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Björk – Vulnicura

8.2 / 10

Hemos visto tantas Björk distintas a lo largo de su carrera que resulta hasta incómodo tener que reconciliarnos con ella en esta nueva tesitura, teniendo presente que la historia de Vulnicura está escrita a partir de lágrimas, desesperación y dudas. La islandesa, después de más de una década compartiendo su vida con el artista Matthew Barney, está de luto asimilando qué ha ocurrido para que su relación haya visto punto y final. Y más cuando los daños colaterales de su fracasada historia de amor también han salpicado a sus dos hijos, quienes han sido testigos de todo el proceso de deterioro y vulnerabilidad anímica que su madre ha sufrido hasta llegar al que probablemente sea su peor momento emocional en décadas.

Ante una ruptura amorosa de este calibre, Björk ha decidido compartir su dolor con el mundo, hacernos participes de la degradación de sus sentimientos a partir de un álbum de ruptura que se vale de las torch songs y el psicoanálisis musical con el objetivo de cicatrizar las heridas de una guerra que no tiene vencedores ni vencidos. En definitiva, Vulnicura viene a ser lo opuesto a aquel Vespertine que, precisamente, funcionaba como una oda a su enamoramiento de Barney.

Aquí no hay rastro alguno de épica ni grandilocuencia, pese a valerse de bellos arreglos de cuerda (los únicos paralelismos sonoros herederos tanto de Vespertine como de su siempre a reivindicar Homogenic) que se abrazan con la quirúrgicamente gélida electrónica del joven Arca. Lo que prevalece por encima de todo en este trabajo son unas letras sentidas, sinceras y sin florituras donde las metáforas rebuscadas no ocupan lugar. Björk consigue de este modo certeramente empatizar con todos y cada uno de nosotros desnudando su alma como pocos artistas han hecho hasta la fecha, relatándonos sin tapujos unos fantasmas a los que todos somos vulnerables en algún momento de nuestra vida. El desamor es algo universal y siempre doloroso, independientemente de quién lo protagonice.

Las canciones hablan sin medias tintas de incertidumbres (de la que nos hace participes la preciosa Stonemilker, donde nuestra protagonista pide respeto y reclama explicaciones a Barney); el autoengaño ( Lionsong y esas esperanzas que aún deposita en vano para que todo vuelva a ser como antes); la lenta putrefacción de los sentimientos (resulta brillante cómo desarrolla el tema en esa History Of Touches, donde pasa lista a todo lo que fueron y nunca más volverán a ser); la rabia de la traición (ahí está ese highlight titulado Black Lake que funciona como una pequeña aria operística y aprovecha para decirnos que le han vaciado el corazón); la destrucción del pilar familiar (en Family, coproducida por The Haxan Cloak, ella se mantiene firme en la idea de salir a flote por sus dos hijos); la compasión (con la ayuda de Antony Hegarty en Atom Dance) y, por último, la esperanza por seguir adelante e intentar pasar página (ese cierre en clave drum'n'bass de Quiksand). Vamos, la vida misma.

Vulnicura duele al escucharlo. Tanto, que cualquiera que se enfrente a él tiene que hacer de tripas corazón y mentalizarse de que durante una hora Björk, como si fuese una de nuestras mejores amigas, nos va a contar entre sollozos cómo su rutinario día a día ha dado un giro de ciento ochenta grados. Duro, áspero como cualquier desamor y sincero como pocos. Como es lógico, en este disco no hay licencias para el baile ni para estructuras pop convencionales: eso volverá a manifestarse cuando lo vea conveniente. Pero, por lo pronto, ella se ha humanizado como nunca y se ha ganado con creces que la abracemos y la consolemos en estos malos momentos que está sufriendo a nivel personal.

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