Blue Songs Blue Songs

Álbumes

Hercules & Love Affair Hercules & Love AffairBlue Songs

5.5 / 10

MOSHI MOSHI

Hay una forma infalible de evaluar cualquier disco con pretensiones bailables. Bauticémosla como “la prueba del gimnasio”: escuchar un álbum mientras corres en la cinta, te peleas con los steps o te dejas los intestinos enredados en los pedales de la bicicleta estática. Si la colección de canciones funciona, el workout se hará más llevadero. Por el contrario, cuanto menos bailable sea el disco, más patente se hará tu cansancio, instándote a intentar coger el iPod con tus manos sudorosas y buscar algo más apropiado. Si nos curramos una escala del 1 al 10, está claro que en el 10 estaría una lista de reproducción que te montes tú mismo y en el 9, sin lugar a dudas, cualquier trabajo de LCD Soundsystem (que, desde que se marcaron el “45:33”, nos hicieron descubrir que su música es perfecta para el running). Entonces, ¿en qué posición de esta escala se situaría el nuevo “Blue Songs” de Hercules & Love Affair? Incurriendo en la broma fácil, será mejor que no corramos.

Empecemos, mejor, por considerar en qué posición de “la escala de la prueba del gimnasio” (vamos complicando las cosas) se situaría “Hercules & Love Affair” (DFA, 2008), el debut de Andy Butler y su cohorte de divas transgenéricas. Porque aquello nos entró con la fuerza del pepinazo “Blind”, pero también es cierto que después nos costó admitir que el conjunto era más bien un globo hinchable con silueta de verdura fálica. Con forma de pepino, evidentemente, pero algo más blandico de lo que muchos habríamos deseado. Eso sí: el álbum pasaba con creces la mencionada prueba deportiva y te iba pegando subidones de adrenalina que se agradecían cuando estabas a punto de dejarte llevar por los steps y acabar con la cadera descoyuntada. Lo mejor de todo era que teníamos una coartada la mar de resultona: por aquel entonces, se habló mucho de nu disco en una voluntad de lavarle la cara a un género que ya llevaba un tiempo queriendo ser resucitado.

Pero vamos a lo que vamos: pulsamos el play de “Blue Songs” justo cuando empezamos a correr en la cinta. Lo primero que nos salta a los oídos es “Painted Eyes”, un tema de bruma discotequera punteada por violines espaciosos, perfecto para los primeros minutos de calentamiento justo antes de que te animes y empieces a subir la velocidad de marcha al ritmo de “My House”, un primer single en el que quedan al descubierto los entresijos de la canción perfecta de Andy Butler y compañía: toques de electrónica mínima (que no minimalista) chocando contra bases impregnadas de aquel disco que consiguió que el funk se revistiera de cristalitos diminutos como una bola de espejos, vozarrón de diva andrógin@ y todo un conjunto de horterísimos injertos vocales ( “c’mon” y algo parecido a “kiddo” o “get up” o algo así) que recuerdan a los 80 y a cuando los artistas eran menos vergonzosos a la hora de hacer el canelo delante de un micro. Todo en pos del baile. El problema es que, a continuación, llega “Answers Come In Dreams” y empiezas a sentir cómo tus músculos están empezando a cansarse de que les machaques: es un tema en el que se pueden vislumbrar fogonazos de proto-electrónica trotona sin alejarse del disco más recalcitrante. De hecho, es una composición fardona, pero alarmantemente falta de ese riesgo necesario para mantener una atención educada en la cultura de hedonismo de club y, por lo tanto, demasiado dependiente del factor sorpresa o de una disposición rítmica pluscuamperfecta.

A partir de aquí, el aburrimiento. Lo que en “Hercules & Love Affair” estaba repleto de buenas nuevas ideas a la búsqueda de sonoridades vintage bañadas en una lluvia de glitter posmoderno, en “Blue Songs” se convierte en una concatenación sorda de lo que deberían ser las (algo soporíferas) caras B de todos aquellos temas. No hoy emoción. No hay sobresaltos. Sólo hay un par más de temazos que consiguen levantar un poco el ánimo. “Falling” encandila con mucha dulzura pero poca contundencia gracias a su acercamiento náutico (¿o no son las trompetas una referencia bastarda al opening de “The Love Boat”?) a aquel house de finales de los 90 que tanto mamó de las mismas fuentes de las que siempre ha bebido Butler. Y, casi cerrando el álbum, “Visitor” se erige como el faro que debería guiar las próximas aventuras de Hercules & Love Affair: alejándose de las aguas ya conocidas, el tema se adentra en un mar opaco en el que la negritud brillante de la Grace Jones más (night)clubbera refriega sus piernas, lúbricamente, contra las sabrosas migajas que quedaron tras el festín del mejor electroclash (que también existió). Todo aderezado, de nuevo, con el rollo hedonista del house de finales de los 90.

De hecho, si algo certifica “Blue Songs” es que lo que quisimos ver en “Hercules & Love Affair” no fue más que un espejismo y que, muy probablemente, más que renovar el disco de los 70, Butler se quedó encallado en el revival de ese estilo por la vía del house de finales de siglo XX. Queríamos DFA pero nos hemos de conformar con Ministry Of Sound. Más que rescatar viejos vinilos enterrados bajo el polvo de algún sótano neoyorquino, al final resulta que lo de Hercules & Love Affair es más parecido a la banda sonora de “54”: una recuperación oportunista aunque, eso no lo niega nadie, efectiva. Ni la versión del mítico “It’s Alright” que Pet Shop Boys expoliaron sublimemente a Sterling Void (y de la que no hablaremos más aquí y sólo dejaremos caer una palabra: devastación) ni la aparición estelar aunque anecdótica de Kele Okereke consiguen subir el nivel de “Blue Songs”. Más que intentar repetir la jugada de Antony y “Blind”, Butler debería plantearse explotar el filón encontrado en la sensualidad cerda y arrabalera de Aerea Negrot, que sin duda proporciona los mejores momentos vocales del álbum.

Y entonces llega el momento de responder a la pregunta del principio: ¿en qué posición de “la escala de la prueba del gimnasio” se encontraría “Blue Songs”? La verdad, no lo sé. Hace rato que lo quité y me puse a Discodeine.

Raül De Tena

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