Black Boulder Black Boulder

Álbumes

Phon.O Phon.OBlack Boulder

7.3 / 10

Bass depurado para noches de lluvia torrencial. Ungüento urbano de última generación para los escozores y eccemas provocados por la vulgaridad de los charts. El casi veterano Carsten Aermes –en activo desde comienzos de siglo– no persigue el objetivo de apuntalar un nuevo sonido y buscar la panacea con cebolla urban. El tipo no se aleja en absoluto del sendero que la comunidad bass ha horadado en tierras de la electrónica underground contemporánea. Eso sí, se mueve con una elegancia arrebatadora en la zanja que James Blake, Scuba, xxxy o Burial siguen cavando con ahínco.

El tercer disco de Phon.O es la desvinculación definitiva de Aermes de sus pulsiones technoides primigenias; aquí tenemos a un creador totalmente comprometido con las estructuras post dubstep y las frecuencias de onda melancólicas pertenecientes a la nueva generación de románticos digitales. “Black Boulder” es un viaje astral hacia los adentros de uno mismo, pero un viaje sin tumbos, sin baches; plácido y suave como un vuelo en parapente. El espíritu y la materia flotan en planos distintos gracias a un marasmo de graves con airbag, ecos abisales, teclados líquidos, electrónica contemporánea de cámara y lobreguez futurista. Aliñado abundantemente con desarrollos profundísimos y patrones rítmicos de bass destilados hasta el paroxismo. Grabado bajo un cielo que tiene el color de la pantalla de un televisor sintonizado en un canal muerto.

El sello de Modeselektor, el siempre fiable 50 Weapons, pone sobre el tresillo su lanzamiento más ambicioso, seguramente la referencia más cercana a lo que podríamos denominar, generalizando grosso modo, ‘pop futurista’. Basta escuchar piezas con segmentos vocales tan evocadores como la onírica “Leave A Light On”, con Tunde Olaniran, o la excelsa “Twilight”, con Pantasz, para comprobarlo: son composiciones de porcelana melódica donde el magma bass se enfría para convertirse en plato de gusto de todos y no unos pocos. Porque a pesar de sus paisajes helados e inquietantes – “Black Boulder”– y de algunos experimentos vigorizantes, como la tensísima procesión de “Mosquitoes”, uno tiene la sensación de escudriñar territorio amigo, de auscultar un disco que busca la complicidad, nunca el esfuerzo, del oyente. Incluso en tracks tan abisales y acuosos como “Slavemode” se percibe una delicadeza embriagadora, merced a los sintetizadores hipnagógicos y las porciones de voz femenina. ¿Se puede luchar contra la candidez en formato 8bits y la percusión cubista de “Hopelight”? ¿Contra el drum’n’bass dramático de “12th”? No. En este LP no hace falta apretar los dientes. Cada corte de “Black Boulder” es un bosque de silicio en el que perderse. Demasiada belleza.

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