan no salía solo a darse una vuelta por las calles más oscuras de sí mismo desde 2004, cuando publicó aquel “Bubblegum”, su más grande éxito comercial hasta la fecha. Desde entonces, se ha dedicado a colaborar con Isobel Campbell, Queens Of The Stone Age, Soulsavers y The Gutter Twins, y en cada uno de estos proyectos, Lanegan se ha ido diluyendo, ha sido cada vez menos Lanegan. La proyección vocal del ex Screaming Trees, la fuerte personalidad artística que se intuye detrás de ese aspecto de lobo de mar y sus melodías oscuras de gruta alcoholizada, dan para muchos argumentos musicales. Y da la sensación de que con Lanegan uno siempre se va a quedar con ganas de más, ya sea porque hace discos cortos o muy espaciados en el tiempo, o porque da la sensación (también) de que sería perfectamente capaz de componer más si alguien fuese capaz de clavarle a la guitarra y encerrarle en una habitación.

La cuestión es que su esperadísimo regreso al territorio frontman, “Blues Funeral”, parece una consecuencia de tanta colaboración: es un disco extraño, variopinto, a ratos discotequero, a ratos demasiado suave, casi adormilado. A pesar de que la línea argumental sigue siendo la oscuridad (una especie de folk noir) y las atmósferas crispadas (algo que logra en parte en “The Gravedigger’s Song” y “St. Louis Elegy”, la pieza más fiel a “Bubblegum”), es evidente que Lanegan trata de cambiar de registro, tímidamente, y transitar por derroteros preciosistas ( “Harborview Hospital”, por ejemplo, tiene unas guitarras envolventes y una estética que recuerdan a todo tipo de grupos excepto, precisamente, a Lanegan). Si “Bubblegum” era un ejemplo de magia negra vocal y auténtica, “Riot in my House” es un disfraz de mago vacío y carnavalesco. Tampoco sirve de mucho que Lanegan se abone ahora el rock más potente ( “Quiver Syndrome”), o se convierta en un Tom Waits de juguete (en “Leviathan”). Sigue pareciendo un perro domesticado ( “Gray Goes Black”), por muy uptempo que se ponga en “Ode To Sad Disco”. A estas alturas, Lanegan no debería andar experimentando con la electrónica ( “Tiny Grain Of Truth”), ni sonar tan diáfano, ni jugar a pretender que su alma ha salido de una especie de reformatorio. Porque sigue debiéndose a los medios tiempos angustiosos ( “Bleeding Muddy Water”), a las canciones de amor herido más corruptas y a la soledad extrema. No le deseamos que se acabe convirtiendo en otro de esos artistas de cabecera cuyos discos nadie es capaz de escuchar enteros.

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