Black Sea Black Sea

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Fennesz FenneszBlack Sea

9.1 / 10

Fennesz  Black Sea TOUCH Fennesz hay que pinchárselo en vena, sin desinfectar, un chute generoso, duradero. Esos discos de colaboración que va publicando de vez en cuando el austriaco, esos singles de siete pulgadas y exiguo minutaje que no calman nada, esos temas al por menor que va entregando en recopilaciones, incluso sus directos, lo que sirven es para matar el gusanillo, pero nunca para saciar el hambre. En vena, pues, o en atracón, es como debe funcionar el consumo de Fennesz, y por eso “Black Sea” tiene la importancia de la que carece un disco tan meritorio, pero a la vez tan poco representativo, como “Till the Old World’s Blown up and a New One Is Created” (Mosz, 08), su reciente álbum a tercias con Werner Dafeldecker y Martin Brandimayr: porque éste es el título que verdaderamente continúa el linaje abierto con “Endless Summer” (Mego, 01) y “Venice” (Touch, 04), y es por tanto una entrega más del Fennesz trascendente, permanente, importante, el que hace sobrecogedora la música de raíz experimental.Así, pinchado en vena, exagerando la dosis, es como afecta este opio cortado con trémula guitarra acústica, glitches de textura candente y especias electrónicas. Tiene que ser de este modo, porque el paso de los años –y la consolidación de la fórmula– impiden que el efecto de entonces se pueda repetir con la misma pureza e inocencia. La pureza es la del estilo de Fennesz: una vez más, consiste en palpar la guitarra –una eléctrica, otra de palo– y lo que de ahí sale filtrarlo por el ordenador para destilar un ambient fino, transparente, ornamentado de glitches, o de capas de calma. Se adviente por debajo la turbiedad, el grosor basto del proceso electrónico y del ruido, pero por encima sólo vuelan la paz y la belleza: mucho más conscientemente digital y soleada en “Endless Summer”, igualmente digital y crepuscular en “Venice”, aquí menos artificial y de amanecer de invierno. La inocencia es la nuestra: ¿puede uno admirar la belleza de estas capas gaseosas y chasqueantes, de este mar quieto de guitarras, tras haberlo vivido con Fennesz, revivido con los neo-shoegazers y abominado con mucho imitador caprichoso? “Black Sea” no es un acto de fe. Fennesz lo ha vuelto a hacer: el impacto es menor para quienes hemos vivido antes este tipo de arrebatamiento místico –la única receta para el disfrute es olvidar, o fingir el olvido–, pero el magisterio creativo es el de siempre, el que ha ido elevando con los años su estatura mítica. Porque podrá haber imitadores, acólitos y epígonos –podemos pensar, verbigracia, en los siempre recomendables Belong–, pero ninguno como el original. Fennesz describe su mundo con cuatro notas, lo pinta en tres trazos, y al instante estás dentro: amplios horizontes cenicientos, cielos arremolinados, ese momento del día en el que la luz sigue a la negritud o viceversa. Si “Endless Summer”, con su subtexto californiano, aludía al gran océano y “Venice” a la laguna, “Black Sea” parece el equilibrio entre ambos: el Mar Negro es agua estancada, como la de la ciudad lacustre en el Adriático, pero a la vez es agua libre, repartida por un ancho espacio, con hechura mítológica: “Asia a un lado, al otro Europa / y allá a su frente Estambul”, rimaba José de Espronceda en su “Canción del pirata”.Por tanto, y en tanto que equilibrio, “Black Sea" acompaña los glitches –exiguos– con texturas de guitarra sin apenas maquillaje digital. A ratos, suenan los rasgueos acústicos sin retoques, desparramados sobre una tela ambiental serena – “Black Sea”, primera pista del disco–, y desde ahí se bascula entre lo llano – “Grey Scale”– y lo abrupto – “The Colour of Three”–; entre el oleaje fuerte – “Glide”– y la marea baja – “Perfume for Winter”–; sorteando orografía rocosa – “Vacuum”– y flotando en calma chicha – “Glass Ceiling”– hasta arribar a buen puerto, un puerto de reposo y recogimiento, en la capital y definitoria “Saffron Revolution”. El impacto, decíamos, no será como antes, como en “Venice”, donde cayó toda la pena a plomo. Pero, ¿acaso alguien le pide a un abrazo, o a un refugio para calmar esa pena, que sea impactante? Javier Blánquez

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