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Beach House Beach HouseBloom

9.4 / 10

Al igual que Burial, Arcade Fire, Kanye West, Animal Collective o LCD Soundsystem, Beach House se han convertido en todo un emblema musical. Su nombre evoca una importancia mayor que la de sus propios discos, los cuales, más que colecciones de canciones al uso, han pasado a ser experiencias religiosas colectivas. Además, el embrujo de su música resulta particularmente cautivador dado el carácter hipnótico, etéreo, narcótico que desprende. Victoria Legrand y Alex Scally comenzaron a perfilarlo en mayúsculas en “Devotion” (2008), alcanzando su consagración en el histórico “Teen Dream”, editado hace poco más de dos años y un disco del que dije en su momento que se trataba del definitivo de Beach House. Me equivocaba. El disco definitivo de Beach House es éste que tienen delante, se titula “Bloom” y, vista la capacidad de superación que pone sobre la mesa, ni siquiera le permite a uno tenerlas todas consigo al asegurar que sea invencible.

El cuarto trabajo del dúo de Baltimore era, desde su anuncio, uno de los lanzamientos más esperados de 2012 y, dada su temprana filtración, ha acabado por convertirse en uno de los grandes anticipados. Desde hace casi dos meses viene girando infinito en miles de hogares, pero la fecha inicial elegida por sus autores para que todo el mundo lo escuchase legalmente era ésta, mediados de mayo, época en que las flores ya han comenzado a reventar y el sol a picar en la piel. Aunque, en realidad, todo eso puede dejarse a un lado. Poco importan fechas y plazos frente a una obra de arte así de atemporal. Una obra que, aunque lo de atemporal apeste a tópico, sobrevuela muy por encima de tiempos y escenas que la constriñen para revelarse como una enemiga absoluta del desgaste. Someterla a continuadas escuchas es echar el ancla en un espacio ultraterreno. Sus conmovedoras virtudes se interiorizan al instante. Y la grandeur que despide eclipsa los sentidos.

Pero dejemos a un lado el piropo maximalista e intentemos explicar el impacto de “Bloom” con los pies en el suelo. La pregunta que se hace todo el mundo es: ¿es igual de bueno que “Teen Dream” o es todavía mejor? Para mí son como dos discos hermanos y, cual padre ante sus hijos, me resulta imposible escoger cuál quiero más. Éste (¿el hermano mayor, quizá?) comparte gran parte de los rasgos físicos de su antecesor, aunque en ningún momento eso deba traducirse en estancamiento ni siquiera en repetición de la fórmula. Al contrario. Los detalles pueden pasar desapercibidos (entre otras cosas porque tenemos “Teen Dream” muy grabado a fuego en la memoria y su imagen corre el riesgo de haber sido magnificada en exceso frente a la de “Bloom”), pero si escuchamos ambos trabajos intercalados veremos cómo la luz de éste resulta más cegadora, abrasiva casi. Alex no podía haberlo expresado mejor cuando recientemente nos confesaba que los temas del grupo pasaban aquí de ser planetas a convertirse en galaxias. Otros han definido a “Bloom” como un “Teen Dream” hasta arriba de esteroides, y bastante de eso hay también. El caso es que el tono parsimonioso e incluso la secuenciación remiten a ensamblajes ya conocidos, mas las estructuras parecen complicarse un grado, la producción ganar en robustez y los crescendos explotar ahora con una envolvente apabullante.

El sonido de “Bloom”, a base de esa característica mixtura de los de Baltimore entre psicodelia lujosa, dream-pop de duermevela y shoegaze translúcido, gana en empaque y vivacidad. También en sensibilidad. Cada tema es un manantial de estados emocionales. El conjunto se proyecta hacia una inmensidad musical casi imposible de aprehender y, en contraste con la cercanía de su poesía universal, acaba por generar un contraste exquisito entre lo íntimo y lo abismal, entre lo quebradizo y lo grandioso. Ya el título, “Florecer”, puede leerse como símbolo de la fragilidad, un espacio emocional diminuto desde el que comenzaríamos a abrir el arco hasta llegar a alcanzar los confines del universo. “Myth”, primer corte, se encarga de situarnos en el cosmos ( “Found yourself in a new direction / Aeons far from the sun”), lejísimos como estamos de esa figura tan recurrente en los textos de Beach House como es el astro rey. En “Wild”, la referencia a la naturaleza es más directa (la propia madre Tierra es la salvaje), y con “Lazuli” se redescubre otro escenario común en el ideario de la banda, el mar, símbolo de la eternidad recurrente en temas antiguos como “Saltwater” y “Turtle Island” y al que volveremos más tarde en este mismo álbum. Será en “On The Sea”, un corte cuyos versos finales ( “The world becomes / And swallows me in”) resultan esclarecedores al ser escuchados justo antes de que una majestuosa ola de sintes devore literalmente a Victoria. El efecto conseguido es metafísicamente magistral.

Victoria es la responsable de las letras y, dada su aversión a las entrevistas promocionales y al cripticismo de su lírica, resulta tentador desentrañar los significados que ha escondido esta vez en las canciones. Otro concepto que le atormenta, según ha declarado, es el hecho de haber tomado hace poco conciencia del paso del tiempo. Como todos nosotros, Victoria sabe que rescatar el pasado es imposible en el plano de la realidad, pero no lo es en el mundo de las ilusiones y menos en un disco de Beach House. Su empeño por recobrar el tiempo perdido lo encontramos también plasmado en la letra de “Wild” ( “Can I believe in how the past is what will catch you”), aunque quizá el momento de mayor hermosura a este respecto se localice en “ The Hours”, donde la persona protagonista busca ser rescatada –no queda claro si de un tiempo o de un lugar– pidiendo a su salvador que otee el paisaje desde las alturas para encontrarla: “Climb up to the tower / So that you can see / All across the hours”. Por su parte, “Wishes” es un corte que evoca aquellas cosas que pasan una sola vez en la vida, a aquellos amantes imposibles de reemplazar por otros. Se llora en él por la irreversibilidad del tiempo pero sólo después de que “New Year” nos haya vacunado contra la nostalgia enseñándonos a proyectar recuerdos en el futuro.

Derivando conclusiones, abstrayéndonos dentro de este torrente de hermosura, descubriremos cómo la imposibilidad de rescatar el pasado acaba obligando a Alex y Victoria a recrear dimensiones paralelas. Ellos mismos lo han subrayado varias veces al mencionar como eje del álbum “el poder insustituible de la imaginación” o el que es el tema por antonomasia de “Bloom”, la irrealidad. Ahí parece descansar la filosofía de Beach House, en un limbo quimérico que, recordemos, les hizo inscribir la palabra ‘dream’ en el título de su anterior obra maestra y al que aquí se alude en varias ocasiones a lo largo del metraje. La sensación de habitar un mundo ilusorio reaparece guadianesca entre las estrofas, como si se tratase de un espectro. “It's never as it seems”, oímos en “Myth”, “Feel it isn’t real” en “The Hours”, “Is it even real?” en “Wishes”... El enigma sólo parece resolverse en “Irene”, demoledor final sostenido por una terca guitarra que pareciera no querer dejar al disco ir. “There’s no mystery at all”, dice una de sus pocas líneas antes de que los últimos versos sentencien: “It’s a strange Paradise / You’ll be waiting”. Uno se queda embelesado ante tal final, pellizcándose ante tal despliegue de sublimación sónica y lírica. Parece que es hora de despertar. Ya viene el sol.

Myth

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